El Viento del Este (II)

Publicado por J. C. Loveless

Cuento enviado por John Christopher (fan del blog). Para leer el inicio de este cuento, haz clic aquí.

Primera Parte: Las Siete Voces (25 años antes).

Unidad Número 7

1

–¿Dónde está James? –Nadie respondió. Clara comenzó a palidecer.

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Frente a ellos estaban los restos de lo que hubiera sido una ventana, sobre los vidrios rotos descansaban hojas y ramas húmedas. El tronco estaba, como una víctima, recostado en el marco de la ventana rota; la cerámica se había roto al impacto y el concreto se había rajado. Era la fotografía de un rayo, en marcada por siempre en tonos blancos y negros, en la sala de estar; estaba ahí, como un invitado no deseado, el recuerdo de la bizarra tormenta que, con ímpetu, había desafiado toda lógica.

–Ellie… dime –la súplica estaba no sólo en su voz, ni en la expresión de su rostro, también estaba en la incertidumbre de su cuerpo que, a cada segundo, se hacía encogía más, haciéndose pequeño, al grado que, su espalda, había adquirido la forma de una tosca joroba– que has visto a tu hermano.

–No –Ellie tenía la cara llena de furúnculos y cicatrices, lo único bello en su cabeza era el largo cabello plateado que le llegaba a la altura de los hombros.

Clara, a sus treinta y nueve años, sintió, por primera vez en su vida, verdadero temor. Por un momento creyó que, con todo dando vueltas a su alrededor, caería, pero había descubierto, con el paso de los años, que eso no era del todo cierto. Tambaleando, y con una mano sobre el rígido pecho, sorteando los escombros de la pared y la ventana, llegó hasta la puerta y la abrió de golpe, una fría ráfaga de viento entró para refrescarla y aliviarle un poco el mareo.  Se apoyó contra el marco y cerró los ojos, de esa forma, descubrió, se sentía más estable.

2

Con los ojos cerrados, y las manos registrando el suelo –una lata, posiblemente de sopa, salió rodando hacía un lado cuando aplicó un poco de presión sobre ella–, gateaba. Estaba en una tienda y algo, aunque no sabía que, había ocurrido.

–¡Agáchate y vete! –le había dicho su padre en un susurro que no perdía para nada el tono autoritario, aunque tampoco sonaba del todo estable. Le había hecho caso, se había agachado e, involuntariamente, había cerrado los ojos–. ¡Vamos, vamos, apúrate!

Se escuchó el sonido de una detonación y más gritos ahogados. Luego de otra detonación, que ocurrió demasiado cerca, Clara escuchó como caían, a su alrededor, y sobre ella, cajas de cereales, frascos y latas con diversos alimentos. Una de las latas la golpeó en la nuca, reprimió un grito y se detuvo un momento.

–¡Vamos, mueve…!

La detonación se escuchó más fuerte y cerca, luego un sonido sordo. Clara siguió avanzando a ciegas y con una velocidad más rápida. Una mujer gritó cuando Clara quedaba protegida bajo los suéteres. Estuvo dentro de aquel lugar mucho tiempo, escuchando detonaciones una y otra vez, mientras se cubría los oídos con sus manos y rezaba para que aquello acabara. Claro que sabía que estaba pasando, pero tenía miedo, mucho miedo, y por ello había tardado en reaccionar como era debido. Había estado comprando con su papá, no llevaban mucho tiempo cuando se había escuchado la alarma seguida de gritos y detonaciones.

