El Navegante

Publicado por Emilio Pinto

El cálido verano de aquel año es uno de los pocos que persiste en mi memoria gracias a uno de los sucesos más impactantes que he presenciado desde que mi mente se ha comenzado a ver un poco más repuesta de mi esquizofrenia. Y que conste; no por el hecho de tener esquizofrenia quiere decir que todo lo que estoy a punto de relatarte es falso, o creo haberlo vivido, presenciado. No. No fue a causas de un delirio mental que vi cómo ante mi sucedió la peor matanza de mis cortos años. Te juro que todo es tan real, así como tu o yo, o tan real como las páginas que tienes entre tus manos.

Mi familia no es precisamente una familia de dinero, aunque sí reconozco que tenemos lo suficiente como para alquilar una casa cerca de un grandioso estero en «Las tres almas» un área montañosa de tres colinas gigantes sobre las cuales baja El Calabozo, el estero del cual les hablo. No crean que aquel nombre viene de algún suceso delictivo o cruelmente tortuoso que los años han pasado de boca en boca. Aquel nombre tan bien merecido lo obtuvo por la dificultad para poder bajar a él, debido a la cantidad de senderos rocosos y montañosos sobre los cuales pasa y que evitan que algunas personas puedan bajar, y ahora que lo pienso, desearía que nosotros hubiésemos sido lo suficientemente incapaces para no haber ido allí.

La casa se encuentra a casi kilómetro y medio de la pendiente más cercana para poder bajar al Calabozo, y de la pendiente más accesible, de modo que Roberto, mi primo mayor, Facundo y yo, partimos ese fin de semana luego del almuerzo para irnos un poco más arriba, cerca del paso de las Orquídeas, un peñasco de muerte guiado por una angosta ruta llena de moros y orquídeas amarillas y rojas. Ese lugar me daba calosfríos, pero no podía comentarlo frente a ellos ya que me hubiesen molestado hasta el cansancio.

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Un poco antes de llegar a la pendiente, por el pequeño camino por el que íbamos, notamos a un extraño hombrecillo que caminaba cojeando. Se sostenía el brazo izquierdo que traía casi a rastras y su cuerpo humedecido nos indicaba que hacía poco había estado en el agua. Su barba blanca y gris ceniza se veía algo enrojecida y su ojo derecho lo traía cerrado. No lo divisaba bien, pero no había que ser precisamente un genio para saber que algo le había sucedido.

Cuando tomamos el peñasco de las Orquídeas para poder llegar hasta el Calabozo, piedra por piedra sentíamos que el rocoso y estrecho camino cedía y pronto estaríamos sumidos en un estero de barro y cadáveres. Para nuestra suerte no fue así, o por lo menos no aún.

Tras caminar aun con lentitud, no noté cómo fue que mi tobillo se enganchó en un pequeño brote de moras hasta que el tirón enterró las espinas y la sangre comenzó a brotar silenciosa y sin prisa.

— ¡Auch! —me quejé al sentir el dolor punzante.
— ¿Qué pasó? —me preguntó Roberto girando lentamente para no resbalar de la piedra donde se encontraba y caer hacia una muerte segura.
—Mi tobillo —dije agachándome y quitándome el estúpido brote.
—Solo son moras —rio Facundo—. Nadie muere por un ataque de brotes de moras asesinas, niño citadino.

Facundo es —por si no lo notaron por su nombre— el típico joven de campo, musculoso, que se enorgullece de ser campestre, casi como un espécimen exótico, que corta leña todos los días, trabaja la tierra y conoce las parvadas de pájaros a diestra y siniestra sin siquiera verlos. No obstante, era un tonto sin cerebro.     Roberto en tanto era un poco más —aunque suene extraño— dulce.

Estábamos por desembocar en una de las orillas cuando oímos un chapoteo que nos causó impresión pues nadie más estaba ahí. El gran roquerío se encontraba donde el sol pegaba fuerte y donde la sombra también dominaba un gran terreno, razón por la cual nadar ahí era relajante y grandioso para quitar el calor o el frio, dependiendo de la temperatura del día y del agua.

