Lo que habita en el bosque (Capitulo primero)

Esta debe ser ya la tercera noche en que no puedo conciliar el sueño, mis parpados solo se cierran para pestañear y no logran quedarse sellados. Sin embargo hay un motivo de peso que justifica este fastidioso insomnio, y es que mi viejo y entrañable amigo Pat Oh´Doll pasó a mejor vida y soy el único sobreviviente que queda de un grupo de cacería que se encargaba de suministrar pieles y especies al mercado negro local, así como alimentos y productos necesarios para la pequeña comunidad de la que somos oriundos; aparte de todo esto, soy ahora el único portador de la indeseada verdad que juramos revelar algún día. El tiempo se acerca y debo cumplir con lo establecido, pues la palabra de hombre es más importante que cualquier otro código de lealtad, y más cuando hablamos de que esas promesas se les hicieron a los que ahora descansan once metros bajo tierra. La llama del quinqué en este cuarto ajeno no será suficiente, y la ya muy escueta luz que queda, alumbra inestablemente unas cuantas hojas de papel arrugadas, tintero y un oxidado revolver de bolsillo. Me excuso y me explico, así como ruego comprendan que prefiero escribir estas memorias con mi tembloroso puño e inentendible letra, a expresar lo que me es imposible con mi temerosa voz; anticipadamente aclaro que la cobardía de no haber comunicado esto antes, es a razón de que tengo presente que los nervios me traicionarán y las palabras se enredaran en mi porosa lengua. Juro que he intentado hacerlo, pero he fracasado en un sinfín de ocasiones. Lo más conveniente para mi frágil excitación, es redactar este escrito en la que explicaré los hechos ocurridos en el gris pueblo de Baker Hills. Treinta años atrás viví la situación más desagradable de mi existir, todos los testigos de tan aberrante episodio se han adelantado en el camino y como lo prometimos en el pasado, el ultimo sobreviviente sería el encargado de notificar lo que presenciamos aquella brumosa mañana de 1885.

He caminado muchas veces sobre la frágil línea que divide a la cordura de la demencia, preguntándome continuamente la misma interrogante sin respuesta, jamás desearía que entendieran lo complejo de los sucesos, pues el simple entendimiento de estos, podría desmoronar las paredes del raciocinio. Nuestras creencias han sido moldeadas con toques de fantasía y superstición, pero esto raya en lo desalentador y carente de sensatez. Como he mencionado anteriormente, no deseo la credibilidad de nadie, pues sé que pocos lo comprenderían. Hubiera preferido ser uno de los primeros en perder la cordura o en morir y así evitarme la engorrosa y cruda experiencia de relatar los funestos hechos. Solo muerto es que mi entendimiento encontrará descanso, pero antes de mi fatal adiós, suplico mente abierta para las siguientes líneas.

Hace tres décadas atravesaba una situación financiera por demás inestable, y mi primogénito Anthony se había adelantado en el alumbramiento, por lo que necesitaba generar más ingresos de lo habitual. Solo he conocido el oficio de la cacería y la captura ilegal de algunas especies. Por tan apremiante motivo armé una cuadrilla para adentrarnos en el misterioso bosque de Hills (no era conveniente ir solo, por los motivos que a continuación detallaré), cazaríamos algunos osos negros, sus pieles y garras serían bien remuneradas en el mercado informal. Junté a cuatro hombres de mi confianza, Steve McTwain, Pat Oh´Doll y Kirk Swansea (todos ellos fallecidos y los más cercanos a mí). El otro era un sujeto apodado “Cod”, un viejo bribón y de pasado difuso con el cual no me relacioné más allá de los negocios. Una noche antes de partir, como era costumbre, nos juntamos en el bar ubicado a un costado de la carretera principal de Hampshire, justo al cruzar el puente que divide a Baker de Ohario. Entre tarros de cerveza y humo de tabaco, reíamos y nos relajábamos de lo que sería la agobiante inmersión en el poco celebre bosque de Hills. Pero esa noche, “Cod” lucía ausente, no participaba de los comentarios ni reía de los chistes vulgares de Kirk.

