La Esfera que Bajó del Cielo

Publicado por H. E. Pérez

La Esfera que Bajó del Cielo

El quiebre entre ambos mundos generó lo que los científicos llamaron El Agujero del Fin de los Tiempos.

(Fraterno Dracon Saccis, Yo soy Arkham)

La Esfera que Bajó del Cielo

            Ahora es extraño ir de visita a casa de Dólovas, pues antes del terrorífico suceso que a continuación te voy a contar, querido lector, cada vez que iba a la parcela de mi entrañable amigo, sus perros salían a darme la bienvenida, incluso se quedaban varios minutos jugando conmigo, sin embargo, desde ese acontecimiento que marcó mi vida, apenas llego a la puerta del enrejado los canes me rehúyen y se alejan con premura, incluso Black, aquel labrador que yo mismo recogí de la calle cuando sólo era un cachorro, ahora me gruñe como si al mirarme viera en mí a un total desconocido.

Antes de que leas el cuento, te recomendamos que te suscribas al Canal Oficial de Youtube para que recibas Videos Gratis de Nuestros Cuentos!!! Clic en el botón:

Sin título

         Después de afeitarme, y aburrido de seguir encerrado en mi casa, decidí dar un paseo nocturno. Eran las veinte horas con quince minutos de un lánguido día domingo del sexto mes.

         Apenas abrí la puerta de calle un viento frío me despeinó. Entonces, tomé mi gabán de chiporro que estaba colgado en el perchero para darme abrigo y me propuse salir a caminar donde me llevaran mis pies, pues no tenía un rumbo planeado.

         En la calle ya no andaba nadie. Todos debían estar descansando, preparándose para al día siguiente volver a sus estudios o jornadas laborales. Sólo un pequeño grupo de perros sin dueños cruzaban de aquí para allá, tratando de encontrar algo de comida y abrigo.

         Tras quince minutos de marcha llegué a la vetusta y enorme parcela de adobe del anciano Dólovas, un antiguo compañero de parrandas. Abrí la puerta del enrejado e hice ingreso. Las oxidadas bisagras rechinaron mientras Black y Kaiser me daban la bienvenida ladrando y moviendo sus peludas colas. Caminé hasta la puerta de casa para anunciar mi arribo.

cielo-nocturno-cajon-del-maipo

         – ¡Aló, Dólovas! – grité.

         – ¡Buenas! – me dijo, tras el crujido de la puerta que se abrió.

         – ¿Qué haces?

         – Acostándome – respondió, soñoliento.

         – ¿Bebamos algo?

         – ¡Ya me tomé todo… no me queda ni una gota de licor!

         – ¡Bah! Vete a acostar entonces viejo canoso – le dije, bromeando.

         – Eso estaba haciendo – contestó, risueño -. ¿Te pido un favor antes de que te vayas?

         – Sí, claro…

         – Suelta a los otros perros que están en el canil.

         – Bueno, no hay problema. ¡Hasta mañana!

         – ¡Gracias! ¡Hasta mañana!

         Desde la casa de Dólovas el canil quedaba a unos ochocientos metros, por lo que fui caminando sin apuro. Como los perros no me veían, me aseguré de silbar mi chiflido característico para que me reconocieran al momento de abrirles la puerta. Garra, Charly y Tommy salieron jadeando, y se desperezaron para dar inicio a su trabajo de guardianes, no sin antes olfatear mis zapatos y mis piernas.

         Seguí caminando por el enorme predio de Dólovas. Los cinco perros iban atrás mío como una comparsa. Muy a lo lejos escuchaba los intermitentes relinchos de los caballos. Las vacas y los cerdos no emitían sonido alguno. Entonces me dirigí hacia las caballerizas, pero a medio camino me detuve y miré al cielo.

bfc9f19f8c540b567e3616935baf3fb8

         La noche estaba despejada, limpia, clara, con millones de estrellas adornándola. ¡Pero algo raro sucedió!, pues entre Mintaka y Alnilam, un hermoso astro refulgente, del mismo tamaño de ambas esferas, se deslizó con lentitud hacia el oeste. Quieto y con la vista fija en él seguí su parsimoniosa trayectoria. El silencio nocturno me permitía oír los chirridos de los grillos mientras el supuesto meteoro continuaba en movimiento. Digo “supuesto” porque, como pronto leerás, estimado lector, no lo era.

