“¿Dónde Está la Bala?”

Publicado por H. E. Pérez

“¿Dónde Está la Bala?”

 

Al igual que en una lotería, los premiados son pocos.

Y Keissell no fue de los ganadores: ha sido devorado por el olvido…

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(Sergio Fritz Roa, En los dominios de la serpiente)

 

 

“¿Dónde Está la Bala?”

 

            Caminamos tambaleantes rumbo a mi domicilio y, tal como lo supusiera, cuando estuvimos en la sala William no pudo resistirse a la oferta de jugar una partida de póker.

         Habíamos avanzado dos calles cuando comenzó a llover a raudales, cosa que nos complicó aún más nuestro errático andar.

         – Será mejor que consigamos algún cochero – sugirió William -. La lluvia es muy intensa. Así llegaremos más rápido a casa.

carruaje

         Sin embargo, me opuse tenazmente, pues no deseaba que hubiese testigos que me hubieran visto con William en sus últimas horas con vida. Debía estar todo bien planeado, sin cabos abiertos a especulaciones, cosa que me costó mucho urdir en el poco tiempo que tuve desde que William se presentara en la taberna.

         – ¡Vamos, caminemos, no seas holgazán! ¡No hay como una caminata bajo la lluvia! – argumenté -. Además no vivo muy lejos de aquí. Mi hogar tiene chimenea, y tengo una botella de souvignon para abrigarnos.

         – ¡Con qué facilidad me convenciste, jajaja! ¡Sigamos, entonces!

         Al poco rato la torrencial lluvia se hizo una fina garúa, sin embargo, un viento gélido nos golpeó los rostros. Afortunadamente para mis intenciones, no pude ver a nadie más en la calle a esas horas. ¡Todo salía según mi improvisado plan!

         – ¡Falta poco, no desesperes!

         Tiritando de frío llegamos a casa. Abrí el candado de la puerta de entrada e hicimos ingreso. Adentro, me saqué el gamulán y mi sombrero húmedos y los tendí de los percheros.

         – ¡Quítate esa chaqueta mojada! – le dije a mi invitado -. Te prestaré un gamulán seco. Acomódate en la sala.

         – ¡Gracias! – contestó.

         Me cambié rápidamente de ropa en mi dormitorio y volví a la sala junto a William con el chaquetón ofrecido. Introduje en la chimenea tres leños que había cortado con el hacha antes de salir de la casa y los hice arder. Más pronto que tarde el ambiente se colmó de un grato calor.

a glass of red wine infront of a fire

         – ¿Souvignon? – le pregunté, mostrándole la botella.

         – ¡Por supuesto! – contestó con alegría -. Pero no te olvides de lo más importante: las cartas de póker.

         – ¡Claro que no! – respondí -. Ven, vamos a la mesa. Ahí realizaremos el torneo.

         – ¿El torneo? ¡La partida querrás decir! ¿O acaso habrá más jugadores?

         – No, sólo tú y yo, William – dije con un sesgo de maldad en mis palabras -. Quise decir un torneo por las apuestas que haremos.

         – ¡¿Grandes sumas de dinero?! – preguntó, con una chispa de avaricia en sus ojos y en su voz.

         – ¡Por supuesto que sí, William! ¡Habrá mucho en juego! – respondí con tácita malicia.

         – Bueno, comencemos de una vez. ¡Estoy ansioso! – dijo, frotándose las manos.

         Entonces barajé las cartas y las repartí de acuerdo a las reglas del juego. La primera jugada fue sin apuesta, para “tantear al rival”. En la segunda apostamos cincuenta libras, y en la tercera cien. Inmediatamente pude percatarme que William era un gran adversario, pues ganó los tres primeros turnos sin cuestionamientos.

         – ¡Ahora apostaremos doscientas libras! – dije. Obviamente con la clara intención de ir recuperando mi dinero.

         – Me parece una excelente suma. ¡Está bien! – exclamó, y puso el dinero sobre la mesa, mientras yo llenaba su vaso de vino.

