Futakuchi-Onna

Publicado por Erika GC

Las Futakuchi-Onna son demonios muy comunes en la mitología japonesa. Estas criaturas habitan en la nuca de algunas mujeres, como bocas deformes y llenas de afilados colmillos, que se ocultaban debajo de sus cabellos. Al ser tan malvadas, suelen comer en grandes cantidades, usando los mechones del pelo de su anfitriona como tentáculos para engullir sus alimentos. Además, también pueden atormentarlas susurrándoles todo tipo de obscenidades o reproches para enloquecerlas de remordimiento, obligándoles a cometer los actos más atroces.

Hay dos razones por las que una mujer se puede convertir en una Futakuchi-Onna: la primera, comportarse de manera egoísta con la comida, negándose a compartirla con los que más la necesitan o comiendo en exceso, por puro placer. La segunda, dejarse arrastrar por la vanidad y privarse de alimentos para adelgazar en extremo.

La leyenda de las Futakuchi-Onna se remonta a varios siglos atrás y comienza con la historia de un habilidoso artesano, el cual era muy apreciado en su aldea por las hermosas esculturas que elaboraba con las manos. Este talento le llevó a acumular una considerable fortuna, pues todos los grandes señores veían con agrado su arte y pagaban para que les fabricara piezas exclusivas.

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A pesar de ser rico y exitoso, este hombre nunca había querido casarse pues era tremendamente avaro. Odiaba la idea de compartir su dinero con una mujer que no lo supiera apreciar. De modo que vivía muy campante y sin compromisos.

Más un día, una hermosa mujer llegó al pueblo y lo cautivó. Tenía la piel blanca como la leche, un largo cabello negro como la noche y una figura esbelta y exquisita. Pero lo que realmente le gustó de ella, fue enterarse de que comía muy poco y vestía con modestia. No derrochaba el dinero como otras mujeres, pues apenas y vivía con lo indispensable.

Una esposa así era lo que al artesano había estado buscando toda su vida. De modo que se dio a la tarea de cortejarla y tras varios meses de ir y venir, la mujer aceptó casarse con él y se mudó a su casa.

Su esposo comprobó que en efecto, comía muy poco y jamás lo atosigaba pidiéndole dinero para gastar.

Aun así se quedó muy consternado al darse cuenta de que la comida de su despensa se había reducido drásticamente. Como si en lugar de comer dos personas en casa, estuvieran alimentando a un regimiento. Su mujer sin embargo, continuaba delgada como un junco y apenas si comía frente a él.

Muy intrigado, el hombre decidió espiarla en lugar de marcharse al taller a trabajar. Tan pronto como la vio sola en casa, fue testigo de como una boca monstruosa surgía bajo los cabellos de su nuca, gritando todo tipo de improperios a su esposa y comiendo de forma incontrolable. El horror se apoderó de él de tal manera, que solo pudo preguntarse como era que había ido a encontrarse con una Futakuchi-Onna.

Ese era el castigo que el destino le había impuesto por tanta avaricia.

 

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