Otros Cuentos de Miedo

EL ABRAZO DE LA ABUELA

Esto sucedió por el año 1995, en esa ocasión llego a la ciudad de Huancavelica, un jovencito que venía de la capital y su llegada causó revuelo entre los vecinos del lugar donde se fue a instalar, pues desde el primer momento se convirtió en la pesadilla de todos los chicos de la cuadra.

Martín, que era el nombre de aquel fornido y bravucón muchacho de 16 años, había venido a adueñarse del barrio. Expulsado de varios colegios en Lima, simplemente sus padres hartos de la situación habían decidido enviarlo a la ciudad, en ese entonces pequeña y tranquila, que era Huancavelica. Iba a a vivir con un tío paterno, quien se ofreció a tenerlo bajo su techo a cambio de que sus padres costeasen los gastos que pudiera generar. Se trataba de un hombre distante e indiferente, que dejaba que Martín impusiera su voluntad. De hecho era tan abusivo con los muchachos del barrio, que ya le había puesto el apodo de Matón, una deformación de su nombre que le caía como anillo al dedo.

Para empeorar las cosas, en poco tiempo había hecho amistad con otros chiquillos: Gregorio de 14 y Gerónimo y Alex de 15 años. Los cuatro ya eran conocidos por todos los vecinos por sus constantes peleas y desmanes en la calle. Incluso su tío era testigo del mal comportamiento de su sobrino, pues muchas madres llegaban hasta su puerta a reclamar al señor por las golpizas tan brutales que Matón les propinaba a sus hijos; pero este solo se encogía de hombros, daba la media vuelta, se metía a su casa y cerraba la puerta.

Todos estaban hartos de su comportamiento delictivo, pues lo acusaban hasta de haberse metido a algunas casas a hurtar.

Sucedió que un día de tantos, unos de los chicos a quien Matón había golpeado junto con sus compinches Gregorio, Gerónimo y Alex hasta dejarlo inconsciente, cansado de ser tan abusado, decidió enfrentarse al bravucón del barrio y en una acción sorpresiva, se levantó como pudo y logró darle un puñetazo tan fuerte a Martín, que el cayó de rodillas mientras se llevaba las manos a la cara, con la sangre cayendo entre sus dedos.

Aprovechando la situación el jovencito emprendió la huida a toda velocidad, pero Martín pronto se recuperó y furioso decidió perseguir al chico para darle una lección, quien bastante asustado huyó por una calle vieja y solitaria. Al ver que sus perseguidores ya le daban alcance, logró alcanzar la puerta entreabierta de una casa vieja y polvorienta y refugiarse en ella. Martín y los otros se quedaron a unos metros por unos minutos, tiempo que para el pobre chico se hizo una eternidad.

Creyendo que quizás Martín y los otros se habían ido, se asomó por la puerta pero ellos estaban ahí. Presa del miedo, logró correr al interior de la casa, ingresando a un pasadizo. Al final de este se hallaba un patio y justo a la entrada, observó que había una señora sentada, cubierta con una gruesa manta de lana desde la cabeza hasta las rodillas. Parecía llevar por debajo un vestido que le cubría hasta los tobillos y en los pies calzaba unos botines grandes. Asoleándose se mecía apaciblemente mientras cantaba en quechua, por un momento se le quedó viendo, pero temiendo que Martín pudiera entrar y darle alcance, continuó su huida a pesar de que la señora ya se había percatado de su presencia. Aunque le llamó repetidas veces, el chico fue hacia el patio y desesperadamente logró escalar por la parte más baja de la pared, apoyándose en montón de ladrillos que había en el suelo y lanzándose a un descampado que había al otro lado, asegurando por fin su fuga.

Entre tanto, Martín y los otros chicos pensaban en que harían, después de unos minutos decidieron entrar al ver que su víctima no salía. Cuando estaban a un paso de entrar una voz les llamó la atención.

—¿Quiénes son ustedes? No pueden entrar —Era un anciano que vivía en la acera de en frente, unas puertas más abajo —. En esa casa vive una señora sola ¿para qué quieren entrar?

—Un amigo entro corriendo y queríamos ir a buscarlo – Contesto Gregorio para despistar al anciano que los veía con mucha curiosidad. – No vaya a ser que la señora se asuste.

