En la época de la Conquista en América, México fue uno de los países que más sufrieron a manos de los españoles. Sus costumbres y religión fueron abolidas por los principios de la Iglesia Católica, y miles de personas murieron al tratar de oponerse a los europeos. Fue una época oscura y sangrienta para los indígenas mexicanos.

Entre ellos, se encontraba una bella joven que se enamoró de un caballero español. Él, aprovechando los sentimientos que la muchacha le profesaba, no desaprovechó la oportunidad para obtener una noche de pasión a su lado.

Con el tiempo, sus encuentros se prolongaron y mientras más días pasaban juntos, más ilusiones se hacía la indígena con su amado.

Ella sabía que provenían de castas muy diferentes, pero le prometió convertirse a su religión con tal de que pudieran casarse como era menester. Ya tenían tres preciosos hijos juntos, pero el padre no podía reconocerlos porque no vivían en Santo Matrimonio.

Cada vez que le hablaba del tema, él le daba largas.

—Comprende que por el momento no puedo ofrecerte casamiento —le dijo el hombre—, la gente es muy prejuiciosa y no quiero arriesgarme a que te señalen a ti, o a los niños. Ya nos casaremos, más adelante.

Y la joven le creía, prometiendo esperar.

Un día, se encontraba en el mercado del pueblo, cuando escuchó como las campanas de la iglesia sonaban. La gente se arremolinaba en la entrada con algarabía, riendo. Una boda acababa de celebrarse y al parecer, quien se casaba era una persona importante en el lugar. La muchacha se acercó con curiosidad para ver de quien se trataba.

El corazón le dio un vuelco al darse cuenta de que el novio, era nada más y nada menos que su amado. Iba sonriente, llevaba del brazo a una hermosa chica española y vestida de blanco. Los recién casados descendieron por la escalinata de la iglesia y aunque los ojos del marido se encontraron con los suyos, él fingió no verla y subió con su mujer a un elegante carruaje.

La pobre indígena, humillada, corrió hasta la choza en la que vivía con sus hijos, llorando desconsolada. No pudo evitar odiarlos, pues eran prueba de la traición y la crueldad a los que había sido sometida. Poco después, se enteró de que el caballero español había regresado a su patria, donde viviría para siempre en compañía de su esposa.

Llena de ira y tristeza, tomó a los niños con frialdad y les dijo que irían hasta el río para tomar un baño.

Una vez allí, los ahogó y dejó que el agua se llevara sus cuerpos, maldiciendo al hombre al que alguna vez había amado. Sin embargo, apenas los perdió de vista, la pobre sintió remordimientos y se volvió a echar al río para buscarlos, gimiendo y llorando en vano.

—¡Mis hijos! ¡Mis hijos! ¡Ay, mis hijos!

La muchacha enloqueció.

A partir de ese momento, todas las noches, volvía hasta el río y gritaba de dolor por sus hijos, emitiendo un llanto desgarrador. La gente la escuchaba a lo lejos y sentía una profunda pena. Todos creían que los niños se le habían muerto por accidente, aunque no faltaban los más suspicaces, que la acusaban en silencio.

Cuando el dolor se hizo demasiado insoportable, la bella indígena se suicidó pero ni así pudo encontrar paz.

Los pobladores se estremecían de terror al percatarse de que cada noche, sin falta, podían escuchar su llanto lastimero en la lejanía, como un eco de ultratumba.

—Ay, mis hijos…

Desde entonces se le conoció como La Llorona. Y dicen que hasta hoy, la pena no la deja marchar de este mundo.

Deja tu voto para que el autor sepa cuánto te gustó:

1 Estrella2 Estrellas3 Estrellas4 Estrellas5 Estrellas6 Estrellas7 Estrellas8 Estrellas9 Estrellas10 Estrellas (36 votos, Calificación: 9,28 de 10)
Cargando…