El gigante de las montañas (parte 1)

Publicado por Kreo

Dado a mi gusto por viajar, las letras y el periodismo, es que hoy me encuentro aquí. Soy escritor de profesión e investigador por inquietud. He publicado muchos artículos y trabajos acerca de sucesos asombrosos que carecen de toda lógica. Hace unos meses me enteré de la existencia de un lugar que absorbió por completo mi atención. En la edición de mi artículo anterior (santería y esoterismo), tuve la oportunidad de hacer una investigación dentro de la vasta comunidad latina que radica en Los Ángeles. De ellos oí hablar acerca de historias inquietantes dentro de una pequeña y pobre comunidad ubicada muy al sur del globo terráqueo. Una zona que representa un retroceso en la historia, un salto hacia los albores de la edad moderna. Mi editor y amistades me recomendaron no seguir con esta historia, pues bien es sabido que los habitantes de estas tierras suelen ser muy celosas de su espacio geográfico con el extranjero.

La ambición extrema de mi trabajo y la falta de calma cuando me obsesiono con un tema, hicieron apresurar mis planes para viajar al sur del continente. Sin tener ningún lazo familiar o sentimental que me detuviera en mis intenciones, emprendí el vuelo a Vonegas. Un lugar de amplia vegetación y pobreza económica. El aeropuerto al que llegamos sinceramente dejaba mucho que desear, me quedé con la impresión de que fuera una pista de aterrizaje para un avión Pipper Aircrafft, como aquellos que veía en películas de temática narcotraficante.

En el aeropuerto me esperaba Santos Cienfuegos, un amigo de mi editor que vivía en la frontera de Vonegas, accedió a recibirme a cambio de productos básicos y dinero necesarios para la zona. No malentiendan a Santos, es un buen hombre y de capacidad intelectual reconocida, pero con necesidades comunes como todos y más dentro de esa zona geográfica arrasada por regímenes voraces.

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Una vez ubicados en un cuarto de hotel de tres estrellas, comencé con las preguntas al hombre de mi editor. Su rostro se desencajaba cada vez que empezaba a bombardearlo acerca del lugar a donde me dirigía. El nombre de la zona es Canarias, un pueblo pequeño detrás de las montañas. Un lugar en el cual es imposible llegar a pie o en vehículo terrestre.

El lugar existe desde hace muchos años antes de que Vonegas fuera declarado zona independiente, se dice que los españoles no llegaron jamás a esa zona por la dificultad de su ubicación. Fue un resquicio olvidado por Dios. Sin embargo mi anfitrión me comentó que los lugareños no tienen rasgos indígenas. Son gente con rasgos mezclados, de narices finas y pieles coloradas. No son tribus, pero si es un lugar pintoresco con chozas y zonas arqueológicas, es un lugar sin más que casas de barro y construcciones rusticas, sin comodidades citadinas y con bellezas naturales inexploradas. Hablan español y un dialectico indefinido y sin posible registro. Algunos de sus miembros han salido a Canarias y zonas aledañas para traer ideas a la esfera geográfica del lugar. No son salvajes, son simplemente una estirpe particular.

Pero ¿Qué es lo que hace a esta gente de Canarias tan especial? ¿Por qué viajar desde tan lejos? Pues bien, se ha dicho que los habitantes de este lugar están alejados por una razón. Sus costumbres y usos les impiden abrirse a la sociedad, se hablan de deidades y creaturas fantásticas habitando en sus límites geográficos.

Inclusive se decía (y es el rumor más mentado) de un gigante. Si, así como lo leen, un gigante que vive en la montaña, escondido y jamás antes visto. Se le rinde culto, se le idolatra de manera desmedida. No sé si puedan comprender un poco mejor mi curiosidad.

Santos me advirtió abortar mi idea de llegar ahí, me recomendaba otras maravillas cercanas, viejas leyendas y mitos locales. Nada me llenó tanto como “El gigante”. Sería que no le presté atención al encontrarme tan obsesionado con la gente de Canarias o simplemente que no se comparaban con la idea de investigar una secta. Gente que jamás ha sido documentada, ni estudiada. Eso me atraía, me robaba el sueño.

Santos comprendía mi terquedad, pero no tenía en mente arriesgar su pellejo; su vida no valía latas de comida ni unos cuantos dólares. Pero si me hizo saber de un viejo piloto que por unos cuantos billetes volaría hasta esa zona.

No había que imaginarse mucho el esperpento de maquinaria que me llevaría hasta ese lugar. Era una avioneta con más de una mano de arreglo, solo un idiota como yo tomaría ese riesgo. El piloto era un viejo grasoso y gracias a Dios con poca charla, no está por demás decir que el viaje fue largo para mí, piloteaba de forma temeraria, pero cualquier cosa por obtener la historia lo valía. Observaba desde las alturas como un manto de copas verdes alfombraban nuestro suelo. Algunas colinas rompían el verde de mi vista. Era una imponente vista. El milagro natural a mis pies.