         Era su turno de barajar y de repartir. “Ojalá me toque un buen juego esta vez”, pensé, sin embargo, las cartas que tenía en mis manos me indicaban con claridad que nuevamente iba a perder.

      – ¡Full! – dijo William sonriendo,  y se llevó otra vez el dinero. Me sentí irritado, pues me quedaban sólo treinta libras y no veía la forma de rendir a mi contrincante, el que, en una señal de triunfo, bebió directamente de la botella hasta no dejar ni una gota. Fue ahí que decidí poner en práctica mi maquiavélico plan, pues desde el bolsillo del gamulán extraje mi revólver y golpeé a William en la cabeza, dejándolo tirado en el piso con una sangrante herida en el cráneo.

         Como yo era más alto y fuerte que él, no tuve que hacer mucho esfuerzo para levantarlo del suelo y ponerlo en una vieja silla de madera. Con una cuerda lo até y puse una mordaza en su boca. La sangre caía lentamente por el parietal derecho hasta el hombro.

secuestro

         Como mi contrincante estaba desmayado, tuve que abofetearlo en cuatro o cinco oportunidades para que despertara y poder dar inicio entonces al verdadero juego, el que, desde que conocí a William, quería llevar a cabo: la letal y clandestina ruleta rusa.

         El ludópata comenzó a despertar lentamente de su letargo. Por su mirada perdida supuse que, al parecer, no asumía su actual situación, pues no atinaba a moverse ni a tratar de liberarse de su incómodo estado.

         – ¡Por fin despertaste, William, ya era hora! ¿Estás cómodo? – le pregunté con sarcasmo. La silla estaba al centro de la estancia mirando hacia la chimenea. Él me oía hablar a su espalda, por lo que no era capaz de verme. Fue ahí que comenzó a forcejear para liberarse, pero con sus bruscos movimientos sólo hizo que los nudos de las cuerdas se apretaran aún más, dañando su cuerpo, principalmente sus muñecas y tobillos.

         – ¡Así que eres un jugador experto! ¿Verdad? – lo molesté -. ¿Conoces la ruleta rusa? ¿Ah? – comenzó a agitarse y a tratar de emitir gritos de ayuda, sin embargo, la mordaza se lo impedía.

         Escuché el fuerte estallido de un relámpago, por lo que supe que la lluvia había comenzado nuevamente.

lluvia-de-tormenta

         – Como el buen jugador que eres – seguí -, me imagino que la conoces. De todas maneras voy a refrescar tu memoria: en mi revólver hay espacio para seis balas, pero pondré sólo una en su interior. Tienes que predecir en qué recamara de mi Smith & Wesson está alojada. Si aciertas, te irás en libertad con el dinero que has ganado esta noche, pero si no, tendré que matarte. ¡La apuesta es tu vida! – Al oír esto se puso muy nervioso, y se agitó mucho más que antes. Entonces me moví y me puse frente a sus ojos: su cara estaba hinchada y opaca, mas cubierta de sudor y sangre. Sus sienes latían como queriendo reventar.

         – Como lamentablemente, querido amigo, no puedes hablar – seguí con mis instrucciones -, golpearás la madera del piso con tu zapato derecho, indicando de ese modo la cantidad de veces que jalaré del gatillo hasta que la bala salga disparada. ¿Entendido? ¡Voy a considerar tu desesperado llanto como un !

         Afuera se oían las feroces ráfagas de viento, y supuse que no andaba nadie en la calle, pues la lluvia era incesante.

         – Atento – le dije -. Esta es el arma. – Se la mostré para que la apreciara, abrí el tambor e introduje un único proyectil. Luego hice girar rápidamente el cilindro y lo cerré. – ¡Bien, querido amigo William! ¿Dónde está la bala?

PISTOLA

         William comenzó a gemir con desconsuelo. – ¿Dónde está la bala? – le pregunté nuevamente, sin embargo, como él no respondía le di una bofetada en el rostro. – ¿Dónde está? – dije, iracundo. De pronto, me percaté que su zapato derecho se movía con sutileza y golpeaba la madera del piso.

