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La caja ronca

En esta escalofriante leyenda de Latinoamérica, dos jóvenes descubren porque es mejor no salir de noche, y porque nunca se debe dudar de las leyendas y cuentos que nos relatan nuestros mayores.

Carlos y Manuel eran dos amigos que vivían en San Miguel de Ibarra, una hermosa ciudad de Ecuador. Aquella mañana se encontraban juntos cuando el padre de Carlos, le pidió de favor a su hijo que recordara regar las plantas del jardín, ya que hacía varios días que no llovía y no deseaba que se secaran. El muchacho le dijo que sí, sin prestar mucha atención.

Cuando se hizo de noche, Carlos recordó la promesa que le había hecho a su padre y tuvo miedo de salir afuera. Estaba muy oscuro y apenas se podía ver un alma.

—Oye Manuel, ¿vienes conmigo a regar las plantas? Es que no quiero salir solo —le dijo a su amigo.

—¡Menudo cobarde! Vamos pues, yo te acompaño.

Los dos amigos salieron de la casa y entraron en el jardín. De pronto, escucharon como se acercaba un eco de voces que parecían susurrar letanías, dichas en un idioma extraño. Un escalofrío les heló todos los huesos.

Rápidamente se ocultaron detrás de un árbol y observaron como aparecía ante ellos, una procesión fantasmal, formada por figuras encapuchadas que flotaban sobre el suelo, mientras portaban largas velas blancas sin luz. Detrás de estos misteriosos espectros, iba un carruaje negro, conducido por una criatura con cuerpo de humano y cuernos en la cabeza. Su boca entreabierta mostraba dos hileras de dientes afilados.

En ese instante Carlos se acordó de una leyenda que solía contarle su abuela. Se trataba de la Caja Ronca, un desfile conformado por seres fantasmales del Más Allá, que deambulaban de noche.

La escena que estaban viendo era exactamente igual a las descripciones que le había dado el anciano.

Los chicos se pusieron a temblar de miedo, incapaces de mover un músculo, ni de despegar los ojos de aquella macabra visión. En un momento dado, el carruaje se detuvo a pocos metros de distancia, justo delante de su escondite. El horrible conductor volvió la cabeza hacia ellos, como si supiera que lo estaban observando. Una carcajada profunda brotó de su garganta, inundándolos de terror.

En ese instante perdieron el conocimiento…

Volvieron en sí por la mañana, cuando ya el sol estaba en lo alto. Se miraron confundidos y palidecieron al recordar lo sucedido. Miraron sus manos y se dieron cuenta de que ahora, ellos también sostenían velas.

Sin embargo estas no estaban hechas de cera.

Eran de huesos humanos.

Al instante las soltaron, soltando un alarido de terror. Sin decir una palabra se fue cada uno a su casa y a lo largo de la semana, de ahí no quisieron volver a salir.

Carlos y Manuel nunca olvidarían lo que habían visto esa noche. Con el tiempo se curaron del susto, pero no dejaron de contar aquella historia a sus hijos y nietos, advirtiéndoles que jamás debían salir muy tarde si no querían toparse con la Caja Ronca.

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Erika GC

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