Cuentos de Terror de Colombia

El Fantasma del Colegio Adveniat

¿Tenía historias de fantasmas el colegio donde estudiabas? Yo, que fui profesor y pasé por muchos, puedo dar fe que cada colegio tiene su espanto propio en los baños, en un laboratorio o en una poco concurrida bodega. Puede ser que a los chicos, por el simple hecho de serlo, les vuele la imaginación y no pase de ahí el encantador fenómeno. Pero, por fortuna desconozco la respuesta y voy a contarles esto que nos ocurrió a unos amigos y a mí, para esta fecha (agosto de 2020) hace unos 23 años.

La historia empieza sin ninguno de mis cofrades ni yo mismo, unos años antes de nuestra propia inmersión en ella. Nos hizo cuenta de los hechos la señora Claudia, jefa del personal de servicios del colegio. Una profesora habría salido corriendo, atravesando todo el vasto colegio, rellenando cada rincón con sus gritos de terror, para salir de él y no volver jamás. Ese hecho habría de ser la ópera prima del fantasma del Colegio Parroquial Adveniat.

Al poco, se tejió lo que luego llegó a consagrarse como versión oficial de lo sucedido: Un chico de primaria había muerto en un accidente en la calle, uno que involucraba un vehículo de transporte público y que tuvo lugar muy cerca al colegio. Aparentemente, una maestra estuvo muy conmocionada, por lo que, sin poder sobrellevar el dolor de otra forma, colocó una fotografía del niño en una de las oficinas, como lo harían en cualquier casa de familia con un ser amado que perdiesen.

Al pasar el tiempo, esta maestra terminó sus labores contratadas y se marchó, pero dejó allí la fotografía del niño, que permaneció en la soledad y frialdad de la oficina durante los meses de vacaciones y la llegada del año nuevo y estuvo también para recibir a la nueva profesora, quien, ajena de sentimiento a lo ocurrido, no dio valor alguno, ni sentido quizá; a la presencia de la foto de un estudiante muerto en aquella oficina, por lo que la desechó.

El modo de hacerlo, dicen, pudo no ser el más respetuoso. Nos contó la señora Claudia que la profesora solía burlarse de la colega a la que sucedía, ya que le parecía ridículo que esta tuviera un altar a un muerto en un lugar de trabajo. Quizá le parecía excesivo su comportamiento, al no ser la madre del difunto ni pariente de forma alguna. Se burlaba de ello cuando tocaba el tema con otros. Pasadas apenas unas semanas y ni habiendo iniciado con fuerza las actividades del calendario, ocurrió lo de su huida despavorida. Solo ella ha de saber qué ocurrió, pero lo que se teje va directo al niño de la fotografía y a las burlas de ella.

Desde ese extraño incidente, nació la leyenda del fantasma de la oficina de comunicaciones. Al cabo de, quizá un año y que ocurrieran más cosas que se convirtieron en leyendas, llegamos mis amigos y yo a trabajar justamente en esa oficina, sin saber nada aún, pero destinados a comprobar en nuestra propia y enchinada carne, que allí habitaba el fantasma de un niño.

1997. El Padre Valenciano estaba furioso por un robo del que había sido víctima la oficina de comunicaciones y cuya autoría, a toda luces, la tenían ciertos estudiantes del colegio.

Tuvieron el destructivo ingenio de meter varios de los equipos de la emisora de radio en una caneca y camuflarlos entre basura, para entonces salir, engañando a la ingenua portera, diciéndole que habían sido mandados a deshacerse del desperdicio. Los ladrones aprovecharon la rara arquitectura del edificio, ya que entraron legalmente por un lado y salieron con el motín por otro, ayudados por una simple mentira. La tuvieron servida todo el tiempo: El edificio donde estaba la oficina de comunicaciones, era uno que tenía no más de diez años y que habían levantado como extensión al edifico viejo, con muchas décadas de servicio.

Para conservar la independencia de cada edificio, cada uno seguía teniendo su propia escalera y salida, pero por dentro podía pasarse de uno a otro sin problema, a través de puertas instaladas en cada piso. En el piso seis, las oficinas de comunicaciones eran la parte del edifico nuevo que, se conectaban mediante una puerta grande y roja con el laboratorio de bioquímica, parte del edificio viejo. Desde el día del robo, esa y las puertas homólogas de los demás pisos permanecían cerradas con llave y los estudiantes perdieron el privilegio de pasearse con libertad entre los edificios.

