El Perro Fiel

Publicado por H. E. Pérez

El Perro Fiel

 

Pero Huan, el perro, era de corazón fiel,

y amaba a Lúthien desde el momento

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en que la había encontrado.

(J. R. R. Tolkien, El Silmarillion)

 

El Perro Fiel

      Estudios científicos señalan que los animales tienen emociones y no sentimientos, porque carecen de autoconciencia. Afirman que los últimos son resultado de la autoconciencia del yo, que sólo ocurre entre los humanos. Sin embargo, sí experimentan una cantidad de emociones que también tenemos nosotros: miedo, agresión, ira, defensa, dolor, etcétera.

Los científicos dicen que en el perro y en el gato la mayoría de sus conductas son aprendidas, es decir, reaccionan de manera elaborada. Explican que es un error pensar que sienten celos u odio, pues son sentimientos humanos. Si un can se juega la vida por su dueño, no lo hace por amor, sino por defensa, que es una emoción, no un sentimiento.

        Sin embargo, no todos opinan igual. Hay quienes señalan que algunos animales, como los perros y los gatos, por seguir con el ejemplo, se alegran, se enfurecen, extrañan y hasta sonríen. Estudios realizados en el cerebro de varias especies revelan, además, que pueden enamorarse. Áreas como la etología y la neurobiología respaldan esta creencia. Incluso hay casos de canes que se deprimen y que pueden llegar a morir luego de perder a un compañero querido.

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Quizás estos casos se aprecien más claramente en los mamíferos, ya que el hecho de amamantar a sus crías puede crear un nexo más férreo en sus relaciones cotidianas, tanto entre ellos mismos como con nosotros los humanos.

        Corría el año 1870 y mi madre, a sus veinte, ingresó a trabajar a un restorán que había llegado a instalarse al pueblo. Allí hizo muy buenas amistades (incluso ahí conoció a mi progenitor), en especial se amistó mucho con una señora treinta años mayor que ella y cuyo nombre mantendré en reserva.

         Esta dama hacía algún tiempo vio partir a su única hija quien, en un trágico accidente en el mar, perdió la vida a una edad aproximada a la que entonces cargaba mi madre. Quizás allí estuvo la fuerte conexión entre ambas, pues mi mamá también había visto fallecer a mi abuela.

         Yo nací cuando mi madre tenía veintitrés años y para todos fui una alegría, si no una bendición, aun para la amiga de mi mamá para quien fui como su nieto, incluso cada vez que estuve de cumpleaños recibí un regalo desinteresado de sus manos. Lo mismo sucedía cada navidad.

        Al cumplir mis veinte años quise retribuir todo el cariño que recibí de aquella señora que el destino había puesto junto a mi madre. Entonces compré un hermoso cachorro de bóxer, cuyo pelo corto, brillante y suave, de color leonado nos causó mucha gracia, y se lo regalé a esa mujer con un beso en su ya arrugada frente.

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        Al igual que a nosotros, el perro provocó gran revuelo en el círculo familiar de nuestra querida amiga, pues era una mascota muy inteligente y vigilante. Además de dócil y contar con una lealtad inigualable, soportaba estoicamente los juegos de los niños y no se cansaba de jugar con ellos.

 ∗

        Pasó el tiempo y aquella dama cayó enferma, por lo que tuvo que abandonar el trabajo en el restorán para quedarse en casa al cuidado de sus familiares, quienes le prestaban las atenciones necesarias para su mejoría. Sin embargo, seis meses después nos llegó la terrible noticia del fallecimiento de tan querida persona. Mi madre estuvo desconsolada al saber de su lamentable pérdida. Sin embargo, fuimos fuertes y nos repusimos de tan magro suceso.

        Nos vestimos de estricto luto para acompañarla, por última vez, en su velorio. Había muchos familiares y amigos de aquella mujer que la lloraban con desconsuelo. En verdad era una escena muy triste; pero algo nos llamó la atención de sobremanera, no sólo a mi madre y a mí, sino a todos los presentes en el domicilio: era Koki, el perro que antaño le habíamos regalado a nuestra querida amiga.

         El can entraba a la habitación donde velaban a su dueña y parábase en sus patas traseras, apoyándose en el féretro, como dando una última mirada a su propietaria fallecida, luego se echaba bajo el ataúd como sintiendo que nunca más recibiría sus caricias ni sus atenciones. Al salir al patio aullaba de la manera más conmovedora que jamás haya oído. Minutos después, repetía aquel penoso ritual.

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          Los aullidos del perro traspasaban como dagas afiladas nuestros corazones y más de alguna lágrima rodó por las mejillas de los deudos, no sólo por el dolor de la pérdida, sino también por el melancólico réquiem del bóxer.

         Hay quienes señalan que los animales no tienen sentimientos, a diferencia de los seres humanos, ya que actúan sólo por instintos básicos o emociones; ¿era Koki, entonces, la excepción a esta regla, o aún la ciencia no es capaz de determinar con certeza que los animales sí pueden sentir?

         Al día siguiente fuimos en caravana a sepultar a nuestra querida amiga. Hasta allá nos siguió Koki, y allí se quedó. Y cada noche el silencio nocturno nos trae desde el cementerio los aullidos del perro, que llorará sobre la tumba de su ama hasta que él mismo muera de tristeza… o de soledad.

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Fin.

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Dedicado a la memoria de Kiko, el bóxer callejero, al cual cuidé como si fuera propio. Muerto el 25 de febrero de 2013.

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