Colmillo de Coral (Ésta noche sólo estás aquí para saber).

NOTAS PRELIMINARES:

  • La primer parte de ésta historia pueden encontrarla aquí.
  • Ésta segunda parte transcurre algunos años después de la primera. Por eso el cambio de lenguaje y mentalidad de la protagonista.
  • La estructura ha cambiado, por lo que podría considerarse como una historia autónoma. No obstante, recomiendo de todo corazón leer la primera parte, ya que ésta aporta más profundidad y riqueza al personaje y al mundo creado.
  • Sin nada más que añadir, disfruten del relato.

El perro está dormido, ha sido así durante horas. Está tan flaco, sus ojos ya no existen; en su lugar crece una húmeda costra verde, similar a los mocos. Todavía respira de forma agitada, frenética. Como si tuviera pesadillas, se mueve de cuando en cuando. Su simulacro de escape. Éste es el mío. Qué pena que muera en su sueño. Levanto la piedra, luchando por no dejarla caer sobre mis pies, voy dando traspiés hasta donde el can lucha y le tiro la piedra en su cabeza; aplastándola. La sangre corre hasta donde están los otros cadáveres. Nada la detiene.

Es imparable.

Cuando llego a casa me encuentro sola. Ya es la nueva costumbre, próxima tradición, de mi tan llamado hogar. En la estufa encuentro una sartén vieja, adornada con la grasa de incontables alimentos, dentro ahí un espeso caldo ambicionando ser sopa… No me molesto en calentarla, tomo del refrigerador una manzana y la botella de soda.

Entro al cuarto de mis padres –vacío, sucio y desordenado– para sentarme en su cama a comer. Al acabar dejo la basura entre los edredones, prendo la tele mientras busco entre los discos piratas de mi padre. En las noticias comentan sobre un edificio alcanzado por un rayo, hubo muertos, entre ellos el guardia de seguridad. Lo más seguro, es que el mamón se lo tenía más que merecido. Suena la música, el temilla he oído decir a mi madre, y continúan hablando de otras cosas a las que presto un poco más de atención.

–… Se continúan las investigaciones con respecto al caso Perez. Los niños, ahora bajo la custodia del estado, afirman renuentemente que, a la luz de la nueva información liberada ésta tarde, no fueron tocados en ningún momento por sus captores. Aún no queda claro si dicen esto por miedo, o porque el trauma haya sido tan grande, pero sólo cabe esperar que decidan contar la verdad. Muchas otras vidas podrían ser salvadas.

A la par de esto, el encargado en jefe de la investigación, Roberto Ruíz Días, insiste en que quizá los secuestros vayan mucho más allá de la explotación sexual de los menores. Esto es lo que Roberto comenta.

“Nos encontramos en tiempos difíciles, es verdad y no temo decir que cada día nos hayamos un paso más cerca de llegar a la solución de estos problemas que el municipio afrenta.

Estos secuestros, junto al mercado que alimentan, no son más que uno de los apéndices que más acongoja a nuestra sociedad. No sólo hablamos de rapto y abuso, nos vemos ante todo un entramado que abarca desde la prostitución a las armas; de los raptos a las drogas; lavado de dinero y los ahora tan llamados hitman o asesinos a sueldo…”

Dejo de husmear las películas cuando me encuentro con una muy especial. En la portada se ve una fulana de cabello falsamente pelirrojo, en una posición bastante comprometedora y vulnerable. Su mirada refleja miedo.

–¿Por qué me has olvidado?

Saco el disco dvd de su envoltorio. Activo el reproductor de dvd’s e inserto el disco en el interior. Luego cambio al auxiliar 1 la televisión y la película empieza. La verdad es que ya había comenzado. La fulana, con una voz falsa como su cabello, parece en problemas junto al hombre.