—¡Esa puerta roja debe permanecer cerrada. Si hay otra pérdida, ustedes responden! —nos tronó el rector Valenciano, como bienvenida.
De esa forma, nos acostumbramos rapidito a cargar las llaves y abrir para pasar de un lado a otro y volver a cerrar con llave. Teníamos el privilegio de pasar de un lado a otro solo porque nuestro material de trabajo se guardaba en la oficina de comunicaciones pero le dábamos uso siempre del otro lado, en el edificio viejo.

—Aquí no pueden entrar estudiantes ¡bajo ninguna circunstancia! Así estén que se les revientan lo riñones y tumben la puerta a golpes, no los dejen pasar a usar el baño. ¡Que bajen hasta el colegio!

La determinación del rector era de hierro. Ya tendríamos oportunidad de comprobar que los estudiantes que estuvieran en clase en el laboratorio de bioquímica, estarían casi permanentemente ávidos de usar nuestro baño. Dicho sea de una vez, que en ese laboratorio había estanterías con frascos llenos de formol y animales flotando en él. Había también un feto y también un esqueleto humano colgando en una esquina.

Javier, John y yo, teníamos la responsabilidad de transmitir los eventos de la semana santa, celebrados en la parroquia, por la televisión comunal. Para preparar la logística, el rector no tuvo más remedio que permitirnos el paso libre por la totalidad de ambos edificios y así poder pasar cables y hacer pruebas. Y fue justamente durante dicha tarea que ocurrió lo primero:

—¿Ya casi? —le pregunté a John a través del radio-teléfono.

—’perate men, que apenas voy llegando a casa cural.

Yo estaba en el piso seis del edificio nuevo. Como eran las siete de la noche de un sábado, el previo al domingo de ramos, ¡no había absolutamente nadie más allí! En el primer piso del edificio viejo, estaba él, también solo, en medio de la inmensidad y la penumbra, rumbo al templo. Acababa de decir que iba llegando a casa cural, lo cual significaba que estaba por
pasar por los osarios.

—Uy parce, aquí hace un frío hediondo —me comentó.

—¿Ya está en los osarios?

—Sipi, saliendo…

Si había cruzado ya, tenía que estar en el templo. John había perdido la apuesta con que decidimos quién llevaría la cámara al templo. El carisellazo me favoreció a mí, para quedarme en la oficina y hacer de ‘máster’. Javier, que se ufanaba de ser el más racional, no estaba esa noche y entre John y yo, ninguno quería ser el infortunado que fuera solo a esa fantasmagórica travesía por parte del colegio desolado y oscuro, que tenía en especial tres pasajes muy tenebrosos: el área de preescolar, que era la parte más vieja de todo el colegio y tenía un tablado rechinante y marionetas colgadas en las paredes, que a media luz lucían escalofriantes.

Otra, el jardín de la casa cural, que tenía plantas descoloridas en materas que parecían sacadas de una novela de Stephen King. Y la otra, los osarios:

Un pasaje obligatorio para llegar al templo desde dentro, donde cada vez que se atravesaba, parecía costar un poco de energía vital, por el frío estremecedor y el olor a piedra y formol.

—Listo ¿se ve? ¿se oye? Voy a hablarle por el micrófono de la cámara ¿vale? Y me dice si se oye

John estuvo hablando durante toda su valiente travesía, obviamente para distraer el miedo.

—Lo veo y lo oigo pero el video tiene un tris de lluvia.

—Vale, voy a moverle la maricadita esa al canal y me las canta cuando se vea bien ¿sí?

—Dele.

“Juan…”

—¿Cómo se ve…? ¿nada que se arregla..?

“Juan…”

—Juancho ¿qué pasó? ¿ya se ve bien o qué?

A ver ¿cómo les explico? Cuando algo paranormal ocurre pero todavía no sabes que es algo ‘paranormal’, pues no sientes miedo sino duda. Esa voz que me llamaba “Juan…” venía desde ahí, desde el estudio al lado de la oficina de comunicaciones, pero mi primera reacción no fue asustarme sino preguntarme ingenuamente, dentro de mi cabeza “¿Quién será?” así que, mientras John perdía la paciencia esperando mi respuesta, yo solo estaba viendo al apenas iluminado vacío del salón que algún día sería estudio de televisión, con las cejas apiñadas en el centro. “¿Quién vino?” me pregunté.

