Con Con

Publicado por Emilio Pinto

De haber sabido lo que pasaría, créanme que no lo hubiese hecho.

Con Con

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     Todo comenzó aquella noche de verano en la que los siete personajes de esta historia nos encontrábamos casi embriagados a causas del whisky barato que habíamos comprado para aquella acampada.

Nos hallábamos lejos de casa, casi a orillas de un río que en plena montaña y más de cuarenta kilómetros de la civilización, en medio de bosques y senderos perdidos, los viajeros conocían como el Paso del Con Con.

Casi embriagados como mencioné, y con una soga de seda de unos dos metros en las manos, esta historia se dio.

Jugando con la soga en mis manos a orillas de la fogata, observaba las pequeñas brazas que sobresalían, y pensando en qué hacer para que la noche fuese interesante, me decidí a contar aquella vieja historia que mi abuelo se atrevió a contarme cuando yo era apenas un mocoso.

–          El Loco Cabrera- comencé-, fue un ovejero de donde vivo… que conste, la historia no da miedo, pero sí es interesante-.

–          ¡Ya, ya!, sin rodeos, cabro chico- dijo Wilson, el acordeonista del grupo del cual soy tecladista, y con el cual tuvimos cierto incidente en Salamanca.

–          Bueno, pues…el Loco Cabrera era un ovejero de donde yo vivo, aunque vivió hace cuánto-, miré a Danilo, uno de los adultos con los que fuimos al viaje-, ¿cincuenta años?, estaba casado  y tenía un niño con su pareja.

Un día dispuesto a llevar a su rebaño hasta el rincón del guindal, más o menos a cinco kilómetros de aquí, se decidió a salir temprano de casa, y partió junto a su hijo. El niño, dicen que tenía entre doce y trece años, y entre controlar a las bestias y esperar al pequeño, el viaje dejó exhausto al Loco Cabrera, tanto, que se vio en la obligación de detenerse aquí.

Acamparon con las ovejas pastando por el lugar y en la noche, sin tener idea de por qué, mientras su hijo dormía, se acercó a él, besó su frente. Tomó un tizón que había sobre el fuego, y luego de besar a su hijo, clavó el tizón sobre su frente. El número seis quedaría marcado sobre su piel si lograba quedar vivo, después de tanto forcejear contra su padre y si es que el llanto lograba regresarle la consciencia.

Los gritos y patadas no cesaban, y el tizón seguía en la frente del niño, aunque como pudo, se zafó y trató de huir a la oscuridad que abrigaba al Paso del Con Con. Pero, de nada le sirvió. El Loco Cabrera lo alcanzó de igual manera, lo sostuvo un instante y así el pequeño se encontró frente a frente con el cuchillo que degolló su garganta y lo desangró hasta morir.

El sujeto por su lado sin bastarle lo que había hecho, mutiló a su propio hijo y lo tiró a las brasas que aun ardían.

Cuando se dio cuenta del crimen que había cometido lo invadió mas profundamente la locura. Como una peste  que azota sin piedad cada rincón de tu cuerpo, carcomiéndote la cordura lentamente para que sientas la culpa de tus endemoniadas acciones.

Con el arma aun empapada en sangre, fue cortando su cuerpo de a poco, estaba completamente desquiciado, borracho de demencia.

Pareciéndole poco el crimen contra su hijo, mientras se cortaba, una oveja se le acercó, la miró, y sin piedad hundió el cuchillo sobre su cuello.

El suave pelaje felpudo blanco se tiñó de rojo y así, una a una arremetió contra las catorce ovejas que llevaba.

–          ¿Y esa es la historia?- preguntó Eduardo, un amigo.

–          Tenías razón- dijo Magdalene, su novia.

–          ¿Sobre qué?- pregunté.

–          No da miedo- agregó Bryan, otro amigo. Hijo de Danilo.

–          Se los dije.

–          ¿Y qué pasó con el tipo ese?- inquirió Wilson.