Por la mañana, ya fuera y devuelta en la casa donde el perro yace muerto, me junto con mis amigos. Son cuatro, cada uno más tonto que el anterior, y una, tarahumara. Ella siempre anda sucia y con lagañas en los ojos, su pelo no es suave. Su sonrisa es porcina, enfermiza. Sólo está aquí porque… no lo sé. Ya descubriré porque, aunque creo que ya lo he hecho. Pensaré en ello después.

Saúl, ¿o era Raúl?, ya está inyectándose aquella sustancia en las venas. Heroína. Erin la consigue, distribuyéndola entre las pandillas que hay alrededor del barrio donde vivo. Todos los días, desde que escapó de la policía, es igual. Se levanta muy temprano y camina por el canal, donde nadie puede verlo. Nadie salvo yo, claro. Lo sigo, me preocupa. Y sé que tiene un papel importante que jugar a la hora de vengarme… ese es el problema, aún no tengo idea de cómo les haré pagar lo que nos hicieron. La cojera de más de un mes, los constantes dolores en el cuello, todas las pastillas… las visitas al médico, ese cabrón no es más que un violador. Un cerdo peor que mis padres. La segunda vez que me metió la verga en la boca hubo sangre, su sangre. Desde entonces no voy a consulta, ya no lo necesito. No desde que Erin recoge la droga de los fulanos en la troca negra, la distribuye entre las pandillas y drogadictos, guardándonos a mí y a mis amigos un par de inyecciones. Eso sí elimina el dolor. Después de todo una vez que naces nunca eres el mismo.

Así funciona la vida; así está hecha la mierda.

Se puede escuchar el canto de un niño desde donde estoy sentada, en la esquina mirando como mis compañeros se drogan, yo lo haré después. Cuando ellos estén indefensos y yo me alce invencible.

…anto a mí…

…no puedes… arme…

… ganas con mentir…

…mejor dime…

 

Se parece a la voz de Elías, pienso mientras me voy quedando dormida. ¿Por qué pienso en él? Cada pieza caerá en su lugar… todo tendrá sentido al despertar.

Veo una playa de arena negra, inmensa pero no infinita. Delimitada, en lo que parece ser una pronunciada curva por el mar, los riscos y la vegetación. No sé si estoy varada, pero no me importa. El aire es frío. Veo todo en tonos azules, pero sé que la arena es negra; lo siento, lo intuyo. Soy consciente de que el mar contiene aguas corrosivas, del tipo dedicado a picar la piel como si fuesen agujas. También percibo que nada debería flotar entre ese oleaje. Escucho con atención la gran voz que me llama a su abrazo, es violenta e imposiblemente seca; se extiende por el aire como grandes garras que quisieran tomarme del cuello y arrastrarme hasta el fondo del océano, donde los peces comerían de mis cuencas vacías. Dónde el frío preservaría para siempre mi cuerpo, una estatua entre los mausoleos náuticos.

El cielo es surcado por una luna fraccionada en múltiples partes, cada una de un color muerto; sin brillo. Danzando sin ánimo alguno hacia su muerte. En ella veo fuego y sogas; un río seco, llenó de hierbas amarillas; una jeringa en vuelta en un condón, a su vez bañado en una suerte de fuego líquido; hay también una vagina, sangrando un zumo verdoso. En uno de aquellos fragmentos, sólo ahora lo escucho, surge una voz; no se distingue si canta o llora… me atrevo a decir que es un poco de ambas, y me alegra.

En la playa, medio enterrado en la arena, una placa de plata destacaba. Sus esquinas eran curvas, sin filo. Traté de levantarla, pero era demasiado pesada para tirar de ella. Así que, después de tres intentos, barrí con la mano la arena que la cubría. Barrido por barrido, la superficie apareció tan brillante como diamantes. Diamantes de sangre. Estaba enterrado lo suficientemente profundo, pero no muy lejos para que yo descubriera toda la placa. El viento aullando y la noche lanzando sus sombras me acompañaron en mi trabajo. Los torbellinos de arena llenaban el aire que nos rodeaba. Pude ver, tan claro como el día, mi reflejo en la plata. Yo era joven, temeraria y audaz. Yo estaba enojada conmigo, y todavía lo estoy; aunque no tan enojada como antes. La mirada de mis ojos siempre ha estado llena de odio, pero no tan duro como los del espejo plateado.