Finalmente, luego de varios minutos pensando en las callosas manos que entrarían por entre la ropa y la sacarían de ahí, arrastrándola por el piso lleno de vidrios y sangre, tirando de su cabello y haciéndole daño, luego de pensar en los golpes que le darían y en los cortes que le producirían, después de pensar en todo eso y más cosas, cosas que no comprendía, recordó una película donde a una mujer que tienen como prisionera le vuelan la cabeza de un tiro; estaba aquella otra historia que su tía solía contarle, aquella donde un hombre demasiado viejo robaba niñas para… ¿Cuál era la expresión que usaba? Estaba apretando demasiado los ojos, le cuero cabelludo había comenzado a dolerle ahí donde le estaban enterrando las uñas… ¡Le estaban enterrando las uñas! ¡La habían atrapado y la iban a matar! ¡Como a la señora de esa película! ¡La iban a matar y…! ¡Dónde estaba su padre! ¡Por qué no escuchaba su voz! ¡Qué estaba pasando! ¡La iban a matar, mierda! ¡La iban a matar y estaba sola! ¡SOLA!

–… Ese señor le chupaba la miel a las lindas florecitas de las jóvenes como tú… –recordó.

Cuando abrió los ojos se había preparado para encontrarse con la cara de un hombre malo, o de todos ellos, pero ante ella estaban la ropa colgada de ganchos en aquella estructura circular de metal. Ya no se escuchaba nada en la tienda, a lo lejos, muy a la distancia, distinguió el inconfundible sonido de las sirenas, estaría bien. Relajó las manos y descubrió que era ella quien se había arañado el cuero cabelludo y arrancado unos pequeños mechones de cabello. Le dieron ganas de reír, ¿Cómo pudo ser tan estúpida? Todo estaría bien, sólo tenía que salir y buscar a su padre, ambos reirían de eso. Pero… comenzó a temer lo peor, estiró una mano e hizo una abertura entre la ropa, se puso de pie y…

3

… Salió a la enorme extensión de tierra –que, hasta hacía un par de horas, se hallaba poblada de enormes árboles y un largo camino hacia la salida– para observar a los perros corriendo sobre los troncos caídos y el lodo. Ya habían empezado a mover sus mecanismos a pesar de estar mojados. Las luces verdes brillaban con mayor intensidad.

–La luz verde indica unidades descompuestas –había dicho el vendedor mientras Clara y Jim firmaban el contrato para adquirir a los Cazadores I–470. Ahora Clara miraba como corrían siete de las ocho unidades trazando un gran círculo alrededor de los troncos astillados. Se encaminó hacia ellos en lo que le pareció una larga y lenta caminata, con los brazos cruzados sobre el pecho y el anaranjado cabello atado en una extraña coleta que le rodeaba la frente y regresaba a la parte posterior del cráneo para encajarse en el nacimiento de la misma. Cuando llegó al límite del círculo los perros pararon su carrera, permitiéndole el paso; apenas hubo cruzado, estos comenzaron a correr de nuevo. Ya veía el resplandor verde surgir por debajo de las ramas en el centro del círculo. Mientras más cerca estaba, la idea de que James estuviera ahí era, cada vez, más creíble, ya podía verlo aplastado y muerto, cubierto de lodo, hojas y sangre, con los ojos en blanco y los labios morados por el frío… Se acercó más mientras escuchaba el chirrido de las piernas robóticas cada vez más lejano a ella. Removió unas cuantas ramas y se rindió de remover alguna más al darse cuenta de que la unidad numero 7 permanecería atrapada de la cintura para abajo gracias al grueso tronco del árbol que aplastaba sus caderas. No fue necesario verificar daños severos, veía el aceite y varios trozos de metal asomándose de entre el pasto. Sintió alivio, vaya que sintió alivio.

Número 7. Igual esa unidad había estado presentando problemas desde hacía un par de meses… de hecho había comenzado a fallar justo una semana después de que callera en el maldito hoyo que yacía al costado derecho de la casa. Los hoyos habían comenzado a aparecer hacia cuatro meses y, en los primeros dos meses, no habían representado ningún problema, las unidades no se acercaban a los hoyos y los niños no jugaban cerca. Pero pronto habían comenzado a ser un problema, el agua de las lluvias y los orines de los animales salvajes se acumulaba y el hedor se hacía cada vez peor. Mandaron revisar y lograron sacar varios cadáveres de los hoyos inundados, les habían dicho que no había peligro en absoluto. Claro. Y cómo no se habían siquiera molestado en confirmar si eso era cierto… bueno, mejor la unidad a uno de los hijos.

