El cuarto ataque a Esther Cox; una anécdota del poltergeist de Amherts.

Era la tercer noche desde que aquello se había manifestado y Esther, de dieciocho años, se había pasado gran parte del día sin ganas de nada; incluso se podría decir que estaba como ausente. Se le veía físicamente cansada y emocionalmente agotada. Llevaba horas en una especie de frenesí; temiendo que la noche volviera, y con ella…

Olive, su hermana, logró convencerla cerca de las nueve de la noche de que se fuera a acostar, pues necesitaba descansar. Esther aceptó a regañadientes y se fue a la cama –quizá con un paso lento, reminiscencia de una marcha lúgubre– mientras Olive se quedó despierta varias horas a la espera de que algo ocurriese.

Por un tiempo las cosas estuvieron calmadas. Había tensión en el aire, eso era evidente. Fuera de eso, todo estaba en calma. Todo lo que había pasado podría ser un sueño, una manifestación onírica por parte de su hermana; consecuencia de un pasado turbio: Esther había sido violada por uno de sus amigos y aquello la había dejado no en shock, sino en un estado insoportable de histeria y completa paranoia a la que atribuían que aquello hubiese decidido manifestarse.

Y quizá fuera cierto; quizá todo fuera real; tal vez todo era una mentira.

La noche pasó lenta y tranquila sin ningún accidente. Para la media noche Olive, luego de revisar a sus hijos que yacían profundamente dormidos,  decidió irse a la cama y descansar. Aquello había terminado, por fin. Todo había sido, finalmente, una mentira.

Llevaría, quizá, unos diez u once minutos dormida cuando los gritos porcinos de su hermana, mezclados con una sentimiento de opresión y la sensación de que algo observaba desde todos los rincones del hogar, despertaron de golpe a Olive, Daniel –el esposo de Olive– y a John –hermano de Daniel, quién también vivía en la casa–; los niños también despertaron pero, a diferencia de sus padres y tío, se quedaron en sus habitaciones tapándose con las sábanas. Cómo si aquello los protegiera del mundo. Olive corrió hacía la habitación de Esther, precedida por Daniel y John.

Cuando abrió la puerta vio a su hermana en medio de la habitación, con los ojos abiertos como si fuesen platos y mirando hacia todas direcciones. Su piel tenía un malsano color escarlata que evidenciaba lo hinchada que se había puesto en cuestión de minutos. Estaba empapada en sudor y a su rostro, ahora cetrino, se le pegaban largos mechones de cabello oscuro mientras gritaba con voz chirriante y gutural:

–¿POR QUÉ ME ESTÁ PASANDO ESTO A MÍ? ¡MUERO! ¡MUERO!

Ante los ojos de Olive, cuya piel se había vuelto amarillenta como la leche cortada, Esther comenzó a temblar. Luego cayó al piso golpeándose fuertemente la cabeza, donde se retorció con gran violencia, golpeándose aún más.

Olive junto con su esposo y el hermano de éste corrieron a auxiliar a Esther, cuyas convulsiones eran cada vez más violentas. Apenas habían puesto sus manos sobre ella cuando los estallidos sonaron, moviéndolo todo y terminando de romper la falsa apariencia de control que habían creído tener sobre la situación: Cuatro potentes rugidos, como si cuatro rayos hubieran caído en el interior de la casa, hicieron temblar los suelos, ventanas, paredes y demás trastos; fue como si todo lo que estuviera en el hogar hubiese levitado por unos segundos, cayendo luego con gran estruendo. Olive, su esposo y John parecían estatuas esculpidas en la piedra más dura y sólida.

No se movían, tampoco hablaban. Respiraban con gran lentitud a pesar del horror en el que se hallaban sumidos. A sus pies yacía Esther, profundamente dormida; su piel se desinflamaba y recuperaba su color natural. John y Daniel la llevaron de vuelta a su cama, de dónde Olive y ellos la observaron atentamente.

Expectantes.

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Publicado por: Jhon Christopher

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Publicado por:Jhon Christopher

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