Con la respuesta a esa cuestión, sobrevino de golpe el miedo: “pero si no hay nadie… no puede haber nadie…”

“Juan…”

—¡Jueputa, Juancho, conteste!

Su elevado tono me llevó de vuelta a la realidad y vi el monitor.

—Se ve bien, bien —mascullé.

—¿Cómo?

Obviamente yo no había hablado claro. Aclaré la garganta y repetí el mensaje.

Les conté pero no me creyeron. De hecho, John pensó que trataba de jugarle una broma pesada, que quería asustarlo sabiendo que para él era toda una proeza bajar solo al templo con el colegio vacío y oscuro.

La transmisión de la misa del domingo de ramos se hizo sin percances, con varios estudiantes de bachillerato enviados a ayudarnos tanto arriba como abajo. Pero, habíamos decidido que jugaríamos a los cazafantasmas alguno de los siguientes tres días, antes de la siguiente transmisión. Así es que, efectivamente, con el achaque de revisar las instalaciones, obtuvimos el permiso para quedarnos el martes y esto fue lo que ocurrió:

Los tres cofrades adolescentes bajamos las escaleras, muy valentones e inflando pecho. Eran quizá las once de la noche, un poco pasadas, pues queríamos que nos diera la medianoche en pleno centro del colegio.

Grabamos todo en formato VHS. Nuestro espíritu aventurero fue incontenible al principio, luego fue domándose por el frío de la noche capitalina y después de cuarenta minutos, lo único que quedaba eran unas pujantes ganas de irse a dormir, además de un sentimiento de idiotez que nos avergonzaba aunque no queríamos hablar de ello. No había pasado nada en absoluto. Nada qué hacer, volver al otro edificio y tratar de dormir en el cuarto de pregrabados, que por su aislante sonoro, era el más abrigado.

Pero, justo cuando íbamos por el viejo salón de danzas y entrando al tétrico preescolar, escuchamos como si una feria hubiese empezado de la nada. A ninguno le causó sorpresa, pues justo en frente estaba el parque del barrio y ahí celebraban con mucha frecuencia toda clase de eventos. Seguimos andando y entramos a preescolar. El aroma a galletas y jugo embotellado ya estaba acariciando mi nariz. No obstante, algo empezó a oler mal. Me detuve.

—¿Qué pasa, Juanchito? —me preguntó Javier.

Pero no sabía qué contestarle, apenas mi cerebro estaba procesando aquello que no encajaba. Momentos después, lo deduje: el ruido de lo que nos había parecido una repentina feria de barriada, todavía debería sentirse muy fuerte ahí en preescolar, pero, al contrario, ya se había ahogado. Di varios pasos de vuelta y una vez en el viejo salón de danzas, otra vez, evalué el sonido y deduje instantáneamente que el ruido no provenía del parque. Caminé hasta la ventana y me asomé hacia el parque:

Vacío como cementerio. Entonces el resto de cables en mi cabeza se conectaron. ¿Una feria, a media noche, en martes santo? Obvio no…

Entonces, esa bulla que parecía de alguien hablando con micrófono y altavoces ¿qué era? No se entendía lo que decía, pero tenía eco y podía deducirse que tenía muy buen volumen.

—Ustedes escuchan ¿si o no? —les pregunté.

John, que era el más miedoso, ante la sola pregunta se inquietó.

—Subamos ¡subamos parce! —solicitó.

—No entiendo ¿qué pasa? —preguntó Javier.

—Marica, ese ruido ¿de dónde es? —pregunté yo.

—No importa, subamos —volvió a solicitar John.

Como en preescolar ya no se oía y al volver al salón de danzas se oía otra vez, deduje que regresando aún más hacia el centro del colegio, se oiría más y eventualmente descubriríamos el origen de la bulla. Caminamos de vuelta y Javier prendió la cámara y se la hechó al hombro. Al traspasar los baños de danzas y asomarnos al fin al edificio de aulas, el ruido resultó aún más fuerte y molesto. Ya no parecía una persona hablando sino varias.

Y lo que de momento me sacó más temblor de panza: Un brillo azulado vibraba en el aire, iluminando con timidez los pasillos que hacía rato dejáramos en tinieblas y silencio. Tres o cuatro pasos más y supimos lo que era, no sin el típico jalonazo que pega la tripa hacia abajo, como cuando es hora de hacer ‘del dos’. Todos los televisores de los salones estaban encendidos, en canales diferentes y a buen volumen. 18 en total. Tuvimos que apagarlos, haciendo un recorrido obligado que no estaba dentro de los planes. Tres pisos. Los televisores que solo tenían perturbadora estática fueron los más duros de apagar. La verdad no daban ganas de acercárseles.

