Cuentos de Terror de Colombia

La maldición de Verónica

Era un día como cualquier otro, frío, nublado, clima natural en el pueblo. Yo era un chico de ciudad y no estaba acostumbrado a la vida de los pueblerinos, pero por motivos económicos nos tocó dejar la ciudad a mi madre y a mí. Llegamos donde un tío, él siempre ha sido de finca, de lidiar con animales y todas esas cosas, y ya que él se había mudado a una finca cerca del pueblo, me quedaba más cerca para estudiar.

Al llegar nos instalamos cada uno en su habitación, y me puse a desempacar las maletas para acostarme a dormir.

Esa noche, una luz me despertó. Pensé que provenía del pasillo pero cuando levanté la mirada, ví que venía del piso de mi habitación. Me levanté y para mirar que era. Había una tabla movida del piso; la terminé de quitar y dentro encontré un trapo que envolvía algo brillante. Lo destapé: era un medallón con una cadena y una cajita que se encontraba cerrada.

La cogí, la puse en la mesa de noche y me acosté a dormir. Al día siguiente lavé el medallón, me lo colgué y guardé la cajita, ya que en ese instante me habían llamado a desayunar. Estaba muy aburrido porque había dejado amigos, colegio, todo atrás para empezar una nueva vida como pueblerino.

La gente era muy amable y sociable, los primeros días todo fue muy bien, lo único extraño era que al caer la tarde, eso de la seis, el pueblo comenzaba a llenarse de una niebla muy espesa, que dificultaba ver y manejar. Por eso  nadie salía después de dicha hora. Me parecía muy raro, ya que el clima por el día, siempre era agradable. Sin embargo no le presté mucha atención.

Pasaron los días y llego el día de entrar al colegio, estaba muy nervioso puesto que aún no conocía a nadie. Salí de la casa de mi tío, que quedaba a unos cuantos minutos de la escuela. Todas las mañanas eran hermosas y el aire fresco eso me ayudaba a olvidar mi vida pasada. Llegué y me presenté a rectoría para que me indicaran donde quedaba el salón, donde me atendió la profesora y me mostró mi asiento. No miraba a ningún lado cuando de repente, una voz hermosa me hizo voltear. Era Juliana, mi compañera de clase: estatura promedio, ojos verdes claros, pelo castaño ondulado y una sonrisa que cautivaba.

-Hola, me llamo Juliana.

Yo, tartamudeando, le contesté.

-Ho-ho-hola, me llamo Steven.

-Es un placer -me dijo sonriendo, mientras me daba la mano.

Llegó la hora del recreo y todo el mundo salió. Yo me quede sentado en las escaleras frente al salón, con los audífonos puestos, hasta que sentí que me tocaban el hombro. Era Juliana, que traía un jugo. Se sentó a mi lado y comenzamos a platicar. Me contó sobre ella y le conté mí.

Ese día también conocí a mi mejor amigo, Andrés, un chico despistado, divertido, muy buena onda. Era primo de Juliana. Al terminar las clases, ambos me preguntaron donde vivía, revelando que su casa estaba muy cerca. Nos fuimos juntos, hablando todo el camino. Después de varios días nos volvimos los mejores amigos.

Todo iba muy bien hasta que un día, Andrés me invitó a ver una película después de la escuela. Ya que yo no salía mucho, pues mi tío no me dejaba, ese día pedí permiso a mi madre, aprovechando que él no se encontraba en el pueblo. Por suerte me dejo ir pero, al salir de casa, me encontré un anciano que me asustaba bastante. Siempre lo veía rondando al salir del colegio.

Al pasar por su lado, me habló en voz baja:

-Estás destinado y condenado, tú sabrás la decisión que deberás tomar. Protégete de la niebla.

Me quede mirándolo fijamente, lo único que se me ocurrió fue irme de allí corriendo hasta llegar donde Andrés, un poco agitado. A pesar de todo, no le quise comentar nada.

