EL HOMBRE DEL SACO

Publicado por Un Fan del Blog

Cuento enviado por:  Wendy Lee

Como ya ha sido común, desde los tiempos de nuestras abuelas y las abuelas de las abuelas de ellas, se inventaba algún personaje legendario con el propósito de asustar chiquillos si osaban desobedecer.  Bien supongo que habéis oído sobre “El Coco”, “La llorona” y hasta “Juanita Tijeras”, Pero…  ¿habéis oído del Hombre del Saco?  ¡Por supuesto que le conocéis!

Ahora, os pregunto lo siguiente:  ¿De veras creéis que se trata de un viejo que se robaba a los niños por desobedientes?  ¡Pues vaya que sois ingenuos!  El Hombre del Saco, fue un ser muchísimo más siniestro, pero tranquilos, pringa’os, que no se llevababa niñatos tontos como vosotros.   He aquí su origen…

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Hace al menos trescientos años, en Castilla, vivió una joven llamada Lucía, de piel blanca, lozana, silueta que inspiraba los más primitivos deseos carnales en contraste con sus inocentes ojazos color avellana que parecían siempre idos, melancólicos.  Tenía veintiún años y jamás se había cortado su melena negra como el azabache, que le daba un encanto hechizante.

Había algo que distinguía a Lucía de la mayoría de las mujeres, nacidas y bautizadas en el catolicismo, cristianas devotas; era su fascinación por lo esotérico que más adelante la conduciría a la muerte…

Sé que os debéis estar preguntando qué leches tiene que ver esta Lucía con nuestro infame Hombre del Saco, no comáis ansias, recordad que detrás de cada hombre y sus propósitos siempre hay una mujer, ¿ a caso no fue Eva quien provocó que Adán fuera expulsado del paraíso?  Antes de que me matéis a palo las feministas, dejadme concluir este relato.

Una de esas tardes en que Lucía se ocultaba en lo más espeso del matorral para leer libros prohibidos por la Inquisición y repetía rezos en una lengua extraña, un disparo seguido de un grito lastimero interrumpió su ritual.  Un cazador que orgulloso observaba el venado exhalando sus últimos respiros de agonía, pero esto no suponía nada raro para Lucía, ya que ella con frecuencia sacrificaba animales en un intenso deseo por sentir presencias del más allá.

A pesar de la belleza de Lucía y de sus  innegables atributos, no tuvo nunca interés alguno por los hombres ni de atarse a un matrimonio, perdiendo así la libertad de la que gozaba y la que le daba ventaja para llevar a cabo su rituales, pero ese cazador, había despertado una pasión que ella hasta entonces desconocía.

Tan fijamente miraba Lucía al cazador, que pese a su escondite entre los arbustos, Juan Navarro, nombre de pila de nuestro infame protagonista, la vio.  Al instante, no pudo desprenderse de la exótica belleza de Lucía y de esa hermosa cabellera negra que parecía cubrir su delicada figura en una cortina.

A pesar de que la apariencia de Juan era algo ruda, pues era alto, robusto, de cabello corto castaño y una barba cuidada que le daba un aire barbárico, era un caballero; acompañó a Lucía hasta su casa a la vez que al hombro cargaba el enorme saco en el que dentro llevaba el venado recién asesinado.

Debido a que Lucía era la única mujer entre cinco varones, esta era cuidada y resguardada por ellos, aunque siempre halló la manera de escaparse y se hizo costumbre que ella y Juan se encontraran todas las tardes en el lugar de siempre; para  esto, ella tenía una posión que vertía en la comida que cocinaba para su padre y sus hermanos que los hacía caer en un sueño pesado y profundo.

Cansado de los encuentros furtivos y a escondidas,  Juan le propuso matrimonio a Lucía, pero su padre y sus hermanos se negaron rotundamente, por lo que habían pactado entonces huir juntos.  Lucía había vertido una doble ración de la posión en la sopa que hizo como cena esa noche.  Tan pronto todos se quedasen dormidos, ella saldría al encuentro de Juan, todo parecía marchar a pedir de boca, mas unos guardias reales se encontraban dando un recorrido en busca de herejes y de un grupo que se había formado para asesinar al entonces Rey ya que este había perseguido sin descando a centenares de paganos.

