Encargo Mortal

Publicado por Un Fan del Blog

Cuento enviado por Giancarlo Del Ciello (fan del blog) desde Venezuela

– Soy yo… ya voy por ti… huye de mi!! –

Fueron las palabras que utilizó Juan Manuel al hablar con su amada Isabel ese día que supo que debía cumplir el peor encargo que en sus ya 15 años al servicio de la muerte le tocaría.

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Juan Manuel era por nacimiento y herencia un ángel de la muerte, no era un trabajo que él había elegido, sino una obligación que venía con su estirpe. Todos los hombres de su familia estaban unidos en este fatídico destino desde el siglo XV cuando uno de sus antepasados decidió hacer un pacto con la muerte a cambio de una vida digna, buena posición económica y comodidades. Lo que muchos llamarían un pacto con el diablo. No era tal, sino mas bien una función de recolector, su trabajo era acercarse a aquellas personas próximas a morir para darles la estocada final. No era algo sangriento, ni grotesco. Un simple toque en el hombro, o un beso en la frente bastaba para que el alma saliera del cuerpo del moribundo y ascendiera al juicio final donde su destino eterno sería decidido.

Habían muchos tipos de muerte. Aquellas de personas en las postrimerías de la vida, luego de largas y dolorosas batallas con enfermedades del cuerpo, Juan Manuel las sentía como liberadoras, pues pensaba que la gran mayoría de esas personas estarían agradecidas por el merecido descanso que su mano definitiva daba a sus almas.

Las muertes trágicas o accidentadas, a veces inexplicables, eran su trabajo más difícil, pues era como tener un obituario del día siguiente de la ciudad, sabía todo lo que ocurriría pero no podía interferir, sólo estar presente para liberar el alma de los cuerpos sin vida, esperar a que ocurrieran las cosas y posteriormente acercarse con frialdad y rapidez a recoger las almas. No podía interferir en el destino, solo constatar que se llevara a cabo.
Habían muertes que le eran particularmente difíciles de presenciar, especialmente aquellas de niños, pues sentía que las almas de estas criaturas quedaban perdidas sin saber lo que pasaba.

En todo caso, no era su trabajo decidir quién moría, solo ejecutar su tarea, pues no cumplirla o interferir en el destino era lo único que tenía prohibido y conllevaba la pena máxima para su oficio: la muerte y la condena eterna de su alma.

Isabel era el amor de vida de Juan Manuel, estaban juntos desde que eran sólo unos niños, jugaron, rieron, crecieron a la par de que sus cuerpos y deseos cambiaron, se apoyaron mutuamente siempre hasta que esa amistad especial se torno en el amor mas puro que pudieran sentir. Juan Manuel, a pesar de su destino señalado, sólo pensaba en llenar a Isabel de amor y hacerla feliz siempre.

Esa mañana cuando Juan Manuel recibió el encargo de que el alma de Isabel era la próxima a ser juzgada fue la peor situación de su vida. En sólo 72 horas debía despedir a su amada. Con lágrimas en los ojos y dolor en su pecho maldijo mil veces su estirpe y su desdichada tarea. No podía cumplir ese encargo mortal.

– Cómo hago? No puedo. – Se repetía en su cabeza. Isabel sabía todo de la vida de Juan Manuel, excepto su trabajo mortal. El sufrimiento del ángel era más fuerte que el de todas las almas que había liberado, sentía que cosechar el alma de Isabel lo haría el hombre más infeliz y desdichado sobre la Tierra. Fue allí donde entendió el dolor de todos aquellos familiares, amigos y amados de todas aquellas almas que durante 15 largos años había cosechado.

– Tienes que huir, desaparece ya… – Decía desolado a Isabel.

– Qué pasa? Haz enloquecido? – Preguntaba Isabel.

– No puedo decirte mucho, sólo que debes escapar, a partir de este momento no confíes en nadie, ni en mi… De hecho, en mi es en quien menos puedes confiar. – Respondió Juan Manuel.

– Me estas asustando!! No entiendo nada. – Agregó Isabel.

