Cuentos de Terror de Bolivia

La esposa del condenado

El marido de María, una modesta mujer, había llevado una vida sumamente licenciosa. Fumaba, bebía, se iba de parranda con sus amigos. Mientras su pobre mujer hacía lo que podía por cuidar de la casa y de sus hijos, este hombre gustaba de meterse en todo tipo de problemas. Finalmente, el hombre murió a causa de esta rutina tan caótica, dejando a su familia sumida en la más profunda miseria.

María no sabía que hacer para salir adelante.

Un día, sus vecinos le dieron una macabra noticia:

—María, fíjate que por ahí anda un hombre que se parece mucho a tu esposo, preguntando por ti. No pudimos verlo bien porque mantenía la cabeza inclinada y su voz era muy ronca.

Muerta de miedo, María les preguntó que podía hacer, pues temía que fuera el difunto que había regresado desde la tumba. Los vecinos le aconsejaron que cargara siempre con ella un espejo, un jabón y un peine. Y así lo hizo.

Cierta tarde, María volvía caminando a su casa cuando escuchó que alguien la llamaba. Al voltear, vio como un desconocido que se parecía muchísimo a su esposo la seguía, con la cabeza gacha. Rápidamente echó a correr y él fue tras ella. Tiró entonces el espejo entre ambos y este se convirtió en un mar inmenso, por el cual el condenado no pudo cruzar.

María se salvó.

Al siguiente día, la historia volvió a repetirse. El condenado fue detrás de la mujer y ella tiró ahora el jabón, que se transformó en un gran pantano que el muerto no pudo evadir.

María se salvó por segunda ocasión.

Al otro día, el condenado fue tras ella una vez más. María arrojó el peine que se volvió un espeso bosque, cuyas plantas estaban plagadas de espinas.

María se salvó por tercera vez.

Lamentablemente, el condenado no se rendía y María tuvo que ir a ver al cura, para que le diera solución definitiva.

—Manténte siempre rodeada de niños —le aconsejó él—, los niños son como los ángeles del Señor. Ningún espectro puede acercarse a ellos.

Desde ese instante, María decidió que no se iba a separar de sus hijos. Pero he aquí que aun así, una noche el condenado fue a buscarla. Se apareció en un rincón de su casa, asustando a los pequeños y poniéndole a ella la piel de gallina.

—Por favor, no me tengas miedo, no voy a hacerte daño —le dijo él—. He regresado porque no puedo descansar en paz, después de todo lo malo que hice en vida. Ahora necesito mostrarte algo. Sígueme.

La mujer fue tras él hasta el patio de la casa, donde el fantasma le dijo que se pusiera a cavar. Bajo el suelo, encontró enterrado un pequeño cofre lleno de oro y de joyas. En el momento en el que fue desenterrado, su esposo se desbarató convirtiéndose en polvo. Finalmente había hecho algo bueno por su familia y ahora podría hallar el descanso eterno.

María y sus hijos vivieron sin preocupaciones por el resto de sus vidas.

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