Ese día se nos unió Juliana,  esa noche se quedaba a dormir porque sus padres se iban de viaje. Pasó la tarde y no me fije en el tiempo; cuando vi la hora faltaban diez minutos para las seis, así que les dije que me iba, pues ya era muy tarde y mi madre se preocuparía por mí.

Iba caminando, pensando en lo que me había dicho ese anciano y no me había percatado de que estaba completamente solo. Cuando levanté la mirada, no había ni una persona a mis alrededores, parecía un pueblo fantasma, todas las puertas y ventanas estaban cerradas, los locales, las tiendas, nada estaba abierto.

Al ver que se comenzaba a nublar todo el pueblo, seguí caminando, esta vez más rápido. Sentí un escalofrío que recorrió todo mi cuerpo, fue algo horrible, nunca había sentido tanto miedo como ese momento. Comencé a correr pero no veía nada. De repente me torcí el pie y me caí, cuando me empecé a levantar escuché un llanto a lo lejos. Alcé la mirada y vi la silueta de una niña pequeña. Me puse de pie. Comencé a acercarme, y mientras más me aproximaba, el llanto disminuía.

Cuando le toqué el hombro para preguntarle que le pasaba y que hacía sola por ahí, empezó a reírse. Pero no con la risa de una pequeña y tierna niña, sino una risa macabra. Al voltearme a ver, me di cuenta de que tenía la cara blanca, los ojos negros y un aspecto demoníaco.

Comencé a correr con la esperanza de llegar a mi casa, gritaba pidiendo auxilio pero nadie contestaba y entre más corría, más fuerte se escuchaba la voz que me perseguía, junto con el eco de una risa malévola.

-Steven, ¿por qué corres? No corras, ven y juega conmigo…

Una luz se encendió a lo lejos y escuché una voz que me hablaba:

-¡Corre niño, entra aquí!

Yo, como pude, logré entrar y cuando miré quién era la persona que me había ayudado, descubrí a aquel anciano de la calle. Cerró la puerta y la atrancó, yo estaba muy asustado y no entendía lo que pasaba. El señor se me acercó y me habló con calma:

-Hijo, estás seguro aquí adentro, ellos no podrán entrar…

De repente, algo comenzó a golpear puertas y ventanas mientras oía aquella risa macabra y la misma voz que me había perseguido.

-Steven no te escondas, ven, sal y juguemos -ahora se escuchaba como si hubieran varios niños afuera.

Así transcurrió un largo rato, y en cuanto me pude calmar, le pregunté al anciano quien era y que era lo que está pasando.

-Mucho gusto, mi nombre es Fernando y lo que acabas de ver es la maldición de Filandia. Hace mucho tiemp, este era un pueblo muy tranquilo, no pasaba nada, todo el mundo era feliz hasta que ocurrió una tragedia. Esa niña que viste en el bosque era Verónica, una chica muy inteligente y curiosa para su edad. Todo el mundo la quería por su forma de ser, sus papás eran arqueólogos e iban de pueblo en pueblo buscando tesoros ocultos. Aquí, existía el rumor de que había un gran tesoro escondido bajo una terrible maldición. Sin embargo ellos no eran crédulos, ya que habían descubierto varios tesoros a través de leyendas locales y nunca les había ocurrido nada malo. Cuando llegaron aquí, Verónica apenas tenía cinco años y se instalaron en la plaza municipal del pueblo. La búsqueda duró dos años, hasta que un día, en una cueva, encontraron un escrito donde se leía lo siguiente: AQUÍ SE HALLA MI MÁS GRANDE TESORO, DESEADO POR TODOS, OBTENIDO POR NINGUNO, PORQUE AQUEL QUE DESEE MI TESORO POR MALDAD O AMBICIÓN NO PODRÁ SEGUIR ADELANTE. PERO AQUEL QUE LO QUIERA PARA HACER EL BIEN, LOGRARÁ CONSEGUIRLO.

