El caso de Duhart McTwain (Segunda y última parte/Día de ejecución)

Publicado por Kreo

No los aburriré con los tediosos procedimientos judiciales, desgastantes audiencias y exhaustivas jornadas en las que el juez Thompson tumbaba todas mis defensas. Me aferré a un estado de salud mental inestable de mi cliente para salvarlo de un letal final, al final y en fecha veintidós de septiembre del presente año, fue sentenciado a la silla eléctrica por el asesinato de Victor Welber. En la noche del dos de Octubre estaba todo listo para el proceso de ejecución.

El despacho estaba muy decepcionado de la resolución, pues sentían que mi actuación había sido de lo más acertada. Phillip Dukarkis también me respaldó y estuvo conmigo el día de la ejecución.  Duhart McTwain estaba demasiado tranquilo esa noche, incluso parecía conforme con el dictamen judicial. Su última cena fue de lo más convencional: pollo, puré de papa y malta. No tuve palabras para con él; estaba satisfecho, era como si la muerte fuera lo que él hubiera estado esperando. Caminó la milla verde con la cabeza muy en alto, ajeno a su miserable destino, lo vi avanzar con pasos cortos y con la dificultad de su cojera, aunado a los grilletes que acortaban más sus pasos.

Los guardias me pidieron que me adelantara y buscara asiento en la sala, pues no encontraban apropiado que entrara con el condenado. Adelanté mis pasos y pronto me acomodé en una de las incomodas sillas dentro de la sala de ejecución, opté por sentarme en la última línea, sentía profunda vergüenza para ver de cerca cómo se freía Duhart; pronto Phillip se acomodó a mi lado. En primera fila había una señora de edad y con notable sobrepeso que asumí era la madre de Victor. Todos entraban por una puerta distinta a la que utilizaría el sentenciado e iban tomando lugar, el alcalde fue el último en llegar. Mientras esperábamos por McTwain, observaba hacia un pequeño cuadro que daba asomo al exterior, era un tragaluz que dejaba entrar la funebridad de la noche. Dukarkis tomó mi hombro y dijo unas palabras que recuerdo muy bien, pues aun retumban en las paredes craneales de mi mente, “Es la noche perfecta para que salga el demonio”. No hice replica a su comentario y estoy seguro el tampoco esperaba mi respuesta, solo se reacomodó en su asiento mientras resoplaba lentamente. Fueron minutos largos antes de que entrara el condenado.

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Finalmente hacía su aparición Duhart, escuchaba el arrastrar de sus pies con mucho desagrado; su mirada estaba clavada en el suelo, detrás de él, entró el sacerdote local. Todos se pusieron de pie siendo sentados inmediatamente por el clérigo a una señal tímida con las manos. Después de unas palabras del alcalde para con los presentes, se procedió al penoso acto de ejecución. Se le rasuró la coronilla frente a todos nosotros, así como también se le remojó un poco la mollera. El guardia que lo peló lo tomaba del brazo para sentarlo en la incómoda silla eléctrica. Otro guardia, más fornido que el anterior, apretaba brazos y piernas de condenado. El comisionado local del condado atravesó la sala, parándose justo enfrente de la palanca que daría muerte a McTwain. El mismo oficial fornido cubría la cabeza y rostro del sentenciado con una bolsa de tela negra, observaba como su respiración se agitaba al contraerse los tejidos de la bolsa con su boca. Enseguida colocó la base sobre la cabeza, la cual daría la descarga que pondría fin a su vida.

Phillips Dukarkis parecía exaltado, respiraba con mucha excitación. Reparé en su comportamiento y le pregunté si se encontraba bien.

-“La noche es perfecta y hermosa, y que decir de la luna. Solo en Octubre el diablo se manifiesta de maneras que usted no creería abogado. Mire por el tragaluz, y dígame que ve.”

Era una luna hermosa y enorme, su color plata parecía iluminar el cuarto de ejecución. Me distrajo su majestuosidad, era hipnótica y enfermiza. Estoy seguro que de mirarla por más tiempo me hubiera desquiciado. Reaccioné cuando escuché el primer golpe eléctrico de 2450 Voltios a Duhart; este empezaba a contorsionarse ligeramente. La audiencia exclamó un grito ahogado ante el impacto de ver a un hombre morir frente sus ojos. Pero pronto, los murmullos empezaron a crecer. Crecían como un sonido penetrante en los oídos que solo te obliga, como reacción natural a taparlos con las palmas de tus manos, algunos gritos empezaban a sobresalir y a encontrar replica. Pronto otra descarga más potente se dejaba escuchar; un atronador sonido de más voltajes inferidos para el cráneo de McTwain se escuchaba con amarga angustia. La gente se levantaba de sus asientos buscando la salida.

