Una Historia de Venganza

Una Historia de Venganza

 

 

 

Os habríais dado cuenta con cuánta discreción procedí, con qué precaución, previsión y disimulo llevé a cabo mi trabajo.

(Edgar Allan Poe, El corazón delator)

 

 Una Historia de Venganza

 

Admito que soy una persona de trato difícil. Por mi temperamento arisco y confrontacional no son muchos los que se animan a generar vínculos de amistad conmigo. Siempre que alguien intenta amistarse expreso, sin querer, algún comentario directo, punzante, irónico o hiriente, que los insta a apartar aquella idea de sus cabezas.

Por otro lado, mis familiares también me han dado la espalda, tanto por mi carácter como porque me culpan de su quiebra económica. La única compañía que tengo a mi lado es la de mi inseparable bienamada Lady Alexandra. Es ella mi fiel compañera y amiga, mi confidente, y con la cual decidí emigrar de la aciaga ciudad de L…, lejos de nuestras parentelas, para residir en el apacible balneario de T…

T… es una localidad costera ubicada a cuarenta y dos kilómetros al sur de L… Es un pueblo pequeño y rústico de cuatro mil quinientos habitantes, en su mayoría adultos.

Hay pocos niños en T…, los que generalmente ocupan su tiempo libre en jugar en la caleta, chapoteando en la playa, y disfrutando del casi perenne sol. Los adultos, en especial las mujeres, se desempeñan como amas de casa o vendedoras, mientras los hombres se dedican al trabajo del mar. La pesca y la extracción de mariscos son su origen de alimento, de ingresos y la principal actividad comercial del balneario. También, en este ámbito, destacan las cuatro tabernas que hay en el pueblo, las cuales no solo entregan horas de esparcimiento a los lugareños, sino también constituyen una importante fuente laboral.

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Una noche de octubre de 19…, me sentía algo abrumado en casa, muchas dudas y problemas circulaban por mi mente, por lo que decidí salir para distraerme. Lady Alexandra no quiso acompañarme en esta oportunidad. Ante esto, salí de mi hogar rumbo a una cantina cercana. No demore más de ocho minutos en llegar al James Inn.

Una cortina de humo me dio la bienvenida apenas entré. Si bien el ambiente era bastante grato, el lugar estaba oscuro, pues sólo la luz de las velas daba algo de lumbre al recinto. Me senté en una mesa arrinconada, la única sin ocupantes. Rápidamente las miradas de los bebedores se posaron sobre mí.

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Al principio me sentí algo incómodo al creerme observado, pero después hice caso omiso a las miradas y sólo pensé en pasar un grato momento.

– ¡Mesera, una botella de amareto, por favor! – llamé, y me dispuse a beber con entusiasmo. Cuando llevaba más de la mitad del brebaje bebido un sujeto extraño se acercó a mi mesa.

– ¡Buenas noches, monsieur! – díjome, con una sonrisa que estiró su bigote cano.

– ¡Buenas sean! – respondí.

– Lo he observado desde que arribó a la posada y me percaté de vuestro solitario festejo – me dijo.

– Primero que todo – dije – no es un festejo. No tengo motivos para celebrar – expliqué con sequedad -. Y segundo, me gusta estar solo – señalé, corriéndolo indirectamente.

– ¡Vamos! ¡A nadie le gusta estar sin compañía! – sentenció -. De hecho, si quisieras estar solo no habrías venido a una taberna donde sabes que hay muchos bebedores.

– Quizá tengas razón – dije -. Llevo solamente un par de meses en el pueblo y no conozco a muchas personas.

– ¡Pues ahora somos dos! – exclamó -. Llevo viviendo aquí sólo dos días. Tampoco conozco a nadie. ¡Deja que me siente junto a ti! ¡Compartamos un trago! – dijo alegremente, invitándose.

Así entonces comenzamos a dialogar amenamente. Por motivos que más adelante conocerás, querido lector, me reservaré su verdadero nombre y procedencia, sólo contaré que escapó de su ciudad natal por motivos comerciales.

Charles – como lo llamaré desde ahora – también provenía de L… Era un hombre de unos cuarenta años, de estatura media y contextura gruesa. Su cabellera castaña era una especie de peluquín desordenado, como si el viento lo peinara cada mañana. De tez blanca y ojos verdes, tenía una nariz aguileña y bajo ésta un bigote blanco cuya característica era su movilidad (¡a alguien me recordaba ese mostacho! ¿Dónde lo vi antes?).

Me contó también que estaba casado hace ocho años, y que tenía tres hijos. – ¡Ellos son lo que más quiero en la vida! – me dijo, con brillo en sus ojos.

