Leyendas Orientales Otros Cuentos de Miedo

El último cliente

Hoshino puso el taximetro en cero y se dispuso a dar una última vuelta por aquel barrio concurrido de la ciudad de Tokio. Cuando uno llevaba tanto tiempo conduciendo en las calles con él, no había prácticamente nada que pudiera sorprenderlo. A esas horas había presenciado todo tipo de escenas: tipos que salían borrachos de karaokes o bares, muchachas que salían de fiesta a escondidas de sus padres o que se dedicaban a la vida galante, y de vez en cuando algún tipo extraño.

Sin embargo, nada lo había preparado para lo que estaba a punto de ocurrirle esa noche.

Hoshino se internó en un callejón para recoger a un hombre, que desde el portal luminoso de un establecimiento de mala muerte le había hecho una seña. No pudo verlo muy bien por la gruesa gabardina que llevaba encima y como el cuello alzado le tapaba buena parte del rostro.

No obstante, como era el último cliente de esa noche y el horario lo permitía, sabía que estaba a punto de ganarse una buena pasta.

—¿A dónde lo llevo, jefe? —le preguntó, poniéndose en marcha para salir del callejón.

Tras una extraña pausa, el sujeto le haló con voz gutural.

—No te preocupes por la dirección. Yo te indicaré como llegar.

Muy extrañado por esta contestación, Hoshino se limitó a permanecer con la mirada puesta en el camino, sin atreverse a mirar a su pasajero a través del espejo retrovisor. Había algo en su voz y en su apariencia que le causaba escalofríos.

Condujo pues hasta llegar a las afueras de la ciudad y aunque el taximetro se había disparado, había algo en aquel recorrido que a él no le gustaba nada. Hacía un buen rato que el hombre en el asiento trasero se había callado y el sendero se encontraba muy oscuro.

—Jefe… eh, jefe, ¿ahora hacia dónde? —preguntó, esperando escuchar alguna otra instrucción del extraño.

Tal vez tuviera que llegar a una cabaña o algo por el estilo.

Hoshino miró por sobre su hombro y se llevó una sorpresa al ver que el hombre no estaba. No había ni rastro de él en el vehículo. ¿Cuándo se había bajado y cómo? Si en ningún momento había detenido el coche.

Ahora, lleno de miedo, Hoshino devolvió la vista hacia el frente justo para darse cuenta de que se dirigía hacia un acantilado. El taxista frenó violentamente y el carro derrapó contra el suelo, resbalando hasta quedar justo en la punta del precipicio.

A duras penas, Hoshino consiguió poner marcha atrás y se devolvió por donde había venido, hasta encontrarse a salvo de nuevo en las calles de Tokio.

Desde ese entonces, nunca volvió a trabajar hasta altas horas de la noche. Tenía miedo de encontrarse de nuevo con aquel tétrico hombre.

En Japón, existe una leyenda urbana que asegura que los taxistas deben tener cuidado con el último cliente que suba a su coche, pues este puede resultar ser un siniestro hombre que los guíe hasta su muerte misma.

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Acerca del autor

Erika GC

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