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La decapitada del arroyo Los Molles

Este relato, ocurrido durante el siglo XX en el departamento uruguayo de Florida, habla sobre uno de los crímenes más horrendos y pasionales de la época. Un crimen que hasta hoy sigue siendo recordado en forma de leyenda.

En un poblado cerca del arroyo de Los Molles, vivía una pareja recién casada. La esposa era muy bonita y por lo mismo, muy coqueta, y el hombre muy orgulloso e impulsivo. En un principio habían sido felices, hasta que la esposa, acostumbrada a llamar la atención de sus varios muchachos, comenzó a dejar de lado sus responsabilidades en la casa.

De pronto salía con excusas burdas para encontrarse con otro joven, que ya llevaba tiempo pretendiéndola a pesar de saberla casada. Esto encendió las sospechas de su esposo, quien resolvió vigilarla más de cerca.

Un día descubrió las cartas de amor que el tercero en discordia le dedicaba a su mujer, y así supo que la estaba engañando. Presa de una cólera terrible, tomó una pala y esperó a que llegara a casa. Cuando la vio entrar muy risueña, sintió que la sangre le hervía de furia.

—¡¿Y tú de dónde vienes a estas horas?! ¡Dime la verdad si no quieres que te abra la cabeza ahora mismo!

La muchacha, asustada, trató de convencerlo de que había estado en casa de su madre. Pero cuando él le mostró las cartas que había encontrado, no le quedó más remedio que admitir su infidelidad.

—¡Desvergonzada! ¿Creíste que podías burlarte de mí? ¡Esto lo vas a pagar muy caro! —y de un golpe le cercenó la cabeza, usando la pala con escalofriante precisión.

Cuando se dio cuenta de lo que había hecho era demasiado tarde. Desesperado y al borde del pánico, cubrió el cadáver de su esposa con una manta y luego lo aseguró con cuerdas, a las cuales ató unas piedras para añadir peso. Llevó el fardo hasta el arroyo y allí lo arrojó al agua, dejando que se perdiera para siempre en las profundidades.

Poco después de la desaparición de la chica, su esposo se fue del pueblo atormentado por la culpa y nadie lo volvió a ver. No obstante a ella si que la vieron. Había quienes aseguraban que su cuerpo sin cabeza deambulaba por el arroyo en las noches…

Hoy son muy pocos los que se atreven a cruzar por sus aguas, a no ser que no tengan más remedio.

Se dice que hay que tener cuidado si quieres pasar a caballo. La decapitada acostumbra esperar a los jinetes para sentarse detrás de ellos. Los más listos no se atreven a mirar al sentir su presencia, sino que actúan como si nada y una vez que llegan al otro lado Del Río, sienten como ella se baja y continúan sin mirar atrás.

Los que se voltean, por otro lado, son los más desafortunados, pues sienten tal horror al ver a la descabezada, que esta los ahoga en el arroyo, invitándolos a compartir su trágico destino hasta el fin de los tiempos.

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Erika GC

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