El gato negro

Publicado por Un Fan del Blog

Cuento enviado por Salvador Fergó (fan de este blog)

Todo comenzó la noche del 25 de Diciembre, lo recuerdo bien. Estábamos reunidos para la navidad cuando el teléfono sonó. Mi madre lo pensó mucho para abandonar la mesa, pues se había esmerado prácticamente todo el día armando la cena. Tras intercambiar algunas palabras por teléfono rápidamente su rostro se descompuso. Le empezaron a brotar algunas lágrimas justo en el momento cuando el tío Francis le informara de la muerte de mi abuelo, su padre. A pesar de que mi madre ya no le visitaba pues este, la ignoró como hija tras enamorarse y casarse con papá, su muerte le causaba mucho pesar. Mucho dolor.

El funeral se celebró 2 días después de su muerte, en un pequeño cementerio de un condado lejano; ensombrecido por la silueta serena de pinos centenarios y perfumados por los ramos de flores medias secas de otros muertos. Nos trasladamos allí para ello. Salimos de casa muy en la mañana por la carretera interestatal y llegamos bastante tarde pese a intentar lo contrario; apenas pudimos oír las últimas palabras del sacerdote y presenciar la posterior inhumación.

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Mientras estuve sentado a un lado de mi mamá pude ver un gato a pesar de su distancia. Mi madre no veía al abuelo desde hace años, sentía curiosidad por enterarse del ocaso de su vida. De todo aquello lo que más me llamó la atención fue la última parte de su relato. ¡Era horrendo!, incluso no dormí aquella noche pues lo recordaba a cada instante.

El tío culminó diciendo que el cadáver amoratado del abuelo fue encontrado 3 días después de haber muerto por su empleada doña Esther, quien de vez en cuando acudía a la casa del difunto para hacerle aseo. Luego por añadidura vino la historia de Duncan, el gato de mi abuelo. Su compañero al final de sus días. Francis comentó que cuando llegó la policía y los forenses para levantar el cuerpo, el gato descansaba plácidamente en la cama del muerto.

Acurrucado a los pies de este. Al ver la presencia de gente extraña en la habitación, la cual solo los dos compartían, el animal caminó hasta su dueño restregándose una y otra vez contra él, ronroneante y amoroso, buscó en vano una caricia que jamás llegó.

Duncan era un gato negro, robusto y de carácter singular. Llegó a la vida del abuelo y fue su único y leal compañero hasta que la muerte decidiera venir por el anciano. El abuelo había perdido la razón, tenía al gato como se tiene un familiar; incluso comían en la mesa y solían compartir la comida del mismo plato. Mi tío Francis dijo que una vez que visitara al abuelo este le invitó a cenar y retiró el plato del gato y vertió en el algo de carne y puré de patatas con la intención de que Francis comiera de él, sin lavar y con la mayor naturalidad del mundo. Ciertamente había perdido el juicio.

Pienso que ese maldito gato planeó toda nuestra desgracia. La gente comentaba de que aun después de muerto, el gato se negó a abandonarlo. Estuvo en la cama y oyó el último respiro del moribundo, estuvo en la puerta de la morgue y luego llegó al cementerio y asistió al funeral como si en realidad entendiese que su amo estaba ausente. Y allí estaba frente a nosotros, a unos 12 metros de todos nosotros, contemplando en la distancia el entierro.

Sentado sobre sus cuartos traseros, visiblemente entristecido y silencioso. Cuando el sepulturero dejó caer la última pala de tierra en el hoyo, el gato se acercó a escasos centímetros, nos miró y luego en un acto demasiado humano, se tumbó sobre la tierra revuelta de la sepultura como cuidando la casa perpetua de su compañero. Soy sincero cuando digo que en realidad esa aptitud nos conmovió, y sin querer fue el comienzo de un sendero de infortunios que han durado hasta estos días.

Mi padre en aquel entonces propuso quedarnos con el gato. El tío Francis dijo que eso sería un acto piadoso de nuestra parte, y que si no fuera por su alergia eterna a la lana de los animales el mismo lo hubiese acogido en su casa. Mi madre no dudó un instante en aceptar llevar el gato a nuestro hogar. Yo creo que tal acción era un bálsamo de aliento, un aliciente para apaciguar su remordimiento al haber abandonado de cierta manera a su anciano padre.

¡Así, engañándonos a todos…! llegó Duncan a nuestra casa. Los primeros días fue amable y delicado. Le encantaba tomar el sol en la ventana del living. Recostado sobre el sofá, pasaba largas horas durmiendo y derrochando una pereza interminable. Parecía un gato “normal” perezoso y holgazán, muy dado a nuestras atenciones como suele ser la mayoría de los gatos.

Pero cuando hubo pasado un mes desde su llegada empezó a cambiar significativamente. Parecía irritable por todo. Ya no dejaba que nadie se le acercase y procuraba estar alejado de todos nosotros, pese que lo mimábamos demasiado. Dejó de comer en los días siguientes. Se acercaba a su plato tendido en el piso de la cocina, junto a la calefacción; lo olía, lo observaba con gran desgano luego se levantaba y se marchaba mal genio con la cola enrollada sobre la espalda y desaparecía el resto del día.