         – ¿Tres? ¿Cuatro? ¡Tu respuesta no es clara! ¡Volveré a preguntar, maldito idiota, pero ahora serás más explícito! ¿Dónde está la bala? ¡RESPONDE!

         Tres pisotones en el piso. Así de claro fue su pie: uno, dos, tres sutiles golpes en la madera.

         – ¡Tres! ¿Esa es tu respuesta? ¡Jajajaja! ¡Muy bien! ¡Tres dice el señor! ¡Entonces tu suerte está echada! ¡Tres! Jajajajajaja. ¡Vamos a ver!

         En esos momentos la cordura no era parte de mí. Tiritaba y me reía como un loco. – ¡Veamos! ¡Primer disparo! – apunté a la chimenea. Click, sonó el disparador -. ¡Vas bien, William! ¡Ahora el segundo! ¡Adiós, querido Baltazar! – le dije a mi gato. Click, ¡y nada! Me sorprendí, pues las opciones de William seguían intactas y, peor aún, ¡se acercaba a una nueva victoria!

         – ¿Dijiste tres? Esta es tu oportunidad, entonces. Ahora debiera salir la bala, y con ella se abrirán las puertas de mi casa para que sigas viviendo y disfrutes del dinero que acabas de ganar. ¡Habrás vencido, maldito ludópata! Ahora apuntaré a esa rata que está sobre la leña. ¡Uno, dos y tres! – ¡Bang, y el ratón se reventó del balazo que le di, dejando una mancha de sangre estampada en los ladrillos de la muralla! Del susto, Baltazar fue corriendo a refugiarse bajo un viejo estante de madera.

         – ¿¡QUÉ!? ¡NO PUEDO CREERLO! ¡ACERTASTE! – miré a William que lloraba de júbilo e impaciencia por ser liberado y lograr huir de las garras de Ereshkigal, a la cual le había torcido la mano en este macabro juego -. ¡ESTO ES INCONCEBIBLE! ¡QUÉ LOCURA ES ESTA! – continué, moviéndome de un lado a otro -. ¡ESTO ES… ES INAUDITO… ES IRREAL! ¡QUIÉN DEMONIOS ERES, MALDICIÓN! – Entonces, en un arrebato de iracundo frenesí introduje una bala en el revólver, y le disparé a William en la cabeza, matándolo al instante -. ¡Ahora llévate tu suerte al infierno! – le gruñí en la cara. Luego, con toda mi fuerza y las energías extras que me entregaba mi demencia, arrojé a William con silla y todo dentro de la chimenea. Para avivar el fuego extraje del piso todas aquellas tablas que habían sido manchadas con la sangre de mi víctima, además de los restos de la inmunda rata, el gamulán (ahora seco) de William, y un par de leños más.

         Jadeante y obseso me senté en una silla frente al fuego devorador. Baltazar llegó a mi lado y de un salto se posó en mis piernas, ronroneando. Comencé a acariciarle el pelaje hasta que me dormí.

Sin título

         Los tres días siguientes también fueron de lluvia, por lo que mantuve la chimenea siempre encendida, consumiendo el cuerpo de William y borrando, de paso, cualquier vestigio de mi espantoso y macabro crimen.

         Conocí a William cuando me retiraba de la taberna rumbo a mi casa. Sin un motivo específico se me acercó en la puerta de salida y, en unos pocos minutos (¡realmente una eternidad!), me dio a conocer su afición al juego; y no entiendo en qué arranque de locura lo convencí de ir a mi hogar.

         Él era de baja estatura, y usaba bigotes y una barba a ras de piel muy desordenada y copiosa. Sus cabellos tiesos, como púas. Vestía un antiguo gamulán hediondo a tabaco y zapatos negros tipo mocasín.

         Me contó que desde pequeño sentía esa afición que lo aferraba al vicio del juego. Era un ludópata, un apostador afortunado, pues, favorablemente para sus pretensiones, casi siempre ganaba. Sin embargo, esta vez su suerte cambiaría.

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Fin.

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