–¿Puedes haberte olvidado de mí? –Mi yo más joven preguntó. Estaba sonriendo.

Escritas, como si se tratase de un diploma, relucían dos estrofas que se sucedían entre sí, con un pequeño espacio entre el tercer y cuarto verso. Las letras, aparentemente cinceladas, parecían ser una sección menor de algún poema.

 

No será por la muerte del amanecer

Ni por el borde de la luz,

Yo no me detendré.

 

Que nunca se sepa mi nombre

Que tu rostro sea olvidado.

–Despierta…

 

ж

 

Al gato lo tomamos por la cola, haciéndolo planear por el aire. Mientras da alaridos que nadie puede escuchar, o no le importa. Así son todos estos mamones.

La tarahumara, ¿Urí? ¿Acmu?, sonríe ampliamente mientras aplasta las crías del gato, gata pues. Las hace mierda con sus pies, saltando sobre los restos mientras la sirena sigue sonando. Es hermoso. Son las únicas cosas que valen la pena en ésta puta existencia.

–Saúl.

–¿Eú?

Bien, entonces su nombre sí es Saúl. No Raúl… intentaré recordarlo la próxima vez.

–Ábrele la boca.

–¿A quién?

–Al jodido gato, ¿a quién más podrías abrirle la boca, imbécil?

Salvo Urí (o Acmu, o cualquiera que sea su nombre), todos ríen. No le veo la gracia, hice ver una realidad. No conté un chiste.

–Pero… sus dientes…

–¿Acaso además de imbécil eres un maricón? ¿Un cobarde bueno para nada? El otro día no te veías tan asustado al meterte la droga en las venas, ¿no? Hasta se te puso dura, y acá tu amigo no pudo decir que no a esa verga parada y dura. ¿Por qué eso no te dio miedo? Lo disfrutaste mucho. De otra forma dudo que hayas permitido que te la metieran tan duro, incluso lloraste –sonrió–. Pero de echarte atrás no diste señas, ¿por qué ahora te rajas con algo tan simple como abrirle la boca al gato? ¿Por los dientes? Si no tienes lo que se necesita, lárgate y déjame hacerlo yo.

Su cara estaba roja, es increíble que eso realmente pase. Lo he leído en varios libros, y todos ellos hacen la referencia a la cara roja. Es de las cosas que no se creen hasta que se ven. Aunque no logro descifrar si aquel bochorno se debe a la vergüenza o a la ira. Supongo que es lo último, porque le quita el gato a Jasón. Todos siguen riendo. Todos salvo Urí…

–No soy un maricón.

Subo los hombros, en señal de indiferencia.

Más pálido que colorado, Saúl fue luchando contra las mordidas y arañazos del gato. Los dientes y las afiladas uñas fueron abriendo surcos en la piel de él. Gotas de sangre estaban esparcidas –como rocío– por las manos y brazos. Finalmente, Saúl logró abrir el hocico del animal, sin importarle mucho que los dientes le estuvieran perforando los dedos.

–¿Y ahora? –dijo, mientras hacía un esfuerzo titánico por no llorar.

–Ahora vas abrir las mandíbulas todo lo que puedas.

–¿Eso no lo mataría?

Arqueo una ceja. Vaya si es estúpido.

Pero lo hace. Libera el cuerpo del animal. Con ambas manos procede a seguir abriéndole el hocico. Comienzan a escucharse crujidos, tal vez los huesos y ligamentos. La piel se parte, dejando el pelaje empapado de sangre. Un crujido, un poco jugoso, se diferencia del resto cuando la mandíbula inferior se abre más allá de su límite. El gato, que no ha parado de combatir, comienza a gemir con más fuerza que antes. Tira arañazos a diestra y siniestra. Todos alcanzan los brazos de Saúl.