Traté de acercarme a él, y averiguar si se encontraba nervioso. Sonreía tímidamente mostrándome la hilera superior de sus pequeños dientes amarillos, asumo para tratar de relajarme, pero sus facciones se endurecieron inmediatamente. Discretamente señalaba con telúrico índice hacía una mesa que estaba ubicada en un rincón del pestilente bar, en ella estaba un personaje hundido entre las sombras, un aire de misterio le envolvía mientras tomaba de un tarro sucio. Aquel hombre era conocido en el lugar por un suceso por demás extraño, no hablaba con nadie y nadie hablaba con él. Rumores y murmullos se elevaban cada vez que salía de su paupérrima madriguera.

Era un viejo cazador que se perdió en la zona prohibida del bosque Hills, un área en donde se recomendaba mantenerse alejado a niños, excursionistas y todo tipo de monteros. Se decía que esa zona del bosque había sido ocupada por aquelarres en la época de la inquisición, que viejos rituales aún tenían efecto sobre la superficie de esa demarcación,  que los árboles, las piedras y ciertos animales están malditos, muchos de los que se habían atrevido a entrar, jamás fueron vistos de vuelta. Hasta ese momento, solo al viejo Sam.

Después de que volvió la gente le temía, nadie se animaba a cruzar palabra con él, además había sido culpado por el sector conservador de la comunidad como el responsable de la desaparición de un par de menores, nada comprobable, solo conjeturas basadas en el odio hacia su figura perversa e indescifrable; el departamento de justicia comunal lo declaró con “deterioro progresivo e irreversible de sus facultades mentales”. Imposibilitado de ser juzgado y al no contar nuestra localidad con un centro psiquiátrico, se determinó dejársele deambular en los derredores de su antigua morada. No tenía familia conocida, solo una hermana que murió antes de que él volviera, pues Sam se mantuvo extraviado por más de siete años. Cuando regresó lo hizo con la misma ropa que llevaba puesta cuando este se perdió, la misma ropa que siempre le vimos usar desde su retorno; su mirada era distinta, como si hubiera visto al mismísimo diablo a los ojos. Lo cierto es que pocos querían saber su historia o lo que pasó ese día en que el bosque se lo tragó.

Cuando salía de los restos de su vieja casa, iba al bar de la carretera Hills. Él dueño quien era lo más cercano a lo que puede considerarse un amigo, vivía temeroso de él, le obsequiaba un tarro de cerveza cada vez que iba, más que una muestra de generosidad de su parte, era una forma de deshacerse de él, un trago le bastaba para retirarse; le servía en el mismo tarro cada vez que volvía, ni siquiera lo lavaba. Decían los más ociosos del pueblo que Sam estaba maldito, que no envejecía y que lo habían visto elevarse del suelo como si algo lo jalara de sus vestiduras hacia el cielo, todos estos comentarios, ciertos o no, le habían creado al viejo Sam una envestidura enigmática y sombría, por eso nadie se atrevía a decirle nada, era como un alma errante vagando en la localidad.

“Cod” dijo que era mal augurio adentrarse en el bosque una vez que Sam andaba deambulando por ahí, que era un ave de las tempestades y no deseaba tentar a su suerte, – “Solo Dios y él saben que le pasó a esos desafortunados niños”- decía mientras se persignaba. Suplicó mi perdón por abandonar el grupo de cacería, se mostraba demasiado inquieto, solo quería alejarse de “el maldito” Sam, quien seguía bebiendo plácidamente su cerveza, alejado de todo, ajeno a los comentarios y murmullos que rebotaban contra su sucia espalda, era como si no existiéramos para él. Realmente no existía nada de lo que conocemos para él.

 

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