La casa de mi tía

Publicado por Elisabet

No estamos solos en este mundo. Cada día me convenzo más de ello. ¿Qué hace que unas personas puedan contactar con seres de otro plano y otras no? ¿Acaso son ellos los que deciden quién puede verlos?

Con el tiempo me doy cuenta de que contra más cercanos a la muerte, más sensibles nos volvemos. Solos vinimos y solos nos iremos, pero por el camino hay almas perdidas, desamparadas, que intentan agarrarnos de la mano, quizás para aferrarse a este mundo, quizás para intentar mostrarnos lo nunca revelado, lo que una vez muertos nos encontraremos.

A lo largo del tiempo he vivido extrañas experiencias, he sido testigo de visiones que contadas por un ser cercano, son aún más aterradoras.
Hace unos años decidí pasar una temporada en casa de mi tía, una mujer de 72 años con la cabeza muy bien amueblada pero delicada de salud. Vivía en una casa de campo a veinte minutos del pueblo donde yo me crié.

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Un carácter indomable junto con una rígida educación, hacían de mi tía una persona especial. Era sin duda una mujer fuerte pese a la fragilidad de su cuerpo. Su rostro, de formas delicadas, permanecía siempre con un semblante serio y sus ojos, pequeños y celestes, reflejaban la absoluta soledad. Nunca se casó, tampoco tuvo hijos, aunque según ella, los últimos años de vida los pasó rodeada de niños…

Me trasladé por un tiempo a su casa para cuidarla y para pensar un poco en lo que quería hacer con mi vida. A mis treinta y dos años y tras un desengaño amoroso, necesitaba aislarme una temporada y reflexionar sobre qué rumbo debía tomar para encauzar de nuevo mi camino.

Estaba anocheciendo. El coche se abría paso por el camino de piedra y una hilera de árboles entrelazaba sus ramas formando un arco espectral a modo de bienvenida. Los faros del coche iluminaron al fin la vieja casa de mi tía. Era un caserón antiguo con pórticos de madera y una fisonomía un tanto tétrica. La abrupta vegetación rodeaba el camino de entrada dándole un toque misterioso. Cuando bajé del coche, vislumbré la silueta de mi tía esperándome en la entrada con los brazos abiertos.

La casa disponía de cinco habitaciones: dos en la planta baja y tres arriba. No había apenas luz y los muebles eran muy antiguos. Yo me instalé en la habitación del fondo, la contigua a la de mi tía en la planta superior. Era una habitación sencilla con una cama de muelles, una mesita y un viejo armario carcomido. Pensé que con el tiempo le daría algún toque personal para hacerla algo más acogedora. Al bajar las escaleras, durante un segundo, una fría corriente de aire me rozó la nuca, como la caricia de una mano helada. Seguí bajando los peldaños y esta vez un olor inconfundible me hizo esbozar una sonrisa, mi tía había cocinado su especialidad para celebrar mi llegada.
Nos acomodamos en la mesa de la cocina, al lado de la chimenea. Cuando me dispuse a servir la cena mi tía se extrañó de que sólo hubiese llenado dos platos. Me miró de reojo, se levantó y llenó un plato más.
-¿Para quién es ese plato tía?
-Para él, me ha dicho que tiene hambre.
Nadie se sentó en la mesa con nosotras, pero algo me hizo pensar que no estábamos solas.

Me costó mucho conciliar el sueño aquella noche. Oía ruidos en la planta baja, pasos en las escaleras y ronquidos entrecortados procedentes de la habitación de mi tía. No me atreví a salir de la habitación, pero estaba segura de que había alguien más rondando por la casa.
A la mañana siguiente le pregunté a mi tía si ella también había escuchado ruidos extraños durante la noche.
-Claro hija, son ellos, pero saben que estás aquí y se esconden.
-¿Pero quiénes son? ¿los conoces?
– No. Son niños, hay cinco o seis y me molestan, me hablan todo el día y por la noche no me dejan dormir. A veces rascan mi puerta para que salga y se meten en mi cama o abren todos los grifos de la casa para que me enfade.
Por un momento pensé que la soledad había afectado seriamente a mi tía haciéndola desvariar e imaginar cosas imposibles. Me sorprendió mucho lo que me dijo pero más me aterró ver que todas las camas de la casa estaban deshechas. Alguien había dormido en ellas.

Fueron pasando los días y aunque no siempre sucedía algo, yo estaba totalmente alerta, inquieta, pues creía que alguien entraba en casa para asustarnos.
En una ocasión, llegué a casa y me encontré a mi tía sentada frente a otra silla. Estaba completamente pálida.
-Le has asustado.
-¿A quién?
-Al niño que había aquí sentado. Se ha ido corriendo hacia allí.
Mi tía señaló el oscuro pasillo que llevaba a la habitación del fondo, el trastero. Me acerqué lentamente y abrí la puerta con cuidado. Sólo había trastos viejos agolpados unos con otros. Aún así, un escalofrío recorrió todo mi cuerpo. Cerré la puerta y me apresuré de nuevo al lado de mi tía que entre llantos me dijo que estaba harta de esos niños. Estuvo toda la tarde jugando con ellos para que no se enfadaran y al oír la puerta salieron corriendo porque no quieren que les vea. Ella encendía el televisor y ellos lo apagaban. Cuando les reprochaba su actitud, los niños la zarandeaban para hacerla caer. Me dijo que vivía muerta de miedo y que gracias a Dios que había llegado yo… así al menos se marchaban un rato.
-Tía ahí no hay nadie, estabas hablando sola.
-Sabes que no es verdad, están todos en la habitación, pero no quieren jugar contigo. Me han dicho que tú también los oyes pero que aún no quieren que les veas. Mira, el niño que estaba aquí sentado se iba a tomar ese vaso de leche.
Efectivamente, en el suelo, junto a la silla, había un vaso de leche aún caliente.
Aquel día fue el último que pasé en aquel caserón. Aquella noche escuché arañazos en mi puerta y como si alguien se apoyara en ella esperando a que salga.
Mi tía estaba enferma, pero no estaba loca, sabía muy bien de qué hablaba. Ella siempre decía que los muertos están donde quieren estar y que a esos niños les gustaba estar allí. Ella hacía lo imposible para que se fueran, pero nunca lo consiguió. Dos años más tarde, una vecina la encontró muerta en la cama, con el rostro desencajado y un peluche entre las manos.

Yo nunca llegué a ver nada, pero sin duda, sentí a esos niños. Escuché sus risas y sus arañazos en las puertas. Durante ese tiempo me convencí de que no, no estamos solos y que si ellos eligen vivir contigo, si quieren que les veas, los verás y te será imposible deshacerte de ellos.

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