–Debemos irnos de aquí, ya no es seguro –la voz de Jim la sacó de sus pensamientos. Miro al cielo donde los tres satélites mantenían en órbita a la luna.

–¿Es necesario? –Se escuchó decir mientras Jim la ayudaba a pararse– No puede volver a… por Dios, Jim, una tormenta así no puede repetirse… además, James no aparece.

–Lo sé. Escucha –Jim le tomó las manos, estaban frías y llenas de sudor; estaba nervioso, demasiado nervioso–, James es un chico muy listo, quizá esté en el refugio.

Recordó la noche anterior, cuando fueron despertados, de golpe, por el sonido de las ventanas al romperse, Clara había estado demasiada confundida para reaccionar, pero Jim no, la había sacado de la cama y conducido escaleras abajo, donde entraron en la despensa y pasaron el resto de la noche abrazados en la oscuridad de una noche sin electricidad. No había visto a Ellie y a Dann hasta la mañana y James… bueno, a James lo había visto por última vez la noche anterior durante la cena.

–Ya, ya –respondió– vamos.

4

Tras la casa, en un pequeño cobertizo rojo, había unas escaleras que descendían hacía un túnel largo que les conduciría a un vehículo que, por un camino subterráneo, los llevaría hacía el refugio del que Jim había hablado, y en el que esperaban ver a James… cuando llegaron a la bodega subterránea, cuya bóveda se sostenía a base de pilares rojos que se perdían en la oscuridad de las alturas, estaban los dos vehículos. Clara iba a entrar en pánico cuando recordó que James no sabía usar aquellos carros, pero los malos presentimientos no se iban, ¿Había cruzado, su hijo mejor, aquel extenso túnel…? ¿Había salido durante la tormenta…?

¿Qué estaba pasando?

–No creo que James haya ido por este camino –dijo mientras veía a Jim.

–Llévalos al refugio… yo también he pensado eso, me quedaré aquí para buscarlo. Pero llévate a Dann y a Ellie, allá estarán a salvo por si la tormenta vuelve.

–¿Qué hay de James? ¿Qué hay de ustedes, cómo se protegerán de la tormenta?

–Como lo hicimos tú y yo anoche. Tranquila, por favor, necesito que estés calmada, por los niños, ¿De acuerdo? Cuando lo encuentre nos reuniremos ustedes en la cabaña.

–¿Y si no lo encuentras?

–Con lo que ha pasado últimamente… esperemos que todo resulte según el plan.

–¡Mamá! –Ellie y Dann peleaban.

–Encuéntralo, por favor.

–Lo haré –Clara asintió, se estaba yendo cuando Jim habló–. Espera. Te amo.

–Yo te amo a ti… encuentra a nuestro hijo, por favor.

Clara partió y Jim regresó hacia la casa en busca del pequeño Jim.

«Tengo un mal presentimiento –pensó Jim mientras subía por las escaleras. »

Para leer la 3era parte de este cuento, haz clic aquí.

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¿Te gustó mi Cuento de Terror? Para leer otra Historia de Terror mía, haz clic aquí: Historias de Miedo de Jhon Christopher. Nací el 7 de noviembre de 1995. A muy corta edad desarrolle un gusto por la escritura, aunque no tanto así por la lectura. Mi primer libro fue Mago y Cristal de Stephen King, perteneciente al ciclo de La Torre Oscura. Casi como todos en este blog, desarrollé un gusto especial por el horror. Y, aunque este no es mi género predilecto para escribir, he decidido intentar escribir y compartirlo con ustedes. Espero les guste mi trabajo.

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