 

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Estamos sobre el puente, sosteniendo al bebé. No recuerdo exactamente lo que Urí dijo respecto al crío. No creo que importe mucho. Urí se ve entusiasmada, como si la invadiera una alegría a la cual soy negada. No encuentro satisfacción. No le encuentro un gusto a esto.

Saúl está pálido. Podría decirse que quiere vomitar, aunque no lo sé. Ha estado débil desde que lo subieron a aquel carro. Puede que antes, tal vez desde la infección en su mano. Los dedos se le pusieron negros, perdió uno. Pero no se recuperó nunca. Espero que no recupere nunca. Aquel dedo es el recordatorio de la debilidad. No puede volver a ser débil, nunca más. De ser así, me aseguraré de que pase. En estos momentos, pálido y sudoroso, se sostiene como puede. El bebé comenzó a llorar.

–Por favor –chilla–, sólo necesita que lo calmen. Por favor…

 

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Lo observó dormir. Pienso por un momento en qué puede estar soñando. Pero mi mente no está hecha para eso. Alrededor de nosotros la habitación es negra. Así es la noche. Esta noche, se olvidaron de arreglar las luces de la calle. Nadie tiene el corazón para salir, como si tuvieran miedo de la oscuridad. De lo que hay dentro de ella. No hay un alma ahí fuera. Incluso los grillos son tímidos para cantar.

Muevo la mano para alcanzar su cabello. Está sucio y enredado, huele a orines, humo, tierra y cloro. El sonido de su respiración es divertido. Lento, como una máquina. No parece saber que lo estoy tocando. ¿Cómo podría hacerlo? No puedo sentir más que lástima por él. La vida es injusta, lo sé. Y se confirma para siempre con la sangre que cae de su labio roto.

No hay luna en el cielo. Ni hay estrellas. Sólo un manto negro, por encima de todo y todos. Se extiende sobre los escollos de ésta parte de la ciudad. La ignorancia perpetúa en la efímera existencia. Hacía el frío suficiente para que mi aliento se condensara ante mí, sobre la cabeza de él. Seguía en su sueño profundo, ajeno a todo lo que le rodeaba. El dolor de los golpes ya debía de ser un segundo plano. En las mañanas, y en las profundidades de las noches, la niebla cubría las calles. Lo sé. Lo he visto. La hambruna, las tierras yermas, el tráfico. Ésta es mi ciudad. Ésta es la vida a la que pertenezco

Todos mis amigos son asesinos. Sí, y todos mis huesos no embonan entre sí. Todos estos demonios quieren carne adolescente. Todos mis amigos son asesinos. Se ha ido. Todos mis amigos son queroseno; soy la chispa para ponerlos en marcha. La horca es santificada, sólo estrecha para que los cuellos cuelguen sin marguen de error.

–Sophie… ¿por qué me has olvidado? –susurra el viento entre la niebla.

¿Qué espero? La señal debería de haber llegado a mí hace mucho. No sólo sigue sin aparecer, elusiva, siento la sorna de su comportamiento sobre mis hombros. En la nuca, al caminar por la calle. Sobre mí, al dormir. Está presente todo el tiempo, burlándose. No se trata de algo tonto, pues sigue fuera de mi alcance. Molestando al toro con una enorme lima. Incluso las puntas redondeadas causan daño, debería de saberlo. ¿Qué hacer entonces?

Debía estar por amanecer, pues el cielo había adquirido un surreal tono rojo. Eso podría ser lo que tanto tiempo he esperado, y cabía la posibilidad de ser una coincidencia. No puedo dar nada por asegurado. Hace rato que he retirado la mano de su cabello. Caminé hacia el exterior, al frío húmedo de la neblina. Ni un alma se veía. Sólo sombras, yo una entre otras tantas peregrinando por el mundo. Romerías.