Ya sin decir una palabra y cómplices en el sentimiento silencioso de arrepentimiento de haber jugado a los cazafantasmas, emprendimos el camino de vuelta. Pasamos los baños, el salón de danzas y luego preescolar, con su piso que chirreaba y sus marionetas que nos miraban acusándonos.

Al fin estuvimos en la escalera que nos llevaría a nuestro piso seis: casita. Pero, de un piso más abajo de donde estábamos, por donde se salía al jardín de la casa cural, algo emergió. Algo emergió de entre esa inexpugnable olla de oscuridad y se nos acercó.

Como subimos corriendo a una velocidad que de recordarla ahora que presiono las teclas a mis casi cuarenta años, me hace extrañar mi juventud; no vimos mucho de qué era ese ‘algo’. Pero John y yo concordamos, cuando estuvimos arriba en el estudio, en que vimos lo que parecía un par de pies blancos transparentosos subiendo los escalones justo detrás de nosotros. Javier no decía nada, lo que me hizo pensar que él tenía la idea de que a nosotros, el miedo nos estaba haciendo ver cosas.

Noche del miércoles santo. Lo que tuvimos por pretexto antes, ahora era real. Teníamos que verificar conexiones y cableado. Para fortuna de John, esa vez iría al templo con Javier, que por amplio margen era el menos miedoso y el más incrédulo.

—Juanchito, si lo empiezan a llamar, no sea bobo y ¡pídale el teléfono! —se burló Javier, a través del radio-teléfono.

John se carcajeó, pues en compañía, disfrutaba el sentirse valentón. Yo trataba de prestar la menor atención a sus burlas.

—¿Dónde van? —pregunté.

—Por la casa cural, viejo Juancho.

Encendí el monitor y deslicé la cuchilla de la consola de audio para verificar, cuando ellos conectaran la cámara, que todo llegara bien. Troné los dedos y…

“Cloc…”

Como la primera vez, solo fruncí el ceño.

—¿Ya llegaron?

—Tenga paciencia viejo Juancho, apenas vamos por el jardín.

“Cloc…”.

—¿Qué mierdas? Pónganse serios, par de hijueputas —reclamé.

—¿Qué pasa viejo Juancho?

—No, nada, háganse los maricas.

“Cloc…”

Entonces identifiqué el sonido. Provenía del pomo de la puerta de la emisora, como si alguien intentara abrir pero la fuerza no le alcanzara para girar la perilla y abrir.

“Cloc… Juan…”. Me congelé.

—Vamos por los osaaarios Juaaaaancho… —dijo Javier, haciendo voz de ‘fantasma’.

—Sí, bonitos osarios, bobos malparidos —dije sin presionar el botón.

Me puse de pie, convencido, o más bien, esforzándome por convencerme que ellos estaban ocultos en la emisora, conteniendo la risa y esperando a gozar burlándose de mí. Atravesé el estudio y me paré en el extremo del pasillo mediocremente iluminado con luz incandescente amarilla, en cuya izquierda estaban las puertas del baño, la oficina y el cuarto de pregrabados.

A la derecha estaba la puerta roja que nos obligaban a dejar cerrada con llave, que conducía al laboratorio de bioquímica. Y al fondo, la puerta de las escaleras por donde habían sacado los equipos robados y la de la emisora, cuyo pomo estaba haciendo ruidos. Para mi sorpresa, el letrerito rojo de ‘Al Aire’ estaba encendido. Rogaba porque fueran ellos mamando gallo, aunque eso me molestaría al punto de dejar de hablarles. Pero… y ¿si no?

Tuve el impulso de preguntarles si habían llegado pero, cuando presioné el botón, me di cuenta que la voz no iba a salirme y que tenía miedo. O sea que, una enorme parte de mí, sabía que no eran John y Javier jugándome una macabra broma.

“Cloc…”.

Pasé saliva ruidosamente. Caminé por el pasillo. Primero un paso, luego otro y luego otro más. ¡Qué valiente! Pero mi valentía se convirtió rápidamente en ganas de defecar, cuando ocurrió lo mismo que hacía casi veinticuatro horas en el edifico viejo: bulla. Los bajos retumbaban en el pasillo y llegaban a mis oídos como caricias de un muerto. Algo estridente sonó detrás mío, como un grito del más allá:

—Listo, Juanchito vamos a prender la cámara… ¿viejo Juancho?

