Asesinatos en la Mansión Terrière

Publicado por H. E. Pérez

Asesinatos en la Mansión Terrière

Sólo una conciencia manchada por su propia vergüenza o por la ajena encontrará aspereza en tus palabras; no obstante esto, aparta de ti toda mentira, manifiesta por completo tu visión y deja que se rasque el que tenga sarna; pues si tu voz es desagradable al gustarla por primera vez, dejará un alimento vivificante cuando sea digerida.

(Dante Alighieri, La Divina Comedia)

 

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 Asesinatos en la Mansión Terrière

        

         Aficionado soy a dar largas caminatas en forma solitaria por parajes boscosos. En uno de mis periplos por el Parc des Buttes Chaumont, en París, encontré, botado sobre un suelo de hojas secas, un sobre que contenía una carta. Me senté bajo la sombra de un frondoso árbol y la leí con entusiasmo.

         De eso han pasado más de cincuenta años, y tras un largo análisis ético y moral, he decidido revelar el contenido de esta carta en forma íntegra y sin censura, y de la misma forma en que su remitente la escribió a un destinatario fortuito, el día veintitrés de febrero de 1934. Léanla con responsabilidad:

Carta de Joanne Clarice

                   La presente misiva tiene como fin dar a conocer al afortunado, o infeliz, que la encuentre una situación que tiene varias aristas. Primero, es un problema que ha afectado de tal manera mi existencia que, incluso, pensé en autoeliminarme, pues el sorpresivo dolor que me causó este hecho no ha permitido que mi vida continúe con un mínimo nivel de normalidad. Segundo, he sido testigo de tres horrendos y macabros crímenes, los cuales por temor, e incluso vergüenza, he encubierto. Tercero, mi propia madre es la autora de uno de ellos, por lo que ella y yo somos, actualmente, cómplices y prófugas de la policía.

                     Obviamente, es menester que narre los oscuros acontecimientos en los cuales Bárbara, mi madre, y yo nos inmiscuimos.

                        Mi nombre es Joanne Clarice, tengo treinta años de edad, y de oficio soy prostituta.

                    Crecí en el ambiente de la prostitución, pues mi madre era dueña de una casa de remolienda. Debo reconocer que siempre me sentí fascinada por este entorno: veía a las muchachas cuando se maquillaban y se cambiaban de vestimenta. Todas parecían reinas, y cada una con su rey. Y yo pensé estar viviendo en mi propio cuento de hadas.

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                     Un día mi madre me sorprendió usando un hermoso vestido rojo, con mi rostro maquillado, y llenas de alhajas mis manos y cuello. En menos de cinco minutos estaba desnuda bajo el agua fría de la ducha, mientras ella me abofeteaba. Tenía entonces quince años.

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                       Lentamente, y casi sin darme cuenta, comencé a acercarme más y más a las chicas, y nos fuimos haciendo amigas. Era a ellas a quienes yo les comentaba mi situación, es decir, mi agrado por este trabajo. Me decían que se lo confesara a mi madre después de una charla tranquila, sin embargo, todas sabíamos que era un asunto de extrema dificultad.

                      Fue así como en un arranque de confianza y valentía abrí mi corazón a mi progenitora. Dos años costóme asirme del coraje necesario para conversar con ella. Recuerdo bien sus palabras y, sobre todo, sus lágrimas. De muy poca gana aceptó que yo entrara en este círculo. Sólo tuve que esperar cumplir veintiún años para poder trabajar.

                      Al principio, y pese a tener ya veintidós años, mis atenciones a los caballeros que visitaban la casa sólo consistía en servirles tragos y cigarrillos. Por supuesto, nunca me había tocado hacer un servicio a domicilio, como lo hacían constantemente mis compañeras.

                        Entonces, cuando cumplí veintitrés, hablé con mi madre y le expuse mi nueva situación: que me sentía sobreprotegida, aun discriminada, y que era de mi agrado ejercer a cabalidad mi trabajo. ¡Sólo ahora comprendo sus palabras y consejos! Lloramos juntas, recuerdo bien.

                        Así comencé a ser una meretriz de verdad. Mantuve varios encuentros, unos tantos en nuestra propia casa, otros varios hechos a domicilio. Me sentí, entonces, íntegra. Ahora el cuento se hacía realidad. Y yo era la princesa más linda del palacio.

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                       La relación con mi madre mejoró muchísimo, a pesar del difícil comienzo. Incluso nuestro diálogo se hizo más fluido, y no sólo como un trato de madre a hija, sino de empleadora a empleada.

                    Así fue pasando el tiempo. Hasta que, cuando cumplí veinticinco años, un cliente extraño nos visitó una noche. Digo extraño, pues cuando mi madre lo vio se puso pálida al igual que lo hacen los niños al ser asustados de súbito. Blanco el cutis, temblor en los miembros y sudor en la frente: así observé a mi mamá cuando ella lo vio. Conversaron un rato hasta que ella nos llamó a todas al salón. Una tras otra fuimos entrando mientras el nuevo personaje nos observaba con ojos lujuriosos, como las ávidas pupilas del lobo ven al rebaño. Entonces el señor aquel nos hizo desfilar y luego formarnos una yuxtapuesta a la otra. Nos preguntó nuestros nombres, e incontinenti nos pidió que nos retiráramos al cuarto contiguo. Entonces le pagó a mi progenitora una gran cantidad de dinero y se retiró. Al instante llegó la susodicha indicándole a Camille y a Michelle que acompañaran a monsieur Édouard, el cual las esperaba afuera en su automóvil.

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                        Conversé con mi madre sobre el repentino cambio de color que provocó en su rostro la presencia de aquél. Entonces me explicó que monsieur Édouard era un cliente que no veía hace mucho tiempo, y del cual conocía muy bien sus preferencias. Que era un pervertido, me dijo, pero que las grandes sumas de dinero que pagaba la hacía ofrecer a sus empleadas, mas se atemorizaba por la integridad física de ellas.

                Monsieur Édouard comenzó a visitarnos muy a menudo, incluso recordaba al dedillo nuestros nombres. Nunca oí una queja de mis compañeras que habían participado de sus lascivas fiestas, sólo que era desenfrenado y ardiente en sus cópulas, señalaban. Siempre pedía el mismo servicio, con la única condición de que en cada cita fueran chicas distintas.

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                        Una noche nos fue a visitar, sin embargo, tuvo una larga y violenta disputa con mi madre, incluso ella lo abofeteó. A pesar de ello, minutos después Madame Bárbara, como era llamada por mis compañeras, entró en nuestro cuarto diciendo que monsieur Édouard esperaba afuera y quería que Dennisse, Lorenne y yo lo acompañáramos. Era la primera vez que este señor requería a tres chicas en su domicilio. Primera también era mi participación en este tipo de reuniones sexuales. Me sonrojé al oír mi nombre, no obstante, el nerviosismo y la ansiedad se conjugaron perfectamente, pues era obvio que más temprano que tarde sería mi turno de ser partícipe.

                  Una resplandeciente limusina negra nos esperaba. Monsieur Édouard nos sonreía, al igual como sonríe el glotón al ver su mesa repleta de exquisitos manjares. Entonces subimos una tras otra al móvil.

                    Primero bebimos champaña. Luego, una vez que el alcohol nos redimió de nuestras aprehensiones, empezamos a jugar coqueta y sensualmente con dulces fresas que él untaba en crema. Entonces los besos fogosos fueron repartidos con deleite. Monsieur Édouard nos besaba con pasión y nos acariciaba con desenfreno. Sólo sexo oral pudimos ofrecerle, y él a nosotras, pues la voz del chofer se escuchó anunciando que ya habíamos llegado a la mansión de tan lascivo cliente.

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               Embriagadas y dispuestas a divertirnos descendimos de la limusina e ingresamos al hermoso domicilio. Apenas entrar continuaron los besos y caricias entre unos y otros. Una a una nuestras prendas desligábanse de nosotros. Casi desnudos subimos los peldaños de la escalera de mármol que unía el primer piso con el segundo, lugar donde estaba la recámara principal.

Escalera

                        Amplio y lujosamente hermoso era aquel aposento que, abriendo sus puertas de par en par, nos ofrecía su calidez y comodidad para nuestro frenético encuentro.

              Ya en el interior de la recámara comenzó el desenfreno. Una nueva botella de champaña descorchamos y bebimos lengüeteando desde el cuerpo, ahora, totalmente desnudo de monsieur Édouard. Él hacía lo mismo con su lengua sobre nuestras anatomías de curvas perfectas. Entonces me tomó en sus brazos y me dijo sonriente: – ‘¡Eres mi niña especial!’ – con esas palabras me sentó en una cómoda silla, a unos tres metros de la cama con baldaquín de sedas blancas, y amarró mis manos a los brazos de madera de aquel asiento, y mis tobillos los ató a las patas. – ‘¡Este jueguito te va a gustar!’ – díjome. Un ósculo lascivo me dio, sonriendo. Yo también sonreí, nerviosa al principio, excitada después. Fue tras eso que me amordazó.

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                        Monsieur Édouard volvió entonces a entretenerse con mis compañeras. El espectáculo que veían mis lujuriosos ojos era, por decir lo menos, excitante. Desde mi asiento obligatorio podía observar con claridad cómo aquel hombre de unas cinco décadas de vida fornicaba con estas jóvenes concubinas, que estaban dispuestas a divertirse a costa de su sexo.

              Tenía razón monsieur Édouard al decirme que este juego me gustaría, pues la excitación me dominaba. Entonces con suaves movimientos pélvicos primero, e intensos después, comencé a frotar mi vulva contra el suave tapiz que cubría la silla. Una pequeña mancha gris y húmeda se veía sobre el rojo terciopelo, pues un efusivo orgasmo me sacudió, incluso de no haber tenido la mordaza habría gritado, suplicante, al lujurioso señor que me poseyera.

                     De pronto un nuevo juego se le ocurrió a aquel que entregaba tanto deleite, pues tras una incursión lésbica de mis compañeras, que las llevó a un punto álgido de excitación, monsieur Édouard les cubrió los ojos con cintas de seda negra y las amordazó a ambas. Luego se dirigió a mí y me vendó también. – ‘¡Ahora sólo oirás el placer!’ – díjome.

                        Prohibida de todo movimiento, excepto el pélvico que me daba tanto gozo, y privada también del habla y la vista, mi sentido del olfato y del oído se agudizaron al máximo y permitiéronme que mi imaginación navegara por mares de olas en éxtasis y vientos lascivos que, rápidamente, me dieron un orgasmo tras otro. Los gemidos de placer que escuchaba eran leves y excitantes, aunque a veces rápidos, casi violentos.

                        Un mundo de satisfacción se abría ante nosotros otorgándonos dulces y apetitosos momentos de infinito placer. Lascivos minutos de desenfreno sexual que nos transportaban a los más recónditos rincones de nuestras fantasías carnales. Sin embargo, así como una piedra rompe un cristal exaltando la tranquilidad del ánimo de aquel que no se percata del golpe, de tal modo fue roto aquel placentero panorama. ¡Un disparo en la noche!…

            Estimado lector: es necesario señalar que de aquí en adelante la carta se torna un tanto ininteligible, pues algunas palabras aparecen como tenues manchas de tinta, ya que al parecer, y creo no equivocarme, fueron lágrimas las que provocaron el entuerto. Sin embargo, creo también que logré una traducción cabal de los hechos narrados por su autora. La misiva continúa de la siguiente manera:

                        … De pronto escuché la voz de mi madre que me instaba a huir del lugar. Fue ella misma quien me desligó de mis ataduras y de mi mordaza. A cada instante me inquiría, entre sollozos, si monsieur Édouard me había hecho algún daño. Sólo ante mis respuestas negativas se fue tranquilizando. Yo estaba aún desorientada, mas no pude evitar un grito desgarrador que me destrozó el alma junto con un llanto explosivo que casi me lleva al desmayo.

                       Recuerdo que mi madre me pedía con gritos que me calmara, mas ante mi negativa, me abofeteó el rostro (recordé de inmediato cuando me vio vestida con aquel traje rojo en mi adolescencia). Luego me cubrió con una gruesa manta blanca. – ¡Salgamos de aquí! ¡Rápido! – me dijo. Sin embargo, sólo atiné a acercarme al macabro espectáculo que presenciaban mis aterrados ojos.

                        Dennisse tenía la mordaza entre sus dientes y los ojos vendados. Ambas manos las tenía atadas a la pata trasera derecha de la cama, considerando como posterior la parte del lecho donde descansan los pies al dormir. Estaba de rodillas, apoyando la cabeza sobre la alfombra del piso. Pálida la vi, incluso pude sentir la frialdad y rigidez de su cuerpo. Había sido degollada, y su ano penetrado por una estaca de madera, la que aún asomaba entre sus glúteos. Una mezcla fétida de sangre y excremento caía por los blancos muslos de mi compañera.

                       Lorenne yacía boca arriba, con la vista vendada y una mordaza en su boca. Ambas manos unidas a la pata anterior derecha de la cama. Su cuello no fue cortado como el de Dennisse. Por ese motivo, antes del disparo, yo escuchaba sus gemidos, los que erróneamente pensé que eran de placer, sin embargo, pude percatarme, y no sin pánico, que eran de agonía, pues Lorenne, sin duda, estaba viva, mas su vagina era una masa deforme y sanguinolenta, pues el agresor, según pude apreciar, la masturbó con un bisturí, el cual, mancillado de sangre al igual que sus piernas y su pubis, apreciábase entre su sexo.

                   Entre las extremidades sangrantes de mi compañera se encontraba el criminal. Tendido boca abajo, desnudo y con el cráneo quebrado a causa de la bala disparada por mi madre.

                     No recuerdo bien cómo salimos de la Mansión Terrière, sólo puedo decir que subimos rápidamente al automóvil de mi madre, el cual estaba lleno de maletas en los asientos posteriores, y huimos del lugar con premura.

                    ‘¿Cómo dio mi madre tan rápido con la dirección del criminal? ¿Qué clase de presentimiento la llevó a actuar de esa manera?’, pensé, días después. No sólo porque él era un cliente habitual de los servicios que se ofrecían en la casa de mi progenitora, sino porque ella misma había tenido un affaire con este señor, y de ese encuentro yo soy fruto, pues por propia confesión de ella supe que monsieur Édouard Terrière era mi padre.

              Así escribió Joanne Clarice Terrière su trágica historia de vida en aquella carta sin destinatario concreto; sin embargo, a pesar de todos estos años, aún no he tenido conocimiento de su captura.

Fin.

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