Cuentos de Terror de Estados Unidos

El elfo siniestro

En mi vida me han pasado pocas cosas que puedan considerarse aterradoras, probablemente la más espeluznante fue cuando mi hermano, jugando, arrojó un cuchillo para untar mantequilla. Sin embargo, hace poco recordé una de las anécdotas más inexplicables y lúgubres que han tenido lugar en mi vida. Lo que voy a contar sucedió cuando yo tenía cinco años, sin embargo, permanece en mi memoria como si hubiera ocurrido ayer. Llámame mentiroso pero esta historia es completamente cierta. Si aún crees en Santa Claus, probablemente no deberías leer esto.

No digas que no te lo advertí.

Cuando era pequeño, cerca de Navidad, mis abuelos me estaban cuidando. Yo empecé a hablarles sobre los elfos y sobre cómo los niños de mi clase no creían que existieran, así que deseaba tomar una foto de uno para tener evidencia y mostrarles.

Mi abuela dijo que a veces los elfos visitaban a los niños, así que quizás podría mirar en nuestro patio trasero, a través de la puerta de vidrio corrediza, y encontrar alguno. Presioné mi cara contra el cristal y busqué a los elfos, notando de pronto una pequeña mancha de color rojo junto a las puertas, borrosa. Me emocioné y me dije que tratarse de un elfo. Mi abuela, asumiendo que solo estaba usando mi imaginación, dijo que era genial y que debía seguir buscando.

Continué con la búsqueda y vi que la mancha roja estaba más cerca, de pie justo al lado a nuestro columpio. Esta vez pude distinguir lo que era. Una figura pequeña que usaba un traje rojo y un sombrero. Era calvo, aparentemente, y sus ojos eran rasgados y maliciosos. Era además muy bajo, tanto que podría haber pasado por un hombre con discapacidad física; así que supuse que era un elfo y me emocioné como loco. Pareció aproximarse un poco más y en ese momento fui consciente que esto estaba en mi patio trasero, no detrás de la cerca o algo así.

Llamé a mi abuela y señalé la figura. Recuerdo que su rostro se contorsionó en una mueca de horror al mirar a la criatura, como si no pudiera creer lo que tenía enfrente y , al mismo tiempo, hubiera visto un fantasma. Rápidamente me apartó de las cortinas.

—Eso está bien, querida, pero a los elfos no les gusta ver niños, porque los niños no pueden ver a Papá Noel y a sus ayudantes —me explicó, cerrando las cortinas y asegurándose de que la puerta estuviera bien atrancada.

A pesar de todo, corrí de vuelta a la puerta de cristal y miré de nuevo. El hombrecito se había ido. Lo vi moviéndose detrás de la cerca que separaba nuestro patio del de los vecinos. Me entristeció verlo marcharse, pero mi abuela parecía aliviada. Ella no llamó a la policía, así que no creo que haya sido atrapado. Hoy me he puesto a pensar en lo que hubiera pasado si no le hubiera dicho a mi abuela que él estaba allí, y en porque ella estaba tan aterrorizada.

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Erika GC

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