–… me has olvidado…

Un rostro en la multitud. Sombrío, sin esperanzas. Amargo. Lleno de rabia. Me devuelve la mirada, soy yo. Creo que soy yo. Todos ellos son yo… o yo soy todos ellos. Nos miramos, desafiantes hasta el fin. Irreverentes. Comienzan a dolerme los pechos… En el vientre ciento una ardiente punzada, me dobla por la mitad como si fuese hule… una presión en el pecho me sofoca… las piernas se acalambran… caigo al suelo, tratando de gritar cuando el dolor de mis rodillas se ve multiplicado de forma infinita… no siento las piernas, pero sé que están ahí… puedo verlas moverse de un lado a otro como gelatina… las siento ajenas a mi cuerpo… de pronto tengo demasiado calor… estoy recostada en el suelo, sé que debería temblar de frío… pero en realidad estoy sudando, la ropa me da demasiado calor… no puedo retirarla aunque quisiera, me duele todo el cuerpo… como si estuviera mutilado por navajas y largas jeringas penetraran mi piel, músculos y huesos…  no me apetece moverme… me quedo tirada en el suelo, hecha ovillo, esperando que esto termine. Toda mi ropa está empapada en sudor, pero es en mi entrepierna donde el sudor ha tomado una consistencia gelatinosa.

¿Qué es esto?

 

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El perro me lame la mano, como si fuésemos viejos amigos encontrados después de años. Todos los animales son iguales. Quieren amor, y está bien dárselos. Por un tiempo. El amor es paranoico, no sirve absolutamente para nada. Bueno, puede ser que esto último no sea del todo cierto. Después de todo el amor funcionó en el puente.

La sangre me corre por las manos.  Todos los engranajes deberán de funcionar correctamente en poco tiempo. Todo habrá de revelarse ante mí.

 

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Por favor…

El crío seguía llorando, suspendido al otro lado del puente.

Por favor… –lloró la madre.

–Suéltalo ya –le dijo a Alex, quien responde como soldado raso librando el bulto de sus manos.

Mientras el crío envuelto entre sus cobijas, cae hacía el suelo, su madre se precipita también al borde del puente, estirando los brazos como si pudiese rescatar su cría. Grita con desesperación. Agitando las manos hacia el vacío. Me adelanto, con las manos hacia el frente, y empujo a la idiota. Sin embargo, no me complace.

La veo alejarse, siguiendo el mismo rumbo que su hijo, en silencio. Se estrella contra el pavimento, su cabeza se ovala hacia los lados y las extremidades quedan dobladas en ángulos para nada naturales. Creo que ha caído sobre su crío, pues no le veo por ninguna parte. Tal vez yace aplastado bajo la espalda de su estúpida madre. Ahora los dos descansan sobre un lecho de sangre. Sin embargo, el descanso es corto. Un camión, unos pocos segundos después de que ambos cayeran, les pasó por encima. Ya desde antes de aparecer, se podía escuchar el chirrido de las llantas.

–Corran –les ordeno mientras me observan estupefactos–. Nos hubiera delatado, ahora corran.

Cruzamos el puente como alma que lleva el diablo. Por primera vez en mucho tiempo me siento bien. Feliz, casi completa. Volteó una sola vez hacia donde está el camión. El chofer se ha bajado. Está gritando, alterado. Puede que haya sido su culpa, ¿quién podría saberlo?

Nos alejamos por unas calles, lo último que sé por esa noche es que más carros se han detenido. Unas sirenas se pueden escuchar en la distancia.

 

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Después de entrar a mi casa por la ventana de mi cuarto, me dirijo al baño. El cuerpo aún me arde. Cada movimiento es un sinfín de dolores diferentes. Cerrar la puerta, poner el seguro, sentarme en el inodoro, bajarme los pantalones, las bragas, la chamarra y la blusa… son tareas titánicas. Menos mal que el mareo fue lo más pasajero de aquel dolor.

Estoy desnuda, mis pechos se han empezado a caer. El cabello se me pega a la cara. Tengo entumecida la vagina. Todos son unos cobardes. Me toco la zona con la mano. Pero hasta eso duele, así que la retiro… mis dedos están manchados… las bragas me dolieron al retirarlas… estaban pegadas a mi…

Maldito Elías. Él nunca sufrirá estos dolores. Envidio su inocencia.

