La Ofrenda

Publicado por H. E. Pérez

De vez en cuando los comerciantes varan sus embarcaciones en la bahía, y a veces cuentan historias.

(Marcus Sedgwick, La amenaza del caballo oscuro)

 

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La Ofrenda

 

            Al cumplir mis quince, me enteré por voz de mis propios padres sustitutos, Fred y Bertha, que yo no era su hijo natural. Y no sólo eso, pues además me contaron que cuando me recogieron de las turbulentas y oscuras aguas del océano, aquella gélida madrugada de agosto, estaba morado, a punto de morir, y que sólo tenía un año de vida, que ellos mismos me reanimaron con su propio aliento y que poco a poco pude reaccionar, retomando lentamente la respiración hasta que lloré con desenfreno y me estremecí de frío pese a las mantas con las que me cobijaron.

         Fred y Bertha nunca me ocultaron la verdad, y me dijeron que mi auténtica progenitora se introdujo en las negras aguas de las costas de Úngungoch y desapareció. Su cuerpo jamás fue encontrado; y desde entonces me crié con estos cariñosos padres sustitutos.

         Ahora bien, las pocas personas que están vivas en la actualidad y que conocieron a mi madre, nunca han querido hablar conmigo respecto a la decisión que tomó ella de suicidarse en las profundidades del mar… sin embargo, luego del fallecimiento de Bertha, cuando yo tenía veinte años, Fred me confesó la verdadera historia.

         Con la voz cansada, trémula, Fred me dijo que ni yo ni mi madre nacimos en el pueblo. Lo poco que recuerda de esa aciaga época es que ella llegó en una tarde lluviosa, de una semana difícil, donde el océano causaba estragos en la costa del pequeño Úngungoch, donde las tormentas eran habituales y, por ende, los botes pesqueros no podían zarpar para traer alimentos a las familias que esperaban famélicas en las diminutas casas de madera que pueblan la caleta.

         Me dijo que ella era muy instruida, que tenía un nivel de cultura superior al de los trescientos habitantes del pueblo, y que pidió asilo en la sede de la junta vecinal para poder alojar allí.

         Bertha, la presidenta de la junta de vecinos de la época, aceptó la solicitud de mi madre permitiendo que viviera en dicho recinto, ya que no tenía dónde más habitar, y también porque me cargaba en mí en los brazos.

         El populacho dice que fue en ese momento donde mi madre le auguró a Bertha que se acercaban tiempos mucho más difíciles que el actual para el pueblo, y que incluso éste sería “tragado” por el océano, y que la única forma para sobrevivir a esta situación era otorgarle a los Dioses del Mar un sacrificio humano.

         Como Bertha – al igual que el resto de los habitantes de Úngungoch