—Esa señora vive sola desde hace años, tenía un hijo y un nieto, pero dicen que murieron en un accidente, la señora se enfermó de la tristeza — Continuó el anciano – .Dicen que era bien apegada a su nieto al punto en que este le prometió que volvería para vacaciones para visitarla, pero como murió, la señora sigue esperando, algunos dijeron que después de que se enfermó la llevaron al hospital y hay quienes rumoreaban que ahí había fallecido de pena, yo también pensé eso pero un día su puerta apareció abierta y desde el patio de su casa siempre se le escucha cantar, yo creo que se volvió loquita.

—¿Se murió? — Preguntó Martín de mala gana — ¿Pero cómo está cantando ahí dentro?

—Ya Martín déjalo ya – musitó Gregorio quien se había puesto nervioso por la historia, pues ya antes la había oído y su propia abuela decía que esa señora no era en realidad lo que parecía –—. Vámonos ya déjalo.

—¡Ya no seas marica! — Respondió Martín enojado por la actitud de su compañero —. Bueno si no quieres no entres, pero quédate aquí y si ese infeliz se nos zafa aquí lo agarras.

Antes de que Gregorio pudiera responder, Martín y los otros chicos entraron a pesar de los gritos del anciano que les exigió no lo hicieran. Una vez adentro, todos veían con sumo cuidado el interior del aquel cuartucho que era grande pero estaba todo sucio, polvoriento y emanaba un penetrante olor a humedad. Aunque había algunos lugares donde el pobre chico podría haberse escondido, después de un rato de buscar no vieron a nadie, por lo que Martín ingreso por el corredor por donde el chico había corrido y dirigiéndose al patio, pudo ver la parte baja del muro y el montículo de ladrillos esparcidos por el suelo, por lo que comprendió como pudo su presa huir. Totalmente enojado, Martín decidió irse del lugar, pero la anciana que se mecía lentamente en su mecedora, se percató de que había alguien en su casa.

—¿Quién anda ahí? — preguntó suavemente la anciana.

Martín, tan maquiavélico como era decidió hacerle una pesada broma a la anciana y fingiendo la voz empezó a imitar a un niño.

— Soy tu nieto abuelita – Mientras Gerónimo y Alex reían en silencio —. Ya vine.

— Mi flaquito — Contestó la anciana con tono emocionado — ¿Dónde has estado, porque no venias?, dime dónde has estado.

— Me morí abuelita — Respondió Martín sin dejar de fingir la voz.

— No digas esas cosas —Suplicó la anciana — más bien dale un abrazo a esta pobre vieja que por mucho tiempo te esperó.

Martín se acercó a Alex y empujándolo suavemente del brazo, le indicó que se acercara. Este obedeciendo, se acercó a la anciana que había estirado ambos brazos para recibirlo en un cálido abrazo.

— Ven flaquito, dame un abrazo — Suplicó la anciana que estiraba sus brazos hacia Alex.

Alex se acercaba pero repentinamente percibió un hedor que venía de la anciana, por lo que retrocedió unos pasos. De pronto la mujer estiró un brazo y tomándolo por la muñeca lo halo hacia ella. El chico entre enojado y asustado intentó zafarse pero por más esfuerzos que hacía, simplemente no lo conseguía. De pronto Martín noto un detalle que hizo que se pusiera pálido del susto: la mano de la anciana no era una mano normal, carecía de algún rastro de carne o piel, esa mano era la de un esqueleto. Pronto Alex también advirtió aquella huesuda mano y presa del terror quiso huir mientras hacia denodados esfuerzo por liberarse.

— ¡Ya suéltame vieja loca! — Chillaba Alex — ¡Yo no soy tu nieto!

Afuera de la casa, Gregorio y el anciano escuchaban el alboroto pero no podían comprender que sucedía y estaban indecisos si entrar o no.

— ¡Gerónimo, Martín ayúdenme! – Chillaba Gregorio presa del terror — ¡Auxilio!

Gerónimo desesperado trato de ayudar a su amigo y corriendo hacia la anciana, la derribó de una potente patada de su mecedora, pero esta se incorporó de inmediato y rodeando a Alex ente sus brazos esta lo abrazó tan fuerte como pudo.

— Hay flaquito, ¿Dónde has estado?