– ¿Piensas regresar a la ciudad? – pregunté.

– ¡No! – díjome, enfático -. Por lo menos no a residir. A pesar del amor que tengo por mi familia no puedo volver, ¿me entiendes?

La charla se mantuvo agradable por algunas horas más. Finalmente, luego de haber descorchado otra botella nos despedimos. Sin embargo, antes de partir, Charles se dejó hecha una invitación para compartir una cena en mi casa.

         Me levanté temprano para prepararle el desayuno a Lady Alexandra. Era un día majestuoso, con un sol resplandeciente. Se escuchaba a lo lejos el estallido de las olas en la costa. Entonces quise aprovechar el buen clima saliendo a trotar por la orilla de la playa.

         Luego de un merecido descanso tras el trote, me senté en la arena a contemplar el océano. El paisaje era sublime: una costa de arenas cálidas y húmedas y un mar solemne de azul intenso. El vaivén de las olas era hipnótico, como una suave danza de agua y espuma. Un agradable olor salino acompañaba el graznido de las gaviotas. Una veintena de botes con sus tripulantes flotaban sobre el oleaje.

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         – ¡Un panorama como éste es imposible de no admirar! – dijo una voz que ya había escuchado antes en otra parte. Era Charles, quien se acercó a mí luego de observarme desde la ventana de su casa.

         – ¡Es una vista maravillosa! – respondí.

         – Pero no se compara con la belleza que se observa mirando desde el mar hacia el pueblo.

         – ¿Te refieres a navegar? – inquirí.

         – Exactamente. Uno de estos días te invitaré a dar un paseo en bote.

         – ¡Me encantaría! – respondí. Luego de unos segundos agregué: – ¿Te parece si cambiamos la cena por un almuerzo? ¡Te invito a casa a almorzar!

         – ¡Me parece bien! ¡Acepto de muy buena gana!

         Entonces nos encaminamos a mi hogar. Una vez ahí, llamé a mi amada Lady Alexandra y le presenté a Charles.

         – ¡Mucho gusto, madame! – dijo al tiempo que le besaba la mano.

         – ¡El gusto es recíproco! – respondió ella, con una sonrisa algo fingida y una mirada extraña.

         – ¡Amigo – díjome Charles -, es usted un afortunado: tiene una mujer preciosa!

         El almuerzo resultó muy agradable, pues tuvimos una grata conversación y disfrutamos del delicioso menú preparado por las delicadas manos de mi amada.

         Después de ello nos despedimos con la condición de volver a repetir la velada. Sin embargo, no volví a ver a Charles en meses.

         La segunda semana de febrero de cada año, el balneario de T… celebra su tradicional fiesta en agradecimiento a San Pedro, conocido en la zona como “el santo de la abundancia”. Según la cultura popular, este beato provoca pescas fructíferas para los pescadores del pueblo.

         Esta festividad, que comienza bien temprano en la mañana y que dura hasta altas horas de la madrugada, se realiza principalmente en la playa. Ahí, muchos vendedores se establecen y comercializan diversos productos típicos de la zona. Como es de imaginar, miles de turistas llegan a T… para la ocasión.

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          Eran las cuatro de la tarde de aquel día cuando mi amada y yo volvimos a ver a Charles entre la multitud. Como era de suponer andaba solo, acompañado únicamente de una botella de licor semivacía. Su andar tambaleante denunciaba su embriaguez. A pesar de ello nos acercamos a saludarlo.

         – ¡Hola, Charles! ¿Cómo estás? – pregunté –. ¡Meses sin tener noticias tuyas!

         – No estaba en el pueblo – me dijo con una voz pastosa, propia de un ebrio -. No puedo estar mucho tiempo en un mismo lugar – dijo, dando una mirada de soslayo a Lady Alexandra.

         – ¡Ah, sí, claro! ¡Tus negocios! – dije, titubeando.

         – Sabes que viajo mucho – agregó y bebió de la botella -. Tuve un repentino viaje de trabajo – explicó y volvió a beber.

         – ¿Y cómo estuvieron los negocios? – preguntó Lady Alexandra con una sonrisa sardónica muy parecida a una mueca, incrédula de la explicación de Charles.

         – ¡Bien, muy bien! – respondió el aludido – ¡Muy, muy bien!

         – ¿Por qué no nos cuentas qué clase de negocios tienes? – propuso Lady Alexandra al ebrio.

         – Pero no ahora, mi bienamada – dije para no incomodar al interrogado.