–          No llegó a casa. Se organizaron 3 cuadrillas* para buscarlos, pero nadie los encontró. Parecía como si se los hubiera tragado la tierra. No sabían nada- dije-. Absolutamente nada- recalqué.

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Para haber sido una historia corta y que no asustaba, la intriga los consumió.

–          ¡Vamos!- exclamó Wilson-. Algo más tuvo que haber sucedido.

–          Sí, bastante mala tu historia, pero algo más tuvo que pasar, ¿no?- añadió Cristóbal, mi primo.

Danilo notó que yo aun jugaba con la soga de seda. Me miró intimidante y añadió:

–          Este hueón si sabe que pasó después, ¿cierto?

Lo miré y asentí.

–          Una cuarta cuadrilla salió en busca de los dos…

–          ¿Pero no los encontraron, o sí?- interrumpió Eduardo.

–          ¡Shhh!- silenció Cristóbal.

–          Aquí solo encontraron al niño… y las pobres ovejas mutiladas. Supusieron que El Loco Cabrera por ahí andaría. Aunque por el estado de descomposición en que se encontraban los cuerpos, ese terrible hedor y la carne carcomida por las avispas, supusieron luego que ya se encontraría lejos del Paso del Con Con.

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Aunque eso no era suficiente, sospechaban que algo más había ocurrido. Recorrieron el Paso del Con Con hasta lo más profundo, donde el estero recorre la única vía para salir y por donde ni si quiera la luz del día puede entrar.

–          ¿Se escondía ahí?- preguntó Magdalene.

–          Estaba ahí- asentí-. Solo que no se escondía.

–          ¿Cómo?- preguntó Bryan.

–          Estaba sobre la nada, levitando sobre el agua sostenido por una horca que pendía sobre la gruesa rama de un sauce llorón. La frescura y sequedad habían mantenido alejadas a las avispas y solo las llagas y coretes daban a conocer su demencia.

Parecía muerto hace días, pero estaban frescas, y aun teñían de rojo las aguas del estero bajo él. Parecía como… si después de muerto se hubiera seguido cortando… o que muerto… después de muerto fue que se ahorcó- ahí fue cuando tiré la soga de seda sobre el suelo y un perfecto dogal del ahorcado se hacía en ella, a los pies de la fogata que fulgurante ardía-. ¡Pero solo es un cuento!- exclamé riendo, sin embargo, el silencio los consumía.

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Los miré a todos.

–          Bien, si no les importa me iré a dormir… ha sido un largo día.

 

Así pues, uno a uno el resto se decidió a seguirme, aunque nadie, ninguno de nosotros sabía lo que pasaría luego. Ni siquiera yo.

Habrían pasado tal vez una hora y media después de apagar las linternas cuando Magdalene oyó la primera alerta.

Una bandada de Huairavos* pasó por encima de la carpa, algo extraño pues son aves solitarias en esa época del año, y debe de ser mucha  tu suerte para poder ver tan si quiera uno de ellos.

Al no reconocer su canto, me despertó por ser quien más cerca estaba de ella, ya que Eduardo, su novio, entre ronquidos y oculto entre las frazadas, era imposible de despertarle aunque pasase un tren de carga por encima de él.

–          ¿Qué es eso?- me preguntó asustada.

Oí el cantar de aquellas aves.

–          Tranquila- le calmé-. Son Huairavos, unos pajaritos de este tamaño, (habré mostrado treinta centímetros con mis manos)

–          Bien- me dijo.

En eso, ambos nos volvimos a recostar, y allí fue donde el alma se separó de nuestros cuerpos.

Tras tocar nuevamente el suelo para dormirnos, el llanto claro y literalmente encima de nosotros, de un niño nos levantó de un susto a los siete campistas.

Danilo, Wilson, Bryan, Cristóbal, Eduardo, Magdalene y yo, nos erguimos ante bestial chillido infrahumano y entre garabatos de miedo y excitación, nos acurrucamos contra una de las orillas de la carpa.