-Ellos siempre buscaban tesoros para ayudar al pueblo, nunca fueron ambiciosos. Estaban caminando en la cueva cuando encontraron una cajita, dentro de la cual había un medallón, el mismo que llevas en tu cuello. También había una carta que contenía la llave para encontrar el tesoro, advirtiendo que debían portar el medallón para protegerse; de lo contrario, correrían el riesgo de perder a todas las personas que amaban. Desgraciadamente ellos hicieron caso omiso de la advertencia. Hallaron toda clase de joyas y diamantes, además de una escritura a la cual no le prestaron mucha atención.

-Al llegar al pueblo con aquel botín, la gente comenzó hablar y a murmurar. Cuando comenzaron a repartir el tesoro con los pobladores, muchos lo rechazaron diciendo que ellos no querían estar malditos, y que deberían devolver eso de donde lo habían sacado. Muy pocos les recibieron lo que ofrecían. Desde ese mismo día comenzó a bajar la niebla, al principio nadie le dio importancia, hasta que una noche, a lo lejos se escuchó, un grito de horror que espantó a todo el pueblo.

-Cuando se acercaron al lugar de donde provenía, lo que vieron fue horrible: había toda una familia muerta, les habían quitado los ojos y en las paredes, escrito con sangre, yacía un tenebroso mensaje: LOS MATARÉ A TODOS.

-Esa noche nadie durmió por el miedo. La policía manejó el caso como si hubiera sido un robo, ya que esa familia había sido una de las que recibió parte del tesoro. Al día siguiente murió otra familia y al siguiente otra, y así empezaron a aparecer varias familias muertas y cada noche, la neblina era más espesa. El pueblo, aterrorizado por lo que estaba pasando, le echó la culpa a los Quiroz y les pidieron que se marcharan, a lo cual se negaron. Esa noche, Verónica escuchó una voz que la llamaba. Fue hasta el cobre, dentro del cual sus padres habían guardado sy parte del tesoro. Vio las escrituras que habían encontrado junto con el oro y se sentó a leerlas:

Por culpa de este maldito tesoro perdí a los que más amaba, mi pequeño hijo y mi amada esposa. Éramos felices hasta que encontré esto, por eso lo escondo, para que nadie sufra lo que yo sufrí, porque este tesoro fue maldecido por un demonio que se alimenta del sufrimiento y el dolor de las personas que lo poseen, y te atormenta hasta la muerte. Extrae los ojos de sus víctimas para poder apoderarse de sus almas, sin embargo, me he dado cuenta de que existe una protección contra él: el que porte este medallón estará a salvo, aunque no por mucho. Entre más alma se lleve, más fuerte se volverá.

Estas escrituras dicen como se puede vencer a este ente maligno. Yo ya no puedo, ya perdí lo que más amaba y no tengo nada por lo cual seguir luchando. Logré contenerlo aquí, espero que nadie lo encuentre pero, si lo hacen, lean estas cartas, la única forma de contenerlo es devolviendo todo el tesoro a de donde fue robado y para destruirlo, deben que descifrar este antiguo pergamino.

Cuidado, él hará lo posible para impedirlo.

-Cuando la pequeña Verónica termino de leer la carta, corrió con sus padres para contarles lo ocurrido pero al llegar, se dio cuenta que estaban siendo atados en el centro de la plaza del pueblo. Iban a ser quemados, ya que se había difundido el rumor de que la única manera de acabar con las muertes que azotaban al poblado, era matando a los culpables.

-Al ver esto, la niña fue corriendo hacia donde ellos y llorando, pedía que no lo hicieran, que los soltaran. Alguien la cogió para colocarla junto a sus padres y así muriera con ellos. Verónica, como pudo, se soltó y escapó a su casa, donde se encerró y abrió el cofre. Cogió el medallón, la carta y el pergamino, y salió al bosque.