Alex lanzó un grito de terror por unos instantes, mientras trataba de despegarse de la anciana. Después de unos segundos, simplemente quedo en silencio, ya no luchaba más y ante la sorpresa de Gerónimo, cayó al suelo totalmente inerte mientras un sonoro suspiro se dejaba oír en su pecho y una nube vapor escapaba de su boca entreabierta. Los ojos abiertos se quedaban viendo vacíos al techo y su rostro había quedado tan blanco como la nieve. Martín al ver esto intentó huir de la casa pero antes de llegar a la puerta esta se cerró abruptamente. Gerónimo, quien comprendió el fatal destino de su compañero, trató de escapar pero rápidamente fue cogido por la anciana. Al igual que Alex fue atrapado en un abrazo fatal, pero poco antes de perder la vida, logró tomar la manta que cubría la cabeza de la anciana y tiró de ella tanto como su ultimas fuerzas se lo permitieron, entretanto Martín que luchaba por abrir la puerta, volteó justo en el momento en el que su otro amigo caía exánime al suelo.

— ¡Abre esta puerta maldito cobarde! — Vociferó Martín aterrado hacia Gregorio, que junto con el anciano trataba de derribar la puerta sin éxito alguno.

— ¡Qué está pasando ahí dentro! — Gritaba el anciano sin obtener respuesta.

Dentro de la casa el escenario era dantesco, Gregorio y Gerónimo yacían muertos en el suelo, mientras que Martín trataba de abrir la puerta. De pronto, al voltear para ver que la anciana no se le acercase, pudo mirarla sin la manta que le cubría la cabeza, era en verdad algo espeluznante, su cabeza era solo un cráneo con algunos mechones de pelo canoso pegados al hueso y la cuenca derecha aún conservaba un ojo que reseco se movía como viendo en todas direcciones. Fijándose en Martín se acercó a él, pero este en rápido movimiento, consiguió esquivarla y tomando una silla vieja que había allí descargo un potente golpe en el cuerpo de la anciana, lo que hizo que el espectro volara y se estrellara con fuerza contra el suelo.

La puerta que daba a la calle al fin logró abrirse y tanto Gregorio como el anciano consiguieron jalarla, hasta que la apertura fue lo suficientemente grande como para que una persona lograra salir. Sin embargo, cuando Martín trataba de escapar, el espectro logro asirse de su ropa, se arrastraba por el suelo debido a que había perdido ambas piernas por el golpe que había recibido y una vez más quería cobrar otra víctima. Por fortuna Gregorio, quien vio el rostro de la deforme anciana, haló a su amigo con todas sus fuerzas hasta sacarlo en tanto que el anciano, que también logró ver al espectro, tomó un pesado madero que había a un lado de la puerta y golpeándola con fuerza, fue capaz de meterla dentro de la casa y cerrar la puerta.

— ¡Flaquito, vuelve flaquito! — Gritaba el espectro dentro de la casa mientras golpeaba la puerta — ¡No te vayas flaquito!

Sin pensarlo dos veces, el anciano entró a su casa y un par de minutos después, volvió con dos bombas molotov en la mano. Abriendo la puerta las lanzó al interior, una de ellas cayó en el cuerpo del espectro, que a esas alturas ya había logrado rearmar su esquelético cuerpo por lo que empezó a arder.

— ¡Flaquito, mi Flaquito, no me dejes! — Gritaba el fantasma, ahora con más fuerza y un tono que para nada podía ser humano.

Todos los vecinos salieron a ver lo que sucedía y después de lo que Gregorio y el anciano les narraron, quedaron espantados. Algunas señoras se persignaban cada vez que el fantasma lanzaba gritos desde el interior de la vivienda, y de esa forma continuó aun cuando esta quedo reducida a cenizas y los bomberos entraron a extinguir las ultimas llamas.

En efecto, solo encontraron los cuerpos de los dos chicos muertos. Según la necropsia realizada posteriormente, la causa de muerte fue un paro cardiaco fulminante, producido por alguna situación de estrés emocional extremo. En cuanto a Martín, el afirmaba que la esquelética anciana se aparecía en su ventana todas las noches y le llamaba pidiéndole un abrazo, contaba y recontaba su historia a todo el mundo con lujo de detalles y en ocasiones se reía de la nada, llegando al punto de mojar sus pantalones.

Eventualmente se volvió loco y tuvo que ser internado en una institución psiquiátrica de Lima, donde hasta ahora teme recibir el ultimo abrazo de una espectral abuela que quizás, en algún lugar, continua aguardando a su nieto no vivo, que jamás llegará. Y mientras tanto buscará el abrazo de otros jóvenes a quienes pueda atraer a sus fríos brazos, los brazos de la muerte.

Enviado por: Joseph Llanovarced Torres (fan del blog)

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