         – ¿Por qué no? – insistió ella -. Sólo quiero saber en qué trabaja el único amigo de mi esposo – agregó con seriedad y una crecida antipatía hacia Charles.

         – No creo que sea oportuno – insistí.

         – ¡Muy bien! ¡Hablemos de mis negocios! – dijo Charles, con la cara tensa y los ojos brillosos, mezcla de ebriedad y enfado.

         – ¡No, no es necesario! ¡Adiós, Charles! ¡Hablaremos en otra oportunidad! – le dije al ver su rostro irritado. Entonces tomé la mano de mi amada y caminamos destino a casa. Sin embargo, el borracho la interpeló a viva voz: – ¡Así que quieres saber cuáles son mis negocios! – comenzó -. ¡La distinguida dama implora saber cuál es mi trabajo! – gritó, ante lo cual las personas que se encontraban cerca prestaron nerviosa atención a las palabras de Charles. – ¿Qué necesita saber, madame? – continuó gritando -. ¿Cuánto gano?, ¿si me esfuerzo mucho?, ¿si soy reconocido? ¿Eso necesita saber? ¡¡NO ME DÉ LA ESPALDA CUANDO LE HABLO!!

         Nos detuvimos. Solté la mano de mi amada y me acerqué al beodo para calmarlo.

         – Charles, no sigas con esto – dije con tranquilidad.

         – ¡¿Es que acaso hay algo en mi vida que le incumba?! – siguió, haciendo caso omiso a mis palabras previas -. ¿Quiere saber más de mí para conventillear? ¿Quiere hablar a mis espaldas como una vil rata?

         – ¡Cálmate, Charles! – le grité.

         – ¡Vete, idiota! – me dijo a la vez que me empujaba, arrojándome sobre la arena. Dio media vuelta y desapareció entre la multitud. Lady Alexandra se acercó rápidamente a mí, y me ayudó a ponerme en pie.

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         – Vamos a casa – me dijo con grácil voz -. Intentaremos olvidar esta vergüenza.

         – Sabes que no lo haremos – le dije mientras caminábamos rumbo al hogar y el pueblo continuaba su festejo.

         – ¡Está lista la cena! – gritó Lady Alexandra desde la cocina.

         – ¡Voy enseguida! – respondí desde la habitación. Me apuré, entonces, en mis quehaceres y me dirigí al comedor.

         Era una cena de un exquisito aroma. El humo de los platos demostraba que venía recién salida del horno, perfecta para abrigar esa gélida noche de julio.

         Mientras Lady Alexandra y yo disfrutábamos del delicioso banquete, sentimos que alguien golpeaba en la puerta de entrada. Toc – toc – toc. Me levanté de mi asiento y fui a abrir.

         Al descorrer la puerta una silueta ataviada con un abrigo negro con capucha estaba en el umbral. Detrás, un manto de niebla impenetrable cubría todo.

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   – ¡Buenas noches!, ¿en qué le puedo ayudar? – dije con amabilidad, a pesar del viento frío que entró en ese momento al interior de la casa.

         – ¡Hola! ¿Puedo entrar? – al principio no lo conocí, pero su voz se me hizo familiar. Era Charles. Miré a mi amada, como pidiendo autorización. Ella asintió con un suave movimiento de cabeza.

         – Entra – le dije, con sequedad.

         – ¡Gracias!

         – Así que has vuelto – expresé.

         – Sólo por un breve período – respondió Charles, al tiempo que se sacaba la capucha.

         – ¡Como es costumbre! – dijo Lady Alexandra, con ironía.

         – ¿Y qué motivo te trae por acá? – pregunté sin atisbo de amabilidad.

         – Vengo a conversar con ustedes. Quiero…

         – ¡Estás más flaco! – le dije, interrumpiéndolo.

         – Entonces podrías invitarme a cenar, ¿no crees? – dijo, sonriendo. Seguía siendo el mismo de siempre. Miré a Lady Alexandra quien me hizo un gesto con sus ojos.

         – ¡Siéntate, Charles! – dijo ella -. ¡En seguida te sirvo la cena!

         – ¡Gracias! – dijo el “invitado” quitándose el gamulán y tomando asiento. Me senté junto a él mientras Lady Alexandra le servía un plato de humeante sopa, la que comenzó a comer con la misma avidez de un perro hambriento. – ¡Mmm… está deliciosa! – dijo, con la boca llena.

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         – Lady Alexandra cocina muy bien – le dije.

         – Le puse un ingrediente secreto – dijo ella, sonriendo.

         – ¡Del talento de la gourmet no hay duda! – exclamó Charles, engullendo.