-Corrió y corrió hasta toparse con un viejo granjero al que le pidió ayuda. Él muy amablemente la llevó a su casa y la ocultó junto con su nieto. La niña les explicó lo sucedido y lo que tenían que hacer para acabar con la maldición; aunque iba a perdonar a la gente del pueblo por lo que habían hecho, que estaba segura que era lo que sus padres habrían querido que hiciera. Al día siguiente, decidió que iría para descifrar el pergamino. Entonces el granjero le dijo que cerca del pueblo, había una casa abandonada a la que nadie se acercaba y en la que podía esconderse.

-Pasó un año y cuando al fin pudo descifrar como destruir a aquel ente maligno, salió de su escondite, decidida a salvar el pueblo a pesar de todo el daño que ellos le habían hecho.

-Mientras realizaba el ritual,la gente del pueblo la descubrió y la capturó. Ella les explicó lo que estaba haciendo y por qué, mas ellos no le creyeron y la ataron. Insistían en que las muertes eran culpa de los bandidos que habían llegado en busca del tesoro descubierto por sus padres. En ese momento apareció el granjero exigiendo que la soltaran, pues lo que decía que era verdad. Lo tomaron por loco y lo encerraron.

-Cuando cayó la noche comenzó a descender la neblina; esta vez no cubría todo el pueblo, si no que se dirigía hacia Verónica. Al envolverla por completo apareció una figura tenebrosa, con los ojos rojos y una sonrisa macabra. Mientras despojaba de sus ojos a Verónica, ella maldijo a los pobladores hasta su último aliento, jurando que volvería cada noche después de la puesta de sol para vengarse de cada uno de ellos, llevándose lo que ellos más querían.

-Así iba a ser, hasta que una persona encontrara el medallón que había escondido. Solo dicha persona podría romper la maldición.

-Esa noche se escuchó una risa que perturbó al pueblo entero y desde entonces, a toda persona que se encontrara en la calle después de la puesta de sol, que tuviera las ventanas o puertas abiertas, se le aparece Verónica y pierde a su ser más amado. Casi siempre son niños, por eso en el bosque se te apareció y te llamo por tu nombre, porque eres el portador del medallón, el único capaz de destruir esa maldición. ¿Encontraste también las instrucciones?

-Sí, creo que sí, había un cofrecito pero estaba cerrado y no estaba la llave por ningún lado.

-Espera aquí y traigo algo.

Se dirigió a su recámara y volvió con una llave.

-Mira Steven, creo que esta es la llave que buscas para abrir el cofre, pero cuídala bien, no la vayas a perder.

-Gracias y perdón don Fernando. A todas estas, ¿usted cómo sabe todo? -le preguntó, apretando la llave y viéndolo con desconfianza.

-Tranquilo Steven, no te preocupes, te voy a decir que todo esto lo sé porque yo soy el nieto del granjero que ayudo a Verónica, y mi abuelo me advirtió que debía encontrar al que terminaría con la maldición. Ahora que te encontré tenemos que acabar con esto, antes de que ella se vuelva más fuerte.

-No, yo no puedo, apenas soy un niño que hasta hace poco vivía en la ciudad, no me preocupaba por nada y ahora me dice que tengo que salvar a todo un pueblo de una maldición que ellos mismos provocaron…

-Por favor, debes hacerlo, eres el portador del medallón, es tu destino.

-Bueno y en caso de que no lo consiga, ¿qué puede pasar?

-Moriríamos todos, porque si ella logra obtener el medallón, nadie la podrá detener y comenzará a esparcirse por el mundo entero. Ya está amaneciendo y la niebla se desvanece, puedes regresar a tu casa. Por favor, ten cuidado y ayúdanos.

Cuando Steven llego a casa, se dirigió a su cuarto, cogió el cofre y se sentó en la cama, con la llave en la mano. Lo observaba indeciso, preguntándose si lo que le había contado Fernando era verdad. Pero de no ser así, ¿cómo explicar todo lo sucedido? No sabía qué hacer.

Finalmente se decidió, abrió el cofre encontró un papel en el que se describía como detener a Verónica. Leyó las instrucciones y regresó a la casa de don Fernando, encontrándose en el camino con Juliana y Andrés.

-Steven, ¿a dónde vas? Ven, espéranos.

-Ah, hola Andrés, hola Juliana, ¿como están? Eh… yo tengo que ir dar una vuelta, hablamos luego.

-No espera, nosotros vinimos a visitarte -dijo Andrés-, ¿a dónde vas? Te acompañamos.

-Steven, ¿qué te pasa? Nos estás ignorando, ¿no quieres hablar con nosotros? -preguntó Juliana- Veníamos a ver si estabas bien, como ayer saliste tan tarde de la casa estábamos preocupados.

-Sí, sí, yo estoy bien, es que es una historia muy larga y complicada.

-Cuéntanos, te podemos ayudar, confía en nosotros. Confía en mí.

-Está bien, les voy a contar pero allá ustedes si me creen o no.

Entonces Steven les contó toda la historia y les dijo hacia donde se dirigía.

-Estás bromeando, ¿verdad? -se rió Andrés- Esos son mitos inventados por los ancianos para asustarnos.

-No lo molestes Andrés, yo te creo Steven y te voy ayudar a que soluciones todo esto.

-Eso lo dices porque él te gusta.

-Cállate, Andrés.

Los tres se marcharon hacia donde don Fernando y cuando llegaron, Steven le mostró las instrucciones y el las leyó.

-Perfecto Steven, ahora sabemos como derrotar a Verónica y a Gold Sil, el ser que se apoderó de su alma.

-Pero aun no podemos, ahí falta un pedazo.

-No te preocupes, yo lo tengo. Mejor apurémonos, antes de que se haga de noche y no tengamos tiempo de hacer el ritual.

La ceremonia debía ser donde había comenzado todo, la cueva del tesoro. Al llegar, dibujaron un pentagrama con una estrella de 6 puntas, sobre la cual debía pararse el portador del medallón y recitar una oración. Al caer la noche, se sintió un frio que penetraba hasta los huesos, seguido de un grito desgarrador.

Steven les ordenó a sus amigos que se ocultaran y le dio el medallón a Juliana para que se lo pusiera. Cuando empezó a recitar las palabras, toda la cueva se empezó a mover, revelando unos gritos desesperantes:

-¡Para, para! ¡Te voy a matar y a sacar los ojos, para que tu alma sea mía!

De pronto, todo quedó en silencia. Steven miró a su alrededor y cuando se dio la vuelta, Verónica estaba frente a él. Lo agarró del cuello y empezó a ahorcarlo, a lanzarlo contra los muros de la cueva. Estaba a punto de matarlo cuando Fernando le gritó que debía colocarle el medallón. Al escuchar esto, Juliana salió de su escondite y llamó al fantasma.

-¡Verónica, déjalo en paz! Si quieres un alma toma la mía -dijo Juliana.

Verónica soltó a Steven y tomó a Juliana. Estaba a punto de sacarle los ojos cuando ella le puso el medallón, provocando que la lanzara contra unas rocas y comenzara a gritar, mientras una luz enceguecedora alumbraba la cueva. Al levantarr la mirada, Steven vio el alma de Verónica y ella lo miró a él.

-Gracias por liberarme, ahora todo ha acabado. Coge el medallón y destrúyelo para que esto no vuelva a suceder -le pidió, antes de desvanecerse.

Steven corrió hacia Juliana y la tomó en brazos para ver si aún vivía, por suerte, ella despertó.

-¿Se terminó?

-Sí, ya acabó todo -dijo Steven.

Le dio un gran beso, la ayudó a ponerse de pie y salieron de allí. Algunos dicen que el medallón aún existe y que Gold Sil volverá para tomar venganza…

Enviado por: brayan montoya (fan del blog)

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