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Cuento enviado por: Carlos Fenix (fan del blog)

Capítulo 1

Dicen que cuando la hora de te llega, te llega.  Y a mí me llegó por anticipación el 15 de diciembre por la tarde, mientras daba un recorrido por los viejos bosques de Haven, el último quizá. En ese momento no lo sabía con la exactitud de ahora, ni siquiera en un pensamiento fugaz que asalta a la mente de vez en cuando, pero lo presentía; muy en el fondo de mi corazón.

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Iba acompañado por Bobby, mi leal y viejo perro. Era un pastor alemán y me lo había regalado mi hermano Pete hace diez años cuando apenas era un cachorro, con la excusa: “Pasas demasiado tiempo solo Nick”. Por en ese entonces tenía veintisiete años, y la muerte para mí era algo lejano e insignificante, que solo tortura a los más ancianos. Sin embargo, el tiempo había trascurrido tan rápido que parecía una ilusión. Por aquellos días en que Bobby era joven y fuerte, siempre me llevaba una ventaja en metros, corría y ladraba con euforia, se metía entre los arbustos durante quince a veinte minutos, y cuando llegábamos a casa, este estaba jadeando y aún enérgico. Ahora iba a mi lado con la lengua de fuera y olfateando de vez en cuando el sendero de tierra. Ya ni se acercaba a los arbustos. Se fatigaba con facilidad, y a veces me detenía para que recuperara el aliento. Que rápido iba el tiempo.

Subíamos por un empinado terraplén de tierra que zigzagueaba hasta la cima de una colina. El cielo se tornaba naranja a medida que el sol se ocultaba en el horizonte, lanzándole los últimos rayos de luz a Haven, dando por terminado el día. Las sombras de los pinos empezaban a desplazarse en formas grotescas, y el viento empezaba a soplar con más fuerza, estampado un aire frío contra mi cuerpo. De repente sentí como si la temperatura hubiera bajado diez grados de golpe. No hace falta mencionar que en Haven los otoños son helados y secos. Y ni hablar del invierno.

—Vámonos a casa, Bobby —. El perro levantó la vista y maneó la cola como si estuviera de acuerdo conmigo. —Bien amigo.

De modo que subí por el terraplén hasta la cima de la colina, con Bobby siempre a mí lado. Las ramas y hojas muertas crujían bajo mis pies a medida que avanzaba. Un chotacabras graznó a lo lejos, mientras el viento silbaba entre los árboles, las sombras crecían más y un tonó rojizo se apoderaba del cielo, anunciando el crepúsculo. La casa donde residía, se encontraba a unos catorce kilómetros de donde estaba, pero el coche lo había aparcado a un kilómetro y medio. Llegué a la cima y contemple fascinado el atardecer durante unos minutos con Bobby sentado a mí derecha. Estaba exhausto.

La bajada era empinada y resbaladiza. Alrededor los arbustos espinosos estrechaban aún más el camino. Aunque después se ampliaba y la maleza respetaba sus fronteras. Como odiaba esa parte del trayecto.

Empecé a bajar con cuidado, vigilando donde ponía el pie. Perdigones de piedras y tierra se desmoronaban apenas tocaba el suelo, por lo que en varias ocasiones estuve a punto de caer. Varias veces mi chaqueta se enredaba con algún arbusto y la llenaba de espinas. Bobby se encontraba un par de metros más abajo mirando como su amo debatía entre caer al suelo o seguir parado, parecía burlarse. Es increíble pensar como hasta un perro viejo tiene la suficiente agilidad para ascender y bajar colinas casi sin el riesgo de resbalar, o avanzar por la playa como si la arena apenas les molestarse, mientras nosotros: los humanos, nos caemos casi siempre o nos hundimos en la arena. Todo está en la física, habría dicho Collegan, mi viejo profesor de ciencias.

— ¿Qué tal Bobby? ¿Cómo lo llevas?

Ladró y movió la cola, jadeando.

—Bien. Me alegro.

Por fin pude posar mis pies sobre suelo firme. La luna ya se asomaba en el cielo, como una moneda blanca y estéril. Puntitos centelleantes empezaban hacerse visibles en la negrura infinita de la noche, y tardaría mucho en que sus compañeras, algunas de ellas posiblemente ya muertas, se unieran. El sol, apenas un destelló anaranjado con un aura rojizo, le daba las buenas noches a esta parte del mundo, y con él se iba el calor. Estaba a quince minutos del auto.

Así que encaminé mis pasos hacía allá. En medio de una penumbra creciente.

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