Sin pensarlo dos veces los tres nos desnudamos —bueno, casi. Roberto y Facundo son hermanos, ellos sí se conocían de pies a cabeza, desnudos y con ropa. Yo no— entré en el agua para tantear la temperatura y el tibio de esta me escoció la pequeña herida que me había hecho ese maldito brote de moras.
— ¡Puto brote! —exclamé al sentir el dolor.
Facundo y Roberto se rieron.
Se echaron un poco para atrás y caminaron cerca de unas rocas que tenían una pequeña mancha mucosa y resbaladiza de color verdoso. Facundo corrió sin notarla, de modo que al pasar sobre ella se resbaló cayendo al agua, dando el azote con su pecho lampiño y su rostro de malcriado.
Esta vez Roberto sí rio a carcajadas.
— ¡Maldita lama! —exclamó Facundo al asomarse a la superficie y referirse a la mucosidad verdosa de las piedras.
Roberto se tiró en picada, con sus nalgas blancuzcas y el resto de su cuerpo —peludo—.
Nadamos un rato, chapoteamos y sentimos lentamente como un zorro bajaba al lecho del Calabozo para beber algo de agua. Levantó sus puntiagudas orejas y corrió loma arriba.

Allí fue cuando noté —creo, si mi pésima memoria no me falla— la primera señal de algo extraño en ese lugar, pues una mata de cosas como serpientes comenzaron a asomarse hacia las piedras. Unas cosas como pelo humado que serpenteaban en los bordes de las piedras, con una distancia de casi tres o cuatro metros de anchura, en lo que a las orillas del estero se refiere. No les resté importancia ya que el pasto acuático lleno de tierra a causas de los chapoteos es común, pero ahora que lo pienso con más claridad, observé dos tenues colores en medio de aquellas lechosas matas de pelo. Solo blanco y negro, como una carpa color vacuno. ¡Exacto! Como la piel de una vaca grande y se movía. Lentamente noté como se movía.

Pendiente de ella no noté cuando el tiró en mi pierna me sumergió y tragué un poco de agua por mis fosas nasales. Sentí el grito de Roberto y Facundo y entre mi semi inconciencia observé como el cuero de vaca que había visto no estaba. ¿Había sido producto de mi imaginación? ¿había sido acaso uno de los detestables ataques óptico-psicóticos de mí no aun detectada esquizofrenia?

Cuando hube salido del agua haciéndome mil preguntas, Claudia y Nora, mis otras primas, hermanas ambas, reían a carcajadas junto con Roberto y Facundo quienes no notaron que mi nariz había comenzado a sangrar. Me percaté cuando sentí el cálido de la sangre paseándose por mis labios y al saborear con mi lengua, noté ese sabor metálico pero agradable de la sangre humana.

Consumí la mano en el agua y me soné la nariz para librarme de la estúpida sangre.
—Sí, sí. Muy graciosas —dije a mis primas mientras salía del agua.
— ¡Oye! —dijo Claudia, la de la broma— No es para que te enojes, Damián. No te salgas del agua.
—La presión —mentí sacándome otro tanto de mocos con sangre y arrojándolo al agua.
— ¡Auch! —se quejó Nora.
— ¿Qué te ha pasado? —preguntó Facundo.
—Algo me ha punzado —respondió ella.

Al salir del agua, notó un pequeño corte en su tobillo, igual que yo. tenía un pequeño brote de moras que se quitó al instante. Seguramente se lo había pegado en la primera pendiente del río, por donde habían bajado para así nosotros no verlas cuando subieran nadando al estilo amnea y así poder hacer su estúpida broma.

— ¡Malditas moras! —maldijo.
Tomó el brote y claramente notamos cómo fue que comenzó a moverse igual que los pelos que brotaban en los bordes de las piedras.
— ¡Pero qué demonios! —dijo al notar aquel inusual movimiento.
Tomó el brote y sin más lo lanzó al agua.

Facundo, Roberto y Claudia yacían nadando mientras Nora y yo los observábamos. Aquellos cabellos serpenteantes comenzaron a aparecer y esta vez Nora también los vio, pero no solo eso, vimos claramente cómo se sumergían una vez los divisábamos.
—Entren al agua —invitó Roberto.
—No —dije tomándome la nariz para verificar que no me siguiera sangrando.
— ¡Vamos! —insistió Claudia.
—Me dio algo de frio. Tal vez luego —respondió Nora.
—Oye, no me manosees —dijo Claudia a Facundo quien más cerca de ella estaba.
Mi primo la miró incrédulo.
—No te he tocado —rio—. Tú no me manosees a mí —volvió a reír.
Claudia le miró seria.
—Yo no he sido.
Facundo se alejó un tanto.
—Si ustedes no se están manoseando, ¿entonces…?

