Bockhor

Amanda White apresuraba el paso sobre la terracería del lugar, sus pies partidos y secos levantaban el polvo en su andar. Las jóvenes arrugas de su negro rostro reflejaban la preocupación y tristeza del ser que padece. Era inminente que su marido moriría, pero ella aun guardaba la esperanza.

Amanda se dirigía a una chocita miserable, se acercaba a la entrada para tocar la puerta de madera podrida, el sonido hueco del llamado parecía tener más eco a esas horas de la noche. Ella escuchaba como el anciano se movía con lentitud dentro de su espacio, como torpemente chocaba contra los muebles haciéndoles rechinar contra el piso.

Amanda nombraba en voz baja a “Bockhor” quien era lo más cercano a un doctor en el pueblo. La puerta se abría lentamente haciendo tronar sus goznes oxidados. De entre la abertura se asomaba un rostro que asemejaba a la muerte. Ojos hundidos y negros, arrugas pronunciadas y nariz ensanchada.

-“Bockhor”, recibí su recado ¿Cómo sigue mi marido? Vengo a verlo.

Por un momento solo el chirriar de los grillos sonaba.

-Pase. -Dijo el viejo.

El esposo de Amanda había sido mordido por una culebra, fue encontrado tirado en los campos de trigo con espuma saliéndole de la boca. Rápidamente fue llevado con el anciano. Las malas lenguas decían que tenía poderes curativos, hacía trabajos de magia y encargos contra las malas vibras. Pero a ciencia cierta nadie sabía si era brujo, chaman o nahual.

Bockhor” tomaba lugar en una silla artesanal a la vez que le ofrecía asiento a Amanda, quien cuidadosamente se sentaba enfrente de él en un polvoriento mueble que se hundía una vez posadas las sentaderas. Era la primera vez que ella entraba en la pocilga del anciano. Se sentía abrumada ante la decoración del lugar. Cráneos y aves disecadas adornaban la escena, olía a incienso y humedad, poca luz ambientaba la recepción, solo la flama de unas pocas velas a medio consumir. Amanda prefería mantener la vista en el suelo; el miedo reptaba por su espina dorsal.

Al viejo se le veía nervioso y dubitativo. Amanda esperaba lo peor, las noticias fatales.

-Mire Amandita, le diré; he hecho mucho para salvar la vida de su esposo. – El viejo se aclaraba la garganta- Pero… era tarde, en verdad, lo juro por Damballa. Si le sirve de consuelo…

Amanda explotaba en amargo llanto llevándose las palmas de sus manos al rostro. Escuchaba sin prestar atención a las explicaciones del viejo. Recordaba los últimos momentos con vida de su marido. Por un momento solo escuchó el silencio, comprendió que “Bockhor” quería respetar su lamento. Sintió sus lentos pasos arrastrase hacia a ella. Sintió como el mueble se hundía a su lado. Amanda retiraba las manos de su rostro para agradecer al viejo su esfuerzo.

Amanda enjugaba sus lágrimas y tomaba aliento para calmar los sollozos.  Con horror su vista se aclaraba para presenciar que “Bockhor” seguía en su lugar, sentado enfrente de ella.

Una mano callosa se posaba sobre su pierna, una hinchada y maltratada con dos orificios sobre la misma. Las marcas circulares estaban moradas y rodeadas de sangre seca. La piel de la pierna de Amanda se erizaba, reconocía el tacto.

Backhor” se dirigía a ella:

-Amanda, no pude salvarlo. Pero le presto su cuerpo. Porque su voluntad, ahora es mía.

 

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