Lucía fue detenida y al revisar sus pertenencias encontraros los libros paganos entre otros artilugios que la incriminaron. Desesperado, Juan, que no tenía idea de por qué Lucía nunca había llegado al punto de encuentro como había sido el plan, se armó de valor y fue hasta su casa, pero no encontró a nadie.

Decidido a marcharse, con el corazón roto, lo desconcertó el bullicio del pueblo, fue entonces que se topó con el padre y los hermanos de Lucía que clamaban por piedad, pero nada salvó a Lucía de su destino.  Esa misma tarde, fue condenada a la hoguera, por alguna razón, aunque ardía, su piel no se quemaba, entonces ataron sus cuatro extremidades a cuatro caballos que cabalgarían hacia cuatro distintas direcciones cuando escucharan el disparo.

Los gritos de horror de Lucía mientras era arrastrada fue lo más nefasto que Juan vio en su vida, la razón de su posterior demencia.  Tras ser descuartizada, los restos de Lucía se iban encontrado en diferentes partes del camino.

Poco tiempo después de ese suceso, por el bosque se aventuró una joven con la intención de colectar bayas silvestres, pero tuvo el infortunio de encontrarse con Juan, quien al verla desprendiendo las bayas del arbusto, no pudo evitar fijarse en sus delicadas y gráciles manos que le recordaban a las de Lucía y los brazos de piel tan blanca que se podían ver sus venas.  Sin importar cuánto gritó y suplicó la joven, sin escrúpulos, Juan le cercenó ambos brazos con un hacha, guardó los brazos en su saco y dejó a la joven abandonada a su suerte, más adelante se fue a un bar a embriagarse.

Tanto era el desorden mental en la mente de Juan, que el licor parecía no rendir efecto en él, así que pensó quemar sus ansias con una de las mujerzuelas del bar, que de buenas a primeras le llamó la atención por tener una cabellera negra similar a la de Lucía, tan pronto fueron al sucio cuarto por el que lo guió la mujerzuela, se dio cuenta de que esa cabellera era una peluca, mas se fijó que la pobre infeliz tenia unas atractivas piernas, como las de su Lucía…

En la plaza, convertido en todo un vagabundo, se había quedado dormido en un rincón, siempre con su saco a cuestas, un mozo flacucho tuvo la desacertada idea de querer robarlo, pero Juan tenia el sueño liviano, al encontrarse con la mirada de pavor del joven mozo, recordó los ojos melancólicos de Lucía…

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Otro día, se topó con una joven madre limosnera y su hija, les cambió dos piezas de pan y una botella de vino por la espesa y negra cabellera de la niña.

Tras todos esos suecesos espeluznantes, se había alertado al pueblo sobre este misterioso hombre que había cegado la vida a varias mujeres.  Se ofrecía mucho dinero por su captura vivo o muerto.  Muchas personas, seducidas por la cuantiosa recompensa, habían asegurado haber visto al responsable de tan horribles crímenes y se había hecho un boceto con su descripción exacta.  Juan sabía que no contaba con mucho tiempo antes de ser capturado inminentemente.  Tenía que conseguir la última pieza que le faltaba.

Así lo hizo.

Nadie podrá arrancarte de mí, Lucía… en una silla del comedor, se encontraba sentada Lucía, compuesta del tronco con cabeza de la joven que fue su última víctima, los brazos de la infeliz que solo había ido a recoger bayas, los ojos del desafortunado mozo que había querido robarle, las piernas de la mujerzuela del bar y mientras admiraba su obra, peinaba el cabello negrísimo que había injertado de la hija de la limosnera, quien al menos sobrevivió

Fin

Nota para los lectores:

Espero que les haya gustado, esta idea tenía días rondando por mi cabeza.  Espero sus comentarios y críticas, así como también sus sugerencias.

Besos desde Puerto Rico,

Wendy Lee

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