Solo nos había despertado. Pudo haber sido un sueño, pero los siete estábamos seguros de que había sido real, los siete lo habíamos escuchado.

Tras unos minutos sin volver a oírle y un poco más calmados, una oveja pareció balar fuera de la tienda, algo que nos pareció normal y que pudimos controlar, de modo que salimos, los siete para que nadie quedase solo.

Se oía claramente el balido, pero no lográbamos ver al animal. Quizás donde se encontraba, pero la cosa era que la oíamos, pero no lográbamos verla.

–          ¡Estúpida cabra!

La fogata se estaba apagando, no alumbraba nada, y ahí el llanto infrahumano volvió a asustarnos. Se sintió como un silbido que te da la muerte y te anuncia la hora de morir, la hora de sucumbir entre sus manos y de no volver nunca más a ver la luz del día.

Quisimos entrar a la tienda, pero el balido de la oveja también se acrecentó.

–          ¡Papá!- oímos todos al mismo tiempo que se nos helaba la sangre que iba directo al corazón para darnos un paro.

La risa demente que bajaba sobre los árboles y que parecía inundar todo el Paso del Con Con, aumentaba de la misma manera que las ovejas balaban y que el niño lloraba o llamaba a papá.

–          ¿Qué mierda?- preguntó Bryan con el miedo impregnado en el rostro.

–          ¡Yaaaaa!- exclamó Magdalene-. Si esta es una broma, es de pésimo gusto.

Las risas dementes, desquiciadas, locas aumentaban más sus decibeles y acrecentaban el volumen. Parecía que estaba acercando, se acercaba desde todas las direcciones. Nos tenía rodeados. No teníamos escapatoria.

–          ¡Andando!- dijo Danilo, quien nos había llevado hasta allí.

Una parvada de lechuzas pasó entre nosotros, y entre la demencia y el miedo, comenzamos a correr con unas linternas al frente, sentimos un golpe que no nos inmutamos en averiguar qué era y continuamos corriendo, pero las endemoniadas risas nos seguían hacia todas las direcciones. Nos tenían rodeados.

Escuchábamos claramente como los perros y gatos ladraban y maullaban desde los árboles, cómo las ovejas del Loco Cabrera nos seguían, pues su balar nos seguía el rastro cual perro zorrero.

El pequeño lloraba y gritaba sobre los árboles como un mono aullador. Gritaba, y su gritos de dolor nos perforaban los oídos a tal grado que sentíamos el tibio de la sangre corriendo por nuestros cuellos.

Habíamos llegado a un paso claro entre el Paso del Con Con y la ruta que nos guiaría hasta la Pirca, el sector más alto, donde se dividen los caminos en el que nos llevaría a la sociedad y el que nos traería de vuelta a ese maldito lugar

Nos tiramos al agua y comenzamos a correr en ella, pues no era tan profundo, el bullicio producido aquella noche nos hizo voltear y notar la clara luna que alumbraba la noche, mas no el Paso del Con Con, que en aquel borde que separaba el río, ya había quedado atrás.

No nos quedamos a contemplar el paisaje, seguimos corriendo, aunque lo ideal en aquel momento, hubiera sido contemplar la luna, tal vez cinco segundos más, pero cuando nos dimos cuenta de todo, seguramente ya era muy tarde.

La pirca se divisaba y al llegar allí, nos percatamos de que si los siete nos quedábamos callados, el silencio reinaba, aunque al callarnos los siete, el terror nos invadió mucho más al saber que habíamos solo seis, y uno de nosotros estaba perdido por ahí, entre tantos senderos que separaban nuestro destino con el destino fatal del que veníamos.

–          ¿Y Bryan?- preguntó Danilo-. ¿Bryan?, ¿dónde está mi hijo?- preguntó desesperado.

–          No lo sé- respondí-. ¿No ven…?

–          ¿Qué?- inquirió Magdalene asustada-. No… No… ¡Noooo!, ¿Dónde está?

Claro. Solo habíamos seis allá. Bryan quizá donde estaba.