        Finalmente terminamos la cena. Charles corrió un poco más atrás su silla y se dispuso a reposar, poniendo ambas manos sobre su barriga.

         – ¿Qué te pareció la cena? – preguntó mi amada.

         – ¡Un manjar! – respondió Charles -. Aunque me ha dado un poco de somnolencia – dijo tras un bostezo.

         – Comiste con avidez – dije -. Quizás eso te provocó sopor.

         – Pero todo se solucionaría con una copa de vino – dijo Charles tras un nuevo bostezo, y tan extrovertido como siempre.

         – Yo te lo serviré – dijo ella, levantándose rumbo a la cocina.

         – ¡Esta cepa te gustará! – le dije.

         – ¡Ojalá sea vino chileno! – exclamó él con su confianza habitual y bostezando nuevamente.

         – Por supuesto que lo es – dijo Lady Alexandra, trayendo tres copas de vino sobre una bandeja de plata.

         – ¡Mmm! – exclamó Charles, oliendo y probando el vino – ¡Pero qué buen merlot!

         – ¡Es una delicia! – dije y bebí.

         – ¡Una maravilla! – exclamó mi amada y bebió.

         – ¡Un deleite! – dijo él y volvió a bostezar.

         – ¡Salud! – dije, brindé y bebí.

         – ¡Salud! – dijo ella, brindó y bebió.

         – ¡Salud! – dijo él, brindó, bostezó y bebió.

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         – ¿Cuál era el motivo de tu visita? – preguntó Lady Alexandra a Charles, guiando la charla al inicio de la conversación.

         – ¡Aparte de comer y beber! – dije con ironía.

         – ¡Ah!… ¡sí!… ¡claro! – dijo él algo turbado y tras un nuevo bostezo -. ¡Eh!… ¡sí!… ¡no soy bueno para estas cosas! – explicó y volvió a bostezar. Afuera, en la playa, el oleaje era terrible. El mar parecía estar furioso, retumbando muy fuerte dentro de la casa. – Está bien – continuó –, he venido hasta acá para disculparme.

         – ¿Disculparte? – preguntó Lady Alexandra.

         – ¿Disculparte? – pregunté y bebí.

         – ¡Sí, quiero pedirles disculpas por lo sucedido en la Fiesta de San Pedro! – expresó con voz soñolienta -. Creo que por fin encontré unos buenos amigos en ustedes – agregó casi durmiéndose -. Es por eso – dijo y bostezó por enésima vez, al tiempo que se restregaba los ojos – … es por eso…

         – ¡Es por eso que nunca te perdonaremos, desgraciado! – interrumpió Lady Alexandra con voz hostil y una mirada hosca.

         – ¿Es que acaso crees que es llegar y pedirnos disculpas después de lo que hiciste, imbécil? – lo recriminé y me puse de pie.

         – Pero… pero… – fue lo último que dijo antes de botar la copa al suelo víctima del sueño. El somnífero puesto en su comida y en su vino había hecho efecto.

         – ¡Maldito idiota! – exclamó Lady Alexandra.

         – Ahora la segunda parte del plan – dije. Entonces fui a mi habitación y traje dos cordeles y dos sacos grandes que guardaba en el entretecho para esta oportunidad. El fuerte oleaje se podía oír en mi cuarto.

         – ¡Debe ser rápido! – dijo mi amada, apurándome.

         Saqué a Charles de la silla y lo acosté sobre el piso de madera. Con una de las cuerdas lo até de pies y manos y tapé su boca con cinta adhesiva. Luego puse sus extremidades inferiores dentro de uno de los sacos, el cual lo cubrió hasta la cintura. Con el segundo lo cubrí desde la cabeza. Después tomé el segundo cordel y lo amarré a lo largo de su cuerpo, dejándolo símil a una momia.

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         – ¡Ya está! – le dije a Lady Alexandra, con sudor en mi rostro.

         – ¡Llevémoslo afuera! – respondió ella con ansiedad.

         Entonces mi hermosa cómplice lo tomó por los pies y yo por el torso, y lo llevamos a la parte trasera de la casa, donde el patio no es más que arena. Lady Alexandra me acercó la pala con la que comencé a cavar la arenosa tumba prematura de Charles. La espesa niebla que había a esa hora y el sempiterno ruido del mar fueron mis naturales encubridores.

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         De esa macabra forma, Lady Alexandra y yo dimos rienda suelta a nuestra venganza planificada, enterrando vivo a aquél que no sólo incurriera en un acto ignominioso hacia nosotros, sino también al embaucador que llevó a la ruina económica a mi familia.

 

Fin.

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Publicado por: H. E. Pérez

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