Nos preocupamos por su salud, intentamos llevarlo al veterinario; esto enfureció al animal de gran manera. Propinó a mi padre severos arañazos y mordiscos cuando lo trasladamos a la clínica para que el doctor lo examinase. Tras el chequeo, el veterinario dijo que el animal estaba pasando por un periodo terrible de estrés pues “aparentemente” se había dado cuenta de que en realidad su dueño ya no volvería por el jamás, lo que trastocaba su psiquis y lo volvía agresivo.

Nos recomendó que no insistiéramos en buscarlo a menos que él lo intentase primero. Que le otorgáramos su espacio y le diéramos tiempo al tiempo y así lo hicimos. El doctor además, le recetó unas vitaminas, mismas que debíamos verter en el agua fresca de su botella para normalizar su apetito. Tras beber el agua medicada de su fuente, Duncan parecía interesado nuevamente en su comida; -aunque no se alimentaba en demasía al menos comía algo ya- Sin embargo, su humor no cambió en absoluto.

Persistía malhumorado y esquivo. Cuando pretendíamos acariciarlo, retorcía su esbelto cuerpo y erizaba la piel de su lomo visiblemente furioso, como si nuestro cariño le resultara molestamente repulsivo. Luego gruñía amenazante mostrando sus fieros colmillos blanquecinos y se levantaba de donde estuviera rumbo a mi habitación, para saltar al filo del marco de la ventana y de allí aterrizar al techo del cobertizo de nuestro garaje, para largarse a la calle y desaparecer al doblar la esquina de la cuadra.

Eso lo hacía todos los días, y sin la menor desfachatez, se atrevía todas las mañanas muy puntualmente a rasgar la puerta de la cocina pidiendo entrar de nuevo en casa con la cabeza en alto y rebosante de soberbia. Todo lo que he relatado apenas fue el comienzo de lo que estaba por venir. Cada vez el gato se comportaba peor.

Tenía un lado terriblemente sádico. Amaba asustarnos y emboscarnos en las esquinas o los pasillos para luego de arañarnos salir corriendo; me daba la impresión de que le fascinaba herirnos. ¡Amaba hacernos daño! Era difícil advertirlo sobre todo por la noche pues le encantaba refugiarse en la oscuridad de los rincones y pasar inadvertido por su color negro aterrorizante. Tanto llegué a temerle que empecé a dormir con la luz encendida y el gato se dio cuenta de aquello.

Cuando podía tumbaba la lámpara de mi mesa de noche y yo quedaba a su merced. A veces se acostaba en mi cama, otras tantas y sin la menor provocación abiertamente me mordía para luego marcharse como si nada. Cuando pensaba que nada más podía ocurrir, me quedaba dormido entre tantos sobresaltos. Y despertaba aterrorizado bajo la oscuridad de mis cobijas y mi mente acrecentaba mi espanto al imaginarme de manera irracional que el gato había crecido y me maniataba en un abrazo infernal, pero en realidad aquellas tinieblas era la escasa luz que me rodeaba bajo las sábanas.

Mi madre también fue víctima de su furia enfermiza, ella relató una vez que Duncan descansaba a sus pies y de la nada empezó a maullar de forma espantosa gesticulando sonidos horrorosos como si de lamentos de un niño pequeño se tratasen. Ella se asustó tanto que intentó alejarse de él caminando para salir de su propia habitación y el animal rápidamente se bajó de la cama y comenzó a morderle los dedos de los pies, obligándola a regresar al lecho a su antojo. Aquella ocasión le tomaron 9 puntos… entre dedos y el talón del pie derecho. “Eso quiso siempre, tenernos asustados y lo consiguió con éxito”.

De alguna manera ese animal desgraciado nos hacía creer que nuestra casa le pertenecía, así como nuestro cuerpo y todo cuanto teníamos. La primera vez que intentamos deshacernos del gato fue cuando me atacó salvajemente. Como era su costumbre permaneció escondido tras algunas bolsas en lo alto de mi armario. No recuerdo a qué hora con exactitud decidió saltar de su guarida y de un solo salto se me lanzó desde el mueble directo al rostro… ¡para morderme con una saña que jamás vi en ningún animal!

Podía sentir y escuchar como sus afiladas garras me rasgaban la piel, y como el corazón retumbaba en mi pecho al sentirme vulnerable y desprotegido ante su furia salvaje. En aquella noche mi padre escuchó mis gritos…. ¡Todos estábamos cansados ya del comportamiento de ese animal! Así que decidido, entró en mi habitación con un saco de fibra y lo agarró del pescuezo volcándolo dentro para ir a botarlo lejos de casa. Esa noche sus gritos fueron de los más horrorosos que oí en la vida, hubiera podido jurar que incluso oí maldiciones salir de aquella enfurecida bestia.

Mi padre sin importarle demasiado anudó el saco y lo echó en el maletero del auto y en encendió el auto arrancando hacia donde fuese. El animal seguía luchando dentro del sacó. Cuando hubo encontrado un remoto lugar a 3 horas y media de casa mi padre agarró el saco con su contenido nefasto y lo lanzó con fuerza al correntoso río Omaha, que conducía el agua de las montañas directamente hacia el mar.