         Habré estado entre treinta a cuarenta segundos observando el rumbo del astro, hasta que de pronto éste comenzó a cambiar de color. Si bien en un principio era blanco como una perla, luego fue amarillo, naranja, rojo y finalmente… ¡desapareció! ¡Sí, tal cual, se esfumó!… De súbito, sentí un zumbido, como el de un zancudo, pero era un tono metálico, como provocado por una máquina… ¡Qué difícil de explicar lo que escuché! ¡Qué inefable! ¡Y qué temor siento al recordarlo!

estrella-fugaz

         Los caballos comenzaron a relinchar con desenfreno, mientras los canes, que en un principio me acompañaban, huyeron horrorizados. ¡El zumbido metálico se hizo más intenso y molesto! De pronto, una esfera de metal perfectamente lisa y compacta bajó desde el cielo, envuelta en una luz blanca y enceguecedora, y se detuvo a la altura de mi rostro. Era del tamaño de una cabeza humana adulta, es decir, de unos setenta centímetros de circunferencia, y advertí que desde su interior provenía aquel sonido que hasta el día de hoy recuerdo con miedo. ¡Traté de huir, pero no me pude mover!

         Querido lector, mi pulso tiembla y mis ojos se llenan de lágrimas mientras organizo cada palabra que le dará el final a este terrible relato. Así pues, (¡oh, fortaleza, acércate a mí!) haciendo acopio de mi valentía, terminaré de narrar esta espantosa experiencia vivida.

         De pronto, el zumbido metálico disminuyó su fuerza hasta transformarse en una voz semihumana, híbrida, opaca, seca, sin énfasis, plana, monótona y mecánica, pero con atisbos de supremacía y majestuosidad en cada palabra que pronunciaba… y, extrañamente, en un perfecto español, la esfera que bajó del cielo este mensaje me entregó: “¡No tengáis miedo, aún no es vuestra hora! Tenemos el poder de quitaros la vida y de acabar con toda la raza humana, pues de nosotros sois fruto. ¡Pero no temáis, pues aún nos sois útiles!”

1044101_587081257980238_815230692_n

         Con un fulminante destello la esfera desapareció de mi vista. Asustado como estaba, escapé lo más rápido que pude de la parcela de Dólovas. Exhausto, hice ingreso en mi casa y me dirigí al baño para mojarme la cara. Llené mis manos de agua, empapé mi rostro, y al abrir los ojos ante el espejo el líquido goteaba por una copiosa barba de aproximadamente quince días.

Fin.

www.facebook.com/heperezescritor

 

¿Te gustó? ¿Lo compartirías? ¡Muchas Gracias!
Share on FacebookShare on Google+Tweet about this on TwitterPin on Pinterest

Deja tu voto para que el autor sepa cuánto te gustó:

1 Star2 Stars3 Stars4 Stars5 Stars6 Stars7 Stars8 Stars9 Stars10 Stars (18 votos, resultado: 8,33 de 10)
Cargando…

Al autor del cuento le gustaría que lo apoyes apretando estos botones sociales y.... no te olvides de dejarle un comentario MÁS ABAJO!

Publicado por H. E. Pérez

H. E. Pérez

Te Recomendamos:

Publicado porH. E. Pérez

Visítame en: www.facebook.com/heperezescritoro escríbeme a: [email protected] gustó mi Cuento de Terror? Para leer otra Historia de Terror mía, haz clic aquí: Historias de Miedo de H. E. Pérez