Leyendas de Terror Cortas

La carreta sin bueyes

Corría el año de 1776 en San Antonio de Escazu, Costa Rica. Por aquel entonces, San José y sus suburbios eran tan solo pequeños pueblos rurales, habitados por campesinos y gente sumamente religiosa. Los aldeanos trabajaban duro cultivando sus tierras y se reunían a menudo con su sacerdote, el padre Emmanuel, para rezar.

Emmanuel quería construir una iglesia más grande, ya que la población estaba creciendo y deseaba acomodar a sus feligreses. Un día, cuando la gente se reunió para rezar, compartió su visión de una nueva iglesia con un altar, bancos y estatuas, todas hechas con madera de guanacaste y cedro amargo, bellamente pulida. La visión del sacerdote cautivó tanto a un joven, Eduardo, que se sabía que era especialmente trabajador, que se puso de pie para instar a la gente del pueblo a que cortara la madera para la nueva iglesia. No había tiempo que perder ya que estaban bajo una luna menguante, el mejor momento para cortar árboles pues la savia estaría más cerca de las raíces que sus ramas. Las mujeres fueron a sus hogares a preparar tortillas y tamales adicionales para el arduo trabajo del día siguiente.

Al amanecer, los hombres de la aldea fueron a lo que ahora es el Museo Nacional, pero en ese tiempo era un bosque conocido por sus fuertes árboles de Guanacaste. Los hombres de la aldea, y especialmente Eduardo, trabajaron duro todo el día, pensando en regresar al bosque al día siguiente. Colocaron los baúles en hileras ordenadas y se dirigieron a casa antes de que se pusiera el sol.

Sin embargo, un hombre no ayudó a talar los árboles: Pedro «El Malo». Él vivía en las afueras del pueblo en una casa grande que se podía ver desde la ciudad. Estaba descuidado, con el pelo largo y sucio, y grandes brazos musculosos, de azotar sus bueyes para trabajar más duro. Nunca iba a rezar con el resto de los aldeanos. De hecho, se decía que practicaba magia y se aliaba con el Diablo. Trabajaba su tierra solo y jamás compartía sus cultivos, incluso cuando la comida era escasa en el pueblo.

A la mañana siguiente, cuando la gente del pueblo se despertó, se asombraron al ver la gran casa de Pedro «El Malo». Había crecido en tamaño y tenía más habitaciones construidas. Al lado de la misma, se encontraba un molino nuevo, estable y una lujosa carreta de bueyes. El vanidoso y orgulloso Pedro «El Malo» sonrió mientras Eduardo fruncía el ceño.

La gente del pueblo jadeó horrorizada al descubrir que toda su madera había sido robada. Algunos hombres querían castigar a Pedro «El Malo», pero tenían miedo de su pacto con el Diablo. El padre Emmanuel aconsejó a sus feligreses que dejaran que Dios se encargara de él.

—No somos nadie para impartir justicia por nuestra cuenta. El mal siempre encuentra su castigo.

La multitud se dispersó enojada, mas un poco aliviada de no tener que enfrentarse a este hombre aterrador.

Al día siguiente, el padre Emmanuel bendeciría todas las carretas de bueyes en San Antonio. No había muchas para bendecir, pero todo el pueblo salió a ver y celebrar juntos. Los ánimos estaban por los suelos, la gente del pueblo seguía pensando en su madera robada y la pérdida de su nueva iglesia. El padre Emmanuel se dispuso a bendecir las carretas de bueyes en su humilde capilla, mientras los hombres se formaban en fila. Eduardo condujo su buey y su carro para esperar con sus semejantes.

Justo en ese momento, Pedro «El Malo» irrumpió en la ciudad con su nueva carreta de bueyes e se colocó al frente de la línea, exigiendo que el Padre Emmanuel la bendijera.

Pero este se negó. Pedro soltó una carcajada.

—¡No vine a bendecir mi carro, tonto, porque ya está bendecido por el Diablo, pero entraré en este santuario! —acto seguido, azotó a los bueyes para avanzar, pero estos no se movieron. Poseído por el Diablo, Pedro «El Malo» azotaba a los bueyes con tal ferocidad que seguramente les habría arrancado la carne de los huesos, no obstante, los bueyes no se movían.

El padre Emmanuel no pudo soportar más esta crueldad y pidió ayuda a Dios para librar al pueblo de este hombre malvado.

—Por el poder del Dios Todopoderoso, te maldigo para que vayas en tu carro por toda la eternidad.

Al decir esto, los bueyes se soltaron repentinamente del carro y lo lanzaron rodando cuesta abajo, con Pedro «El Malo» detrás de él. Los animales recibieron refugio y sus heridas fueron curadas por la gente. Eran almas valientes y merecían vivir el resto de sus vidas en paz por su inocencia.

Nunca se volvió a ver a Pedro «El Malo». Sin embargo, en ciertas noches soplaba un viento frío en la oscuridad de la noche y se escuchaba a lo lejos el crujido de una carreta solitaria que viajaba sin escolta de bueyes. El sonido de las ruedas girando a través del camino, hacían que incluso un hombre devoto se cubriera la cabeza con las mantas y marcara la señal de la cruz, porque sabían que era el Diablo quien estaba pasando.

Esta leyenda se ha transmitido a lo largo de cientos de generaciones, como una advertencia grave para aquellos cuya vanidad y arrogancia podrían tentarlos a alejarse del buen camino.

A veces la avaricia puede tentarte a hacer cosas malas, pero el pago no vale el precio.

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Erika GC

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