Aterrizamos en un campo de trigo quemado, parecía haber sido abandonado hace años. El pasto lucia seco y amarillo. El piloto del cual no recuerdo su nombre me llevó a una casucha en donde esperaba por mí un hombre alto de piel bronceada y ojos claros, su cabello era muy rizado y pegado al cráneo. Al parecer este sujeto, de nombre Jonás, no estaba de acuerdo con las actividades desarrolladas en su comunidad. Rechazaba ideologías y viejas costumbres que se vivían en Canarias.

Entré detrás del piloto, Jonás nos recibió en su pobre sala. Un cuarto de madera con miserables pertenencias, muchas al parecer fabricadas por él. Los habitantes varones de esta región manejan un conocimiento básico en carpintería, la producción local es base de su economía, no hay moneda que valga así que la auto sustentación y el trueque son sus sistemas económicos. Se nos ofreció asiento, las sillas chirriaban una vez que posábamos el trasero en su lugar. Nuestro anfitrión nos convidó café artesanal en unas jarritas diminutas de barro (El mejor que he probado), se asomó varias veces por los marcos de su humilde casita. Cerró las cortinas de telas floreadas como si con eso el sonido se quedara atrapado entre los sucios tejidos de la misma.

Jonás haló una silla y se sentó en la mesa con nosotros, hablaba bajito que a veces hacía difícil distinguir lo que decía.

-“Bien, entonces ¿Usted es el escritor verdad?”- asentí y me presenté.

-“Mire señor, aquí las cosas son surreales. Son de no creerse. Permítame le cuento un poco la historia de Canarias:

Este pueblo se fundó en los 1410 aproximadamente, nuestro ancestros eran gente de trabajo, jamás de guerra, incrustados en una zona alejada de todas las demás civilizaciones, fueron invisibles antes los ojos de las demás culturas e inclusive de la invasión ibérica, de hecho nuestros ancestros también se creían únicos en la faz de la tierra, sus remotos límites geográficos eran obstáculos para emigrar o expandir sus territorios.

Tenían sistemas económicos, potables y judiciales tan avanzados como sus pares incas y aztecas, sus procesos productivos agrícolas eran impresionantes. Estudiaban las estrellas y eran también hombres religiosos, creían en figuras más viejas que la tierra misma en la que usted y yo estamos parados, deidades tan antiquísimas que existieron mucho antes que la misma humanidad hubiera sido pensada por Dios.

Nadie sabe de dónde emergieron estas figuras, solo se sabe que la montaña que usted ve, y que cubre toda la vista de este valle, es una de ellas. Él está debajo de esta tierra, el creó toda está vegetación, esta prosperidad, Él le da el equilibrio a las cosas. Pero es una entidad vanidosa, necesita algo más que ritos, adoraciones y fidelidad. Esta tierra no se alimenta solo de oraciones y alabanzas; para mantener el equilibrio, va más allá, inclusive la sangre no basta para “Él”. Necesita carne, piel, sudor y vida.”

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Me sentí por un momento abrumado y confundido, lo interrumpí con un pensamiento en voz alta.

-¿…Los entierran vivos?

Jonás guardó silencio. Era como si se hubiera sentido descubierto, pude ver como tragaba el grueso de saliva. Era evidente que con su silencio respondía a mi favor. Antes de que continuara, me apresuré a preguntar:

-¿Usted cree en todas estas historias?

Antes de que me pudiera contestar el asustado hombre, un fuerte golpeteo en la puerta de madera nos hizo saltar a todos de nuestros asientos. Mi mirada y la del piloto chocaron por un momento, Jonás seguía en su lugar con la cabeza agachada, como si fuera un niño regañado. El piloto adivinó mis pensamientos y se levantó de su lugar para atender los golpeteos que ya habían cesado, Jonás no se movió en ningún momento, parecía petrificado. El piloto abrió la puerta y se asomó afuera del marco de la misma, no había nadie, volteó a la derecha e izquierda en busca de alguna pista, parecía que se devolvía por lo que amagó con cerrar la puerta, pero algo llamó su atención cuando miró hacia abajo, se puso en cuclillas y recogió algo del piso.

El grasoso hombre volvió con algo en las palmas de sus callosas manos. Era la semilla de un fruto que no había visto antes.

El fruto que nos mostró el piloto en la palma de su mano era una semilla de forma desproporcionada, pareciera una pequeña bola con varias raíces saliendo de sus costados. Pedimos una explicación a Jonás, quien solo se limitó a decir que esta semilla se dejó de plantar hace mucho en Vonegas, solo se ve en momentos de ofrenda, era un fruto rico que alimentaba a familias enteras, a comunidades. Pero algo no estaba bien, podía ver en los ojos de Jonás un poco de  temor, no pregunté nada para no entrometerme. Sabía que quería que nos fuéramos, así que antes de orillarlo a pedírnoslo, me adelanté arguyendo tener prisa para continuar con nuestro viaje. Un rostro desencajado y resignado nos pedía tener cuidado y nos indicaba el camino para llegar con el jefe comunal de Canarias. Días después me enteré de la terrible muerte de Jonás, fue sepultado vivo, la semilla fue el mensaje. Fue “sembrado” en ofrenda para la deidad de la zona. Este tipo de actos me hacen pensar que el fanatismo y locura son separados apenas por una frágil tela. Pero todo esto, por muy demencial que parezca, tiene una sólida base. El miedo.

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