El comisionado no esperó a la señal del alcalde para el siguiente golpe de mayor voltaje. Jaló hacía abajo las palancas de 480 voltios. El olor a carne quemada llenaba las fosas nasales de los presentes, el alboroto por abandonar el lugar hacía a muchas personas caer al piso y ser aplastados por los más desesperados. Yo me levanté de mi asiento y voltee por un breve instante solo para advertir lo que hacía Dukarkis, éste parecía disfrutar del espectáculo, sonreía mostrando esos enormes dientes amarillentos. La sala era una locura y un gruñido proveniente de la parte trasera de la sala, hacia a la concurrencia gritar atormentadamente.

El cuerpo de Mctwain se convulsionaba mientras que los policías que le ataron a la silla, llenaban su cuerpo de balas. El sonido de las detonaciones hizo que la mayoría de los presentes se tiraran al suelo. Obviamente seguí el patrón de supervivencia natural, ya en el piso pude ver como el saco que cubría el rostro del condenado, se envolvía con pequeñas lenguas de fuego; un policía de aspecto asiático corría con un extintor en mano y rociaba la cabeza del cadáver, al mismo tiempo que el sacerdote llamaba a todos a volver a la calma. Una misión casi imposible ante la terrorífica postal que se desarrollaba, solo el tono dulce y pacifico del clérigo parecía devolver todo a la cordura.

Sollozos y comentarios se elevaban con fuerza una vez más, me levanté del suelo sin despegar la mirada del cadáver de McTwain, no deseaba verlo pero tampoco pude alejarme visualmente de él. Me acerqué con mucho temor hacia la silla eléctrica que sostenía al ya inerte cuerpo. Humo espeso y ensortijado salía de la negra máscara de Duhart McTwain. Hubo un punto en el que no pude acercarme más. El miedo me paralizó, talvez e inevitablemente esperando que el cadáver hiciera un movimiento brusco y me diera un susto de infarto, nunca sucedió gracias a Dios. Pero lo que si pude apreciar y a continuación narro con horror, fue el aspecto amorfo de sus manos. Por un momento dejaron de ser humanas, eran alargadas garras con grueso vello, sus dedos tenían un aspecto esquelético y retorcido, sus uñas también habían crecido bastante y lucían como una deforme pata de bestia, pero pronto y creo haber sido el único testigo de tan imposible visión, puede ver cómo retomaban su forma humana, pensé que era una alucinación o que mi mente había dejado de mantenerme sensato.

Sentí un miedo devorador que reptaba por mi espina dorsal, un impulso morboso y maldito deseaba levantar la ya chamuscada mascara, pero me contuve y agradezco al cielo y a todos sus santos mi atinada cobardía, pues supe que de haberlo hecho así, no hubiera recuperado jamás el juicio y el descanso. Rápidamente servicios forenses entró a la habitación y cargaron sin cuidado el cadáver de Duhart, fue puesto en una camilla blanca que se tiñó de sangre obscura y se le retiró, todo esto sucedió en cuestión de segundos, los viejos procedimientos se vieron mutilados debido a lo inusual de los eventos.

Con la mirada busqué una vez más a Phillips, no lo encontré y jamás supe del tipo otra vez.

Semanas después, leí en un reporte forense  que la tela obscura de la máscara se pegó al rostro de Duhart McTwain y jamás pudo ser retirada. Creo que de todas formas nadie quería saber que había debajo de esa bolsa. Imaginármelo me produce incontables pesadillas que me roban el sosiego, como esta noche precisamente. Los recuerdos de ese día y del caso en sí, han afectado mi estado emocional. Jamás escuché esos aullidos que comentaron en sus maravillosas historias Dukarkis y McTwain, pero a veces por las noches despierto exaltado debido al sonido de un alarido estremecedor perteneciente una jauría de fieros lobos. Y esta noche no creo estar dormido, porque se distinguir perfectamente la realidad de los sueños.

No estoy loco, además, escribo esta carta para corroborar mi dicho, para leerlo cuando mis sentidos estén asentados o para que simplemente alguien más la encuentre y sepa que hacer en el siguiente supuesto. Escribo estas últimas líneas con el sonido abrumador de un aullido que rompe la noche, escucho como los cristales de la casa de campo vibran por la potencia del estruendo. Algo es seguro, no hay lobos en las afueras de la capital, y de haberlos, no suena a nada de lo que yo hubiera conocido antes.

Pronto tendré que resguardarme y buscar muérgano o algo de plata en esta casa, si mañana mi cuerpo no es encontrado en esta propiedad, significa que fui llevado por la bestia que mora en las noches de octubre, busquen mi cadáver si es que de él algo queda y denle cristiana sepultura, pero si de lo contrario, me encuentran aún con vida; no duden ni un solo instante en matarme con balas de plata, o cualquier articulo creado con dicho material. Sé que a esta creatura le sería imposible soportarlo. Ruego tengan en mente que no matarían a un ser humano, ni tampoco violarían un mandato divino. Matarían al diablo, tal y como lo entendió Duhart McTwain.

 

 

 

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