Desde aquella vez todo cambió en la casa. Después de varios años vivíamos felices nuevamente. Lástima que no duró demasiado. ¡A la tercera semana el gato reapareció en la casa, no sabíamos cómo! Pensamos que el rio lo había matado, pero no… el gato seguía vivo. Llegó con el cuerpo magullado y la pata izquierda quebrada. Un delgado y rojizo hueso filudo le atravesaba la piel a un lado del muslo. ¡Aquello nos llenó de espanto! era una verdadera maldición todo.

Cuando el gato reapareció en nuestra vida tornó nuestro hogar en un verdadero infierno. Lo veíamos a los ojos; aquellos ojos amarillos como de luna llena. ¡Ojos malévolos que no derrochaban más que deseos de venganza y odio! Duncan a raíz del incidente aquel habitaba en la casa lleno de desconfianza, evitaba a mi padre a toda costa. Pero todo resultó ser otro plan del gato indeseable.

Mi padre al poco tiempo de aquello perdió su empleo. Estuvo así más de 7 meses y nuestra economía se vino al suelo. Nuestras deudas eran cada vez mayores. Mi padre consiguió un empleo como ayudante del gordo Harris, un camionero retirado que tenía un taller de autos a la vera de la carretera. Cuando parecía que todo mejoraba de pronto le sobrevino una desgracia peor.

Reparando el motor de un camión las cadenas que lo mantenían en el aire se rompieron o se aflojaron… no lo supimos bien, pero cayó el aparato sobre las piernas de mi padre y se las tuvieron que amputar. “Nadie me quita la idea que esa tragedia fue orquestada por ese endemoniado animal”. Se vengó de mi padre por intentar matarlo y dañarle una de sus extremidades. Luego de su accidente mi padre quedó reducido a la movilidad limitada de una silla de ruedas que le regalaran los curas de la parroquia a la que dejamos de asistir, pues pensamos que Dios nos había desamparado a merced del mismo demonio.

Estando mi padre así, mi madre intentó tomar las riendas de todo pero no era suficiente. Mi padre empezó a cambiar su humor. Estaba retraído y empezó a tornarse violento con nosotros. Buscó refugiarse en las efímeras alegrías que trae el alcohol. En cambio el gato a razón de todo aquello parecía “contento y animoso”. Aparecía de repente como si nada le afectara y le alegrara nuestra infelicidad.

Nuestras cenas diarias eran el peor momento del día. Mi padre golpeaba a mi madre siempre pues en su comida aparecían cabellos enredados en los vegetales de la sopa. Mamá no entendía como ocurría todo aquello, desde la primera vez que pasó, recogía su pelo dentro de un gorro plástico para evitar tales accidentes; y pese a sus cuidados todos los días aparecían en la sopa. El último día que recuerdo a más de los pelos en la comida apareció la cabeza de un ave de plumaje cenizo. Mi padre pensaba que aquello era adrede y no estaba dispuesto a soportar un día más aquello.

En esa noche agarró su cenicero de mármol y lo estrelló contra la boca de mi madre tumbándole todos los dientes delanteros. Los dientes cayeron al piso y el gato se puso a jugar con ellos en medio del charco de sangre y los gritos de todos. Yo miré al gato y este se detuvo a verme también y paró de jugar con los trisados dientes momentáneamente y fue allí cuando salí corriendo a cualquier sitio para alejarme de todos.

Me escondí en un armario de la cocina, pues era lo suficientemente pequeño para caber dentro y estuve allí escuchando, pero con menos intensidad toda la discusión de mis padres. Mantenía la puerta entre abierta para abrasar a mamá cuando entrase por el pastel de cordero que estaba a punto de enfriarse sobre la estufa. ¡Vi allí la verdadera naturaleza demoniaca del gato! Lo vi traer en la boca una maraña de pelos asquerosos y destapar la olla aun hirviente, del resto de la comida ¡Para introducirlos allí! Luego saltó por el mesón en dirección al comedor.

Esa noche fue la última vez que vi a mi madre. En la mañana siguiente del 22 de julio de 1976 abandonó la casa en la madrugada incapaz de arremeter contra los abusos de mi padre y del gato maldito. No la culpo por habernos abandonado. Si no lo hubiera hecho muy posiblemente hubiera muerto dentro de pocos meses. Yo tampoco permanecí en casa demasiado tiempo. Abandoné la casa cuando cumplí 13 años. Viví en hogares sustitutos, intenté casarme y tener una familia, ¡Pero sigo maldito!

Decidí quedarme solo, pues aquellas personas que me he atrevido a amar de una o de otra manera quedan dañadas de forma inexplicable. He terminado mis días solo, en un asilo de ancianos a merced del destino. He envejecido, he enterrado a los seres que he amado, y yo sigo vivo atormentado por la sombra del gato negro…..
¡El gato negro, otra vez esta frente a mi ventana! “La cerraré ahora”. ¡Aun no quiero que me lleve!

FIN

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