Leyendas de Terror Cortas

El fantasma que pena en Ovruch

En 1986, la planta nuclear de Chernóbil sufrió la peor crisis química de la historia. Unas 90,000 personas de poblados cercanos en Ucrania, tuvieron que ser evacuadas a la brevedad, sobre todo en los pueblos de Prípiat y Chernóbil. Claro está que, a pesar de los esfuerzos de la policía, hubo rezagados que insistieron en quedarse en sus casas, pues preferían permanecer en un sitio que conocieran de toda la vida.

Entre ellos estaba una madre viuda con sus cinco hijos, cuatro de los cuales, al igual que ella, milagrosamente no presentaron ningún tipo de enfermedad o mutación a causa de la radiación que contaminaba el aire.

El quinto de los niños sin embargo, sufrió graves quemaduras en el cuerpo y el rostro después de experimentar una combustión espontánea, que para su desgracia no lo mató, pues cada noche se encendía en llamas sin poder evitarlo y sufría espantosos dolores. Este fenómeno, unico a la vergüenza que ahora sentía por su apariencia, lo hizo desarrollar un profundo rencor y odio.

—¡Te odio, mamá! —le gritaba a su progenitora— ¡Por tu culpa me pasa esto!

Harta de los reclamos, la pobre mujer decidió que se marcharían a la ciudad de Ovruch para alejar a su hijo de la radiación, aunque ya era demasiado tarde,

En Ovruch, fueron recibidos por un tío que les permitió quedarse a vivir en su casa, donde la familia permaneció viviendo con toda la normalidad posible hasta 1996. A los vecinos les parecía extraño que el quinto muchacho de la familia nunca saliera de casa, ni se asomara a las ventanas. De vez en cuando, por las noches, eran despertados por terribles gritos de odio y sufrimiento, que les ponían la piel de gallina. También se asustaban al ver como los ventanales de la vivienda parecían arder con espantosas llamas, pero nunca llamaban a los bomberos por qué casi al instante el incendio terminaba.

Así transcurrieron las cosas hasta que un día, por la madrugada, se dejó oír por el vecindario un espantoso lamento cargado de dolor.

La gente del barrio, sobrecogida, llamó a la policía, quien se encontró con una escena espantosa al forzar la entrada de aquella puerta. Dentro yacían la madre, el tío y cuatro jóvenes cruelmente asesinados y con la carne al rojo vivo, como si algo los hubiera quemado hasta morir. El quinto hijo, enloquecido por sus deformidades, los había matado y luego se había suicidado llevando a cabo la incineración definitiva.

Encontraron su cadáver convertido totalmente en cenizas.

A pesar de que se hizo un velatorio para cada miembro de la familia, lo cierto es que dicen que aquel chico de Ovruch no obtuvo descanso eterno. Cuentan que por las madrugadas, se ve su fantasma penando en torno al hogar donde habitó, como castigo por haber sacrificado a los suyos que eran inocentes.

Sus lamentos son tan agudos y llenos de sufrimiento, que a cualquiera le hielan la sangre y cada vez que pasa por algún muro, deja una inconfundible huella de hollín impresa.

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Acerca del autor

Erika GC