Una pequeña mancha de burbujillas comenzó a salir del agua. Parecía como si un pequeño pez atrajera a una mosca para poder cenársela. Y eso era técnicamente lo que el navegante hacía. El cuero atraía a su cena. Tres primos nadando hacia lo que la curiosidad les incitaba a averiguar. ¿Qué era aquello? No lo sé, ni ellos tampoco.

Facundo miró a Roberto y Claudia quienes tampoco sabían qué eran esas pequeñas burbujas. O por lo menos no quería pensar que eran reales.
— ¿Roberto? —le dijo casi en un murmullo.
— ¡Muchachos! —atiné a gritar cuando Facundo se consumió en el agua a causas de algo que desconocía.
Solo recuerdo que una gran mata de pelos salió del agua y se encimó sobre Roberto. Un cuero blanco y negro de grandes proporciones apareció del agua y junto a él una serie de pequeños brotes de mora silvestre que ondeaban. Facundo estaba entre ellos mientras los brotes carcomían su carne y la sangre teñía el agua y esta a su vez, el traje de baño de Claudia. Facundo gritaba, tal vez de desesperación, tal vez de miedo, tal vez de… no lo sé.

Aquel monstruo de pesadillas ondeaba sus tentáculos capilares sobre Roberto y sobre Claudia. Sus músculos apretaban tanto que mis oídos sentían el crujir de sus huesos mientras el chapoteo del agua ahogaba el hecho de que nadie nos oiría. Nora estaba petrificada, y en lo que a mí concernía no podía quedarme a ver aquello, y tampoco podía ayudar a los chicos, de modo que solo hui. ¿Y quién en su sano juicio se hubiese quedado esperando tan abominable muerte?

El cuero se sumergía junto a los cuerpos de mis primos, mientras yo corría empapado en sangre y sin notarlo, con un ojo azul celeste colgando de mi hombro. La mirada de Roberto cuando aquel brote se me enredó en el tobillo se me apareció de repente. Él tenía los ojos de aquel color. ¡Qué mierda era ese maldito animal, bestia o ser fuera lo que fuera!

Cuando estuve lo suficientemente lejos como para mirarlo y sentirme a salvo, observé a Nora sentada en la piedra, observando el agua donde no había más que sangre y un surtido de huesos. ¡Sí! Huesos. El cuero estaba mirándola fijamente desde el agua, como un cocodrilo que observa a su presa.
— ¡Nora! —le grité.

Doblegó un tanto su cabeza como hipnotizada por aquella bestia, pero en cuanto me miró, aquel animal la tomó y se sumergió junto con ella.

El navegante se llevó aquel día tanto a mis primos como mi cordura. Nadie me creyó el suceso. Ni siquiera mis propios padres, aunque quien me lo hubiese creído si hasta el día de hoy, no se han encontrado vestigios de ellos. Desaparecieron tanto de la tierra como del agua. Tanto su sangre como sus huesos. A excepción del ojo de Roberto, que solo sepa Dios donde fue a parar, porque cuando llegué a casa, solo, asustado, y empapado en sangre, ya no lo tenía encima.

Dije que soy esquizofrénico, y me han dicho que nunca tuve a tales primos, pero siendo realistas, ¿no sería más fácil inventarme una enfermedad a mí y decir que estoy loco, a afrontar la realidad que acabo de contarles?

Cuidado con el agua porque el navegante es real. Cuidado con agua porque el navegante es real. Cuidado con el agua porque el navegante es real. Cuidado con el agua porque el navegante es real. Cuidado con el agua porque el navegante es real. Cuidado con el agua porque el navegante es real.

Cuidado con el agua porque el navegante… es real.

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Por lo general la música me llena mas que nada, pero de todas formas está la escritura, el escribir historias de todas las índoles, aunque el género de suspenso y terror lo adquirí leyendo las grandes narraciones de Edgar Allan Poe.¿Te gustó mi Cuento de Terror? Para leer otra Historia de Terror mía, haz clic aquí: Historias de Miedo de Emilio Pinto