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El columpio del diablo

María y Viviana regresaban a sus casas, tras asistir a una fiesta que se terminó a altas horas de la noche. Desafortunadamente el coche se les había descompuesto a mitad del camino, por lo que les tocaba caminar si no querían meterse en más problemas. Ya era bastante malo que hubieran asistido sin el permiso de sus padres.

—¡A ver si no nos pasa nada por andar aquí solas!

—¿Cómo crees? Si por aquí nunca pasa nadie.

—Eso es lo que me preocupa, ¿qué no sabes las cosas que se dicen de este lugar?

Viviana se estremeció al escuchar a su amiga. Por supuesto que sabía lo que decían los pobladores de Tecozautla, el municipio en el que vivían. La zona por la que atravesaban se encontraba muy cerca de la carretera y era temido por todos, debido a los fenómenos extraños que ocurrían allí. Siempre se escuchaba todo tipo de ruidos insólitos y escalofriantes.

—No te preocupes, eso no son más que rumores. Enseguida llegamos —repuso, tratando de convencerse a sí misma de que tenía razón.

No tardaron en llegar ante un par de colinas, entre las cuales, un desvencijado columpio colgaba de un árbol. Y había alguien meciéndose en él.

Las muchachas se quedaron pálidas al verlo.

Se trataba de un hombre sumamente delgado, con la piel inusualmente pálida y una expresión indiferente en el rostro. Tenía los ojos muy abiertos y se mecía de manera mecánica. María aferró el brazo de Viviana, asustada.

De pronto, una sonrisa se dibujó en el rostro del desconocido, mostrando todos sus dientes. Una sonrisa que les heló la sangre.

El columpió aumentó su velocidad de una manera frenética, a pesar de ahora, el extraño apenas se movía. Una risa histérica y horrorosa brotó de él, pero su cara se había congelado con aquella maldita sonrisa. Fue entonces cuando una sombra siniestra surgió a sus espaldas, envolviéndolo con sus brazos y haciendo que se convirtiera en una bola de fuego.

Luego, ambos se consumieron por completo hasta quedar reducidos a cenizas. No quedaba más que el eco de aquella risa horripilante.

Las chicas gritaron aterrorizadas y atravesaron las colinas corriendo, sin atreverse a mirar atrás. Las hallaron a la mañana siguiente, deambulando por el camino y balbuceando incoherencias. De inmediato fueron llevadas con sus familias, quienes se impresionaron al verlas en semejante estado de shock.
Una de sus madres sugirió que las llevaran ante el cura del pueblo, quien después de mirarlas un rato, consiguió sacarles lo que habían visto la noche anterior.

Eso lo alarmó demasiado.

—No debieron caminar por ese lugar, se sabe que está maldito desde hace años. El mal ronda allí —dijo el cura de forma sombría—, dicen que el mismo diablo mandó poner ese columpio para tentar a las malas personas. El hombre que vieron anoche, seguramente tenía tratos con él. Y ahora su alma debe estar sufriendo con todos los condenados de los infiernos.

Asustadas, Viviana y María hicieron caso al padre cuando las mandó a decir unas cuantas oraciones. Y también prometieron que nunca más volverían al mismo sitio. Con el tiempo, les contaban la experiencia a sus hijos y nietos, para prevenirlos en caso de que fueran tan rebeldes como ellas.

Desde entonces, el columpio aquel es conocido como «el columpio del diablo» y dicen que el maligno sigue rondando por ahí.

Esta leyenda proviene de Tecozautla, un poblado dentro del estado mexicano de Hidalgo, y muy cercano al estado de Quéretaro en el que dicen que se puede ver el mencionado columpio. Aunque como es de esperarse, no muchos se atreven a acercarse a él.

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Erika GC

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