El se acercó a ella y la abrazó y calmándola le explicó su único secreto, su trabajo maldito. Con lágrimas en los ojos le pidió que desapareciera, que no pensara en él, que se fuera lejos, que lo borrara de su mente y de sus recuerdos.

Isabel pensó que todo era un juego, que todo era mentira. Juan Manuel se vio obligado a demostrarle que era verdad, dándole fechas, eventos, condiciones y detalles de muertes que sólo alguien con su trabajo podría saber. Ella se negaba a creer que su amor de toda la vida resultase en alguien tan sórdido y oscuro, lloraba sin parar, lamentándose de su destino. Finalmente corrió y se alejó en la oscuridad de la noche y dejó a Juan Manuel en su dolor.

El no sabía si era mayor dolor para él la muerte de su amada o seguir la vida sin ella.
Isabel escapó, cruzó muchos ríos, se alejó lo mas que pudo, pero en su interior Juan Manuel sabía donde hallarla. Sus almas y su esencia estaban unidas por el compromiso de la muerte. No había lugar en el mundo donde ella pudiese esconderse y él no la encontrara.

Se acercaba el día y la hora señalada y Juan Manuel pensaba en su tarea.

Isabel, inocente de los detalles de su muerte, había decidido vivir con normalidad, pues estando lejos de Juan Manuel no corría peligro. Eso creía ella.

Era de noche, Isabel regresaba hacia la pequeña habitación que había arrendado para escapar de la muerte, esa que nadie sabía donde estaba, sólo ella. Caminaba con una bolsa donde llevaba pan tipo francés, un tomate, algunas cecinas y un poco de queso, lo suficiente para cenar. También llevaba un poco de fresas, moras y arándanos con los que haría un jugo de frutos rojos. Trataba de no pensar en Juan Manuel y todo lo que había ocurrido pero era imposible. Trataba de seguir la vida pero sabía que era un engaño. Probablemente las compras que llevaba terminarían tiradas sobre la mesa y no comería nada. Sólo llegaría a sumergirse en su dolor.

Cruzó el pequeño pasaje que comunicaba desde la tienda donde compró los víveres hasta el frente del edificio donde se hospedaba. Se dispuso a cruzar la calle y vio en la esquina hacia su derecha una sombra, que le sonreía y la saludaba. No le resultaba familiar, era mas bien aterradora, era una mujer robusta, de estatura mediana, muy elegante, vestida con un sobretodo y un sombrero negro. Su rostro no se distinguía por la distancia y lo oscuro de la calle. Isabel volvió la mirada al frente y cuando vio la puerta del edificio sintió el impacto de unos faroles en su cara desde el lado izquierdo de la calle. Seguidamente sintió un fuerte golpe que la levantó de sus pies y la empujó hacia la acera, cayendo estrepitosamente al suelo mientras escuchaba el sonido de la frenada de unos neumáticos y vidrios partiéndose. En el fondo se escuchaba la carcajada de la mujer que estaba parada en la esquina y que había distraído a Isabel al cruzar la calle.

Isabel tirada en el asfalto de la calle se preguntaba: Estoy muerta? Finalmente si morí?
Seguidamente se levantó y vio que la mujer de la esquina se acercaba, la vio pasar por delante de ella y llegar hasta el auto destrozado. La mujer extendió su brazo a través del vidrio roto de la puerta del conductor y colocó su mano en la frente del herido, y este falleció en el acto. Isabel vio que la mujer venía ahora hacia ella y trató de alejarse empujando hacia atrás con sus manos sobre el pavimento.

– No temas. – Le dijo la mujer – Tu muerte ya tuvo su remplazo.  Y con el dedo índice señaló hacia el cuerpo sin vida de Juan Manuel tirado en el piso frente al auto.

– Los ángeles de la muerte sabemos que no podemos cambiar el destino de las almas sin perder la nuestra. – Le dijo la mujer mientras se acercaba al cuerpo en el piso. Y mientras llevaba su mano hacia la frente de Juan Manuel, la mujer agregó: Tal parece que este ángel te amó hasta la muerte!

Encargo Mortal
Giancarlo Del Ciello
Venezuela

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