Volteé a ver hacia el estudio y vi a Javier a través del monitor, en el templo, haciéndole morisquetas a la cámara que obviamente llevaba John al hombro. Exhalé hasta la última gota de aire y volví a poner mis ojos en ese ‘Al Aire’.

—¿Viejo Juancho?

Con las piernas hechas mantequilla, anduve hasta completar el pasillo. Abrí la puerta de la emisora y el ruido salió como una fiera. Sin mayor esfuerzo, porque era una habitación pequeña, inspeccioné el oscuro interior de la emisora. Lo único que vi, ahí brillando en la oscuridad, me hizo descuajar las tripas. Parecían los amarillos ojos del diablo mirándome, como si este estuviera viéndome desde antes, atravesando la madera de la puerta con sus ojos de fuego. Pero solo era el display digital del equipo de sonido.

—Viejo Juancho, póngase serio brother, conteste.

Tuve el impulso de entrar y apagar el equipo, pero me detuvo la idea paranoica de que si entraba, la puerta se cerraría sola y me quedaría allí. Así que fui hasta la oficina y arrastré una silla para ponerla bajo el umbral de la puerta de la emisora. Entonces entré y apagué el equipo de sonido.

—Juanchiiiitoooo…

Carraspeé con la intención de evaluar si ya tenía voz para responder. Pero sonó por última vez aquél siniestro y apenas audible “Juan…”, seguido del estruendo de las butacas de madera del laboratorio, como si alguien corriera entre ellas sin importarle desordenarlas y ni siquiera tirar algunas.

—Chinos, me están asustando —dije, con un hilo de voz.

Unos meses más tarde, ya recuperado del susto y hasta habiéndolo vuelto una exitosa leyenda escolar, estábamos de vuelta en la rutina. Sábado, hacia las dos de la tarde. Nadie en el edifico excepto John y yo. Hacíamos edición a videos de bautizos y bodas, con los que ganábamos algún centavo.

—No… parce, alcanza a salir cuando la cámara salta, toca que lo suelte un poquito después —aconsejé.

—Pero se corta el audio de lo que dicen. Pille: no quedaría diciendo “felicidades” sino “licidades”. Para no volver a editar todo, toca meter el audio en off y poner… ¿qué ponemos?

—Un flash o algo

—No… ¡una negrilla! Antes queda con suspenso…

—Uy sí ¡qué chimba!

Seguimos concentrados con los dedos puestos sobre los botones de los equipos de edición y los ojos sobre los monitores, pero algo muy tenue llamó nuestra atención. Un estudiante, vistiendo el uniforme del colegio, pasó hacia el baño.

—Mire, un chino se metió al baño —avisé.

—Oiga, chinito, no puede entrar ahí…¡hey, hey, hey! —exclamó John— ah, que va, ya se metió. Será dejarlo —se resignó.

Seguimos editando. Un efecto allí, un efecto allá, una música aquí y una locución allá.

—Oiga ¿el chinito ya salió del baño? —pregunté— ¿usted lo vio?

—No, no ha salido.

Me puse de pie y mientras caminaba hacia el baño, seguía pensando en qué música ponerle a los créditos finales del video, tocando mi boca con mi índice. Me asomé al baño y estaba vacío.

—Sí, ya salió— dije distraídamente.

Pero, algo no cuadraba. Espabilé. Sentí otra vez la semillita del miedo inoculada en mi sistema y sin quererlo, de verdad sin querer hacerlo, fui hasta la puerta roja a verificar. Estaba, como de costumbre, cerrada con llave.

Con el paso de los años, el video que captamos en el colegio, perdió valor. Al fin y al cabo solo aparecía un par de zoquetes apagando un montón de televisores. Al sol de hoy no recuerdo ni cual fue su paradero. Pero sí hay un detalle que siempre recuerdo con una sonrisa: Después de separarnos, como inevitablemente le pasa a todo grupo de cofrades, hubo un reencuentro al cabo de unos seis años. El último reencuentro antes de distanciarnos para siempre. Ese día, al calor de las copas y la nostalgia, el más tozudo y valiente de nosotros, que era Javier, nos confesó, ya sin la prepotencia del adolescente:

—¿Saben qué? Yo también vi esa noche esos pies blancos subiendo las escaleras.

FIN

Enviado por: Juan Manuel Sosa Porras (fan del blog)

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