Alcanzo las toallas húmedas con una mano manchada de sangre.

 

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–Sophie… ¿A caso me has olvidado?

Me miro a mi misma en la playa. Soy joven, llena de ira.

–¿Has olvidado lo que prometimos hacerle a los mamones?

Me doy asco.

–No nos verían venir, los mamones. ¿Por qué te has vuelto tan cobarde? ¿Aparte de la chinga te cortaron los huevos, mamona?

–Nada ha sido revelado.

Ella se ríe de mí. Me estoy riendo de mi misma. Es amarga la ironía. Lo odio. La odio. Quiero que se muera, sus carnes merecen pudrirse; llenarse de gusanos junto al mar.

–Ya ha sido revelado, mamona.

–¿Qué ha sido revelado? –la sangre me hierbe– ¡Nada me han dicho, estúpida! –el mar, más allá, ruge con furia.

Yo me río. Mi yo más joven sigue burlándose de mí. Se parte de la risa, la culera. ¿Qué es lo que pasa? ¿De verdad estoy viajando, o esto es la realidad? NO puede serlo, no es posible ésta coexistencia.

–Aún no lo comprendes, mamona… dejame cantártelo, tal y como la mamona de Laura lo hace con Hugo –enseña una sonrisa llena de dientes rotos. Su rostro es amoratado, demasiado inflamado. Es grotesco.

Te pareces tanto a mí

Que no puedes engañarme

Nada ganas con mentir

Mejor dime la verdad

Al fin ya sé que tú me vas a abandonar

Y sé muy bien por quien lo haces

Crees que yo no me doy cuenta

Lo que pasa es que no quiero más problemas con tu amor

Me quedo helada, he escuchado eso en otro lugar más tangible que éste. Quiero preguntarle (arme) a que se (me) refiere (fiero), pero se ha (me he) esfumado. En su (mi) lugar no queda más que arena. Estoy en medio de una tormenta, todo aquello puede tener un significado. ¡Debe de!

Una rama, tomada por el viento, me golpea la sien. El viento levanta furiosas olas para romper la playa. Entre los pliegues, grietas y rocas, comienza a salir fuego oscuro. Las lunas han desaparecido. El suelo a mis pies es vidrio polarizado, roto en millones de trozos. Los árboles caen, levantando nubarrones de tierra, fuego, vidrio, dedos cercenados, cabezas de fetos, rejas como las de la primaria a la que iba. El suelo que tengo debajo explota, salgo disparada hacia unos negros nubarrones llenos de relámpagos, truenos, tornados, lluvia.

En medio de aquello surge una fría luz, metódica y roja. Voy hacía ella, no porque quiera. Esa luz me atrae a la fuerza, a una velocidad imposible, mis cabellos se separan de mi cabeza. Mis ropas son hechas jirones. Aquella luz tiene voz. Es una voz infantil. Me atrevo a catalogarla de genérica.

Impacto en ella y lo veo. Lo veo todo. ¡Por fin! ¡Por fin! ¡Después de tanto tiempo! Río como loca. Me alegra verlo por fin. ¡POR FIN!

¡LA HORCA ES DIOS!

¡TODO HA SIDO REVELADO!

 

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Publicado por: Jhon Christopher

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Publicado por:Jhon Christopher

¿Te gustó mi Cuento de Terror? Para leer otra Historia de Terror mía, haz clic aquí: Historias de Miedo de Jhon Christopher. Nací el 7 de noviembre de 1995. A muy corta edad desarrolle un gusto por la escritura, aunque no tanto así por la lectura. Mi primer libro fue Mago y Cristal de Stephen King, perteneciente al ciclo de La Torre Oscura. Casi como todos en este blog, desarrollé un gusto especial por el horror. Y, aunque este no es mi género predilecto para escribir, he decidido intentar escribir y compartirlo con ustedes. Espero les guste mi trabajo.

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