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5 leyendas de terror que nadie conoce

México se ha caracterizado desde siempre por ser un lugar lleno de cultura y tradiciones ancestrales, además de contar con un sinfín de historias macabras que son capaces de helarle la sangre a cualquiera. La variedad de relatos en cada estado de la República Mexicana es muy vasto y por ende, allá afuera hay muchísimos de los que no todo el mundo ha escuchado hablar.

Enseguida te presentamos 5 leyendas que nadie conoce, provenientes de México.

La niña de la Iglesia

Ulises manejaba su taxi ansioso por llegar a casa. Era ya bastante tarde. La jornada había sido especialmente pesada ese día y lo único que quería era llegar con su esposa, cenar algo e irse a dormir.

De pronto, al pasar por una calle poco transitada, vio a una jovencita que levantaba la mano para que se detuviera. Con fastidio, Ulises fingió no verla y siguió de largo ya que no quería seguir trabajando. Sin embargo, un par de cuadras más adelante se arrepintió al acordarse de su hermano, el cual había muerto tiempo atrás en medio de un violento asalto, todo por estar caminando solo en la noche.

Muy preocupado dio la vuelta y regresó esperando encontrar a la muchacha. Por suerte así fue. La chica subió al asiento trasero con timidez y cuando la vio de cerca, Ulises se percató de que era linda y muy joven. No podía tener más de dieciséis años.

—¿A dónde la llevo, señorita? Ya es muy tarde y no es bueno que ande usted sola por ahí.

—Por favor, lléveme a la iglesia más cercana. Tengo que alcanzar la última misa de la noche.

Extrañado, Ulises se dirigió a una parroquia conocida. Allí se bajó la chica, pidiéndole de favor que la esperaba en lo que terminaba la misa. Así lo hizo y al salir de la ceremonia, ella volvió a subir al taxi y le pidió que la dejara en el cementerio.

—¿El cementerio? ¿No prefiere que la lleve a casa?

—No se preocupe, yo vivo muy cerca de allí.

Ulises se dirigió al camposanto y antes de salir, vio como la muchacha se quitaba un relicario de oro del cuello.

—Tome, señor. No tengo dinero para pagarle, pero si le lleva este relicario a mi papá, él le pagará lo que corresponde. Aquí le dejo la dirección.

El taxista miró un momento la joya y cuando alzo la mirada, apenas un segundo después, la chiquilla había desaparecido. No la había escuchado bajar del auto, ni abrir la puerta,

Confundido retomó el camino a casa, pensando que de seguro el cansancio le estaba afectando.

Al día siguiente se dirigió al domicilio indicado para entregar el relicario y recoger su paga. Le abrió un señor de edad avanzada, quien se quedó perplejo al escuchar lo sucedido durante la noche anterior.

—En efecto, este es el relicario de mi hija, yo mismo se lo regale —confirmó—, sin embargo, no puede ser lo que usted me está contando.

—¿Por qué lo dice, señor?

—Porque mi hija murió hace varios años —le confesó el viejo con tristeza—. Y lo que más me duele, es que éramos tan pobre que nunca pudimos hacerle una misa de despedida.

Dicen que el alma de la muchacha envió al taxista con su padre, para que supiera que finalmente había ido a misa y ahora podía descansar en paz.

La momia viva

Esta leyenda transcurre en el estado de Guanajuato, cuya capital es famosa por sus momias. Hace tiempo, la exhibición con las momias acababa de regresar desde un museo en los Estados Unidos y acababan de colocarlas en su lugar respectivo.

Había anochecido y el vigilante del lugar estaba haciendo su ronda, vigilando que se encontrara en orden. De pronto, al alumbrar la sección de las momias, descubrió que faltaba una.

—Que extraño —se dijo, pues estaba seguro de que nadie había entrado—. Seguramente aun no la colocan en su lugar.

Un poco inquieto, se dirigió a la puerta principal del museo y vio como afuera, una mujer cruzaba la calle sin precaución.

—¡Cuidado! —el vigilante salió corriendo y empujó a la desconocido, justo a tiempo para evitar que fuera atropellada por un coche que pasó de largo—. ¿Se encuentra bien, señorita?

La susodicha no respondió. Estaba mirando al piso, no podía verle el rostro. Azorado, le tendió una mano para ayudarla a levantarse, un ofrecimiento que ella aceptó en silencio. No obstante, al tirar de ella hacia arriba, el pobre hombre se quedó aterrado al ver como uno de sus dedos se desprendía y se quedaba en su mano, volviéndose de piedra.

Fue en ese instante cuando la mujer terminó de levantarse y entró caminando en el museo.

La capilla enterrada

En otra localidad de Guanajuato, existe una vieja capilla que yace enterrada a la intemperie. Años atrás era un lugar santo y bonito, donde la gente acudía a misa todos los domingos. Pero un día, mientras estaban atendiendo a la palabra De Dios, hubo un terrible derrumbe y los escombros de la montaña golpearon el techo con fuerza, provocando que la construcción se cayera sobre los presentes.

Todos murieron en el acto. Nada se pudo hacer para recuperar sus cuerpos y extraer los restos de la capilla, que quedó enterrada para siempre.

Con ella también se quedó enterrado mucho oro, que los feligreses entregaban para las limosnas. En los años subsecuentes, muchas personas intentaron cavar para meterse a la capilla y buscarlo, en vano. Cada vez que alguien cavaba, el agujero que abría se derrumbaba sobre su cabeza, convirtiéndole en otro de los muertos sepultados.

Se dice que ese sitio es sagrado y a la vez está maldito, pues todos los que intenten profanarlo con su avaricia sufrirán el mismo destino que los cuerpos que siguen atrapados en sus ruinas.

El campanario maldito

Se dice que en México existe un campanario que permanece clausurado desde hace años, por el mal que habita en su interior. Nadie que lo ha poseído exactamente, ni de donde proviene. Lo único seguro es que no es prudente entrar ahí bajo ninguna circunstancia.

Cuenta la leyenda que lo del campanario se supo hace algunas décadas, cuando un viejo sacerdote llegó para hacerse cargo del lugar. Anteriormente había sido advertido sobre las tenebrosas cosas que ocurrían allí dentro, como fantasmas que se lamentaban por los rincones o la presencia de un hombre siniestro, vestido todo de negro y cuya sonrisa emanaba la más pura maldad.

Él, aunque era un hombre De Dios, también se mantenía escéptico frente a las historias de aparecidos, por lo cual no le dio importancia. Hasta que una noche le tocó dormir en el campanario.

Habían llegado a la casa parroquial varios clérigos que ya habían sido instalados en sus habitaciones. El Obispo se presentó de última hora, por lo que él tuvo que cederle su dormitorio y tomar sus ropas de noche para irse a dormir al campanario. Una vez allí, subió hasta el último piso y se entregó al sueño. Las campanas señalaron la medianoche…

Un grito desgarrador despertó el Obispo y al resto de los sacerdotes, quienes sobresaltados salieron a ver que ocurría. El padre estaba saliendo del campanario con los pelos de punta y la más pura expresión de terror en sus ojos.

—Pero hermano, ¿qué pasa? ¿A qué se debe todo este escándalo? Pareciera que ha visto usted un fantasma o algo peor…

El pobre hombre estaba tan pálido y tembloroso que no podía hablar con coherencia. Lo único que repetía es que el campanario estaba maldito y que debían cerrarlo por el bien del pueblo. Los otros lo vieron tan aterrorizado, que decidieron no tentar a la suerte y clausurarlo. Desde entonces nadie se atreve a entrar.

¿Qué cosa tan terrible pudo haber visto el sacerdote, cómo para ponerse así? Ese fue un secreto que se llevó a la tumba y del cual jamás quiso hablar con nadie.

La niña fantasma de la Estación Terminal Aérea

El metro de la Ciudad de México ha sido el escenario de numerosas leyendas y apariciones que aun hoy, siguen conmocionando a sus habitantes. Una de sus estaciones más célebres es la Terminal Aérea, donde se rumora que se aparece el espíritu de una pequeña por las noches, normalmente cuando alguien va caminando solo por sus pasillos desiertos.

Quienes la han visto cuentan siempre la misma historia.

Al principio, la niña se les acerca para pedirle que le ayuden a atarse los cordones de sus zapatos. Cuando se agachan para amarrárselos, sienten un escalofrío al percatarse de que le faltan las piernas. Se dice que las perdió al ser arrollada por un tren, cuando alguien la empujó para que cayera en las vías con mala intención, donde murió desangrada.

En otras ocasiones, la chiquilla lo que les pide es que se sienten a jugar con ella. No importa si la respuesta es afirmativa o negativa, ella siempre termina arrojando su muñeca a las vías y cuando la persona la va a buscar, se encuentra con una cabeza cercenada.

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