–          ¿Dónde está mi hijo?- me preguntó Danilo tomándome de los brazos, como si estuviera perdiendo la cordura y tendiéndome como a una loco.

–          ¿Por qué debería saberlo yo?- espeté-. Tu eres su padre.

La noche nos abrazó, y entre debates sobre volver, dejamos que Danilo fuese solo en su búsqueda, yo no iba a volver a encontrarme con la muerte, y menos aun el resto… la paternidad fue superior y eso estaba bien, pero no por eso el resto iba a arriesgarse a que la muerte nos mirara a los ojos o nos hiciera perder la cordura y hacer que nos destruyéramos uno a uno.

 

El día volvió a caer, pero parecía todo oscuro al no haber luces de Danilo, ni de Bryan. Había que volver, de modo que partimos. Había que recuperar algunas cosas, y con la luz, nos sentíamos más seguros.

El borde del río que separaba el Paso del Con Con estaba frente a nosotros, pero ninguno esperaba ver lo que ahí dentro encontramos.

 

La tienda estaba tal cual, así la contemplamos hasta que una gota húmeda cayó en la frente de Magdalene.

El cuerpo inerte de Bryan estaba suspendido en el aire, con su pecho al descubierto y varios cortes hechos con navaja. Un dogal del ahorcado abrazaba su cuello tiernamente y reconocí el trabajo de mis manos.

Era el dogal que yo había hecho la noche anterior, cuando conté aquella boba historia.

No había rastro de Danilo, o por lo menos hasta ver la carpa por dentro.

Un charco de sangre salía de su yugular, posiblemente la desesperación de aquella brutal escena le marcó la vida, marcó su desesperación, y le arrebató las ganas de vivir, como Tánatos se la quita a los vivos. Las Moiras cortaron su hilo de la vida y allí quedó tendido… todo por mi culpa, todo por haber contado esa estúpida historia. Todo por haber contado esa estúpida historia de mierda.

En pocas palabras… siempre soy yo el culpable.

 

     El Con Con, es un ave no muy típica y que muy pocas personas conocen. Su peculiaridad, se basa en que puede articular mas de un sonido, como el ladrido de un perro, el maullido de un gato. El llanto de un niño, o la risa de un hombre.

     Sin saber nada, y al quedar solo en la oscuridad, la desesperación se apoderó de él, el dogal que yo había hecho estaba ahí, como la única salida posible para dejar de oír las penumbras del Loco Cabrera, una leyenda inexistente, inventada para asustar a los viajeros, que no saben de la existencia del Con Con, de aquella ave que comparte parentesco con las Lechuzas y que articula incluso tu voz, una vez que la oye.

La pena y la rabia de un padre, fueron también su trágico final.

 

 La Muerte, es algo Inevitable.

 

*Cuadrilla: Grupo de personas que excede los siete miembros. Generalmente para buscar animales, personas, u objetos perdidos, típicos en los sectores rurales, aledaños a cordilleras.

 

*Huairavo: Ave típica de Chile, habita en esteros, ríos, lagos, cordilleras, de canto peculiar. El macho es más pequeño que la hembra. Cambian el plumaje dependiendo de su edad, tres veces en su vida. Niñez: polluelo. Juventud, y adultez.

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Por lo general la música me llena mas que nada, pero de todas formas está la escritura, el escribir historias de todas las índoles, aunque el género de suspenso y terror lo adquirí leyendo las grandes narraciones de Edgar Allan Poe.¿Te gustó mi Cuento de Terror? Para leer otra Historia de Terror mía, haz clic aquí: Historias de Miedo de Emilio Pinto

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Comentarios: (5) ¿Quieres dejar un comentario?

    • Es una historia que mezcla muchos sucesos tanto reales como ficticios… dejo a criterio del lector lo que considere real, o lo que considere una fantasía.
      el Con Con claro, esa ave capaz de articular cuanto sonido oiga, esa real… ya vieron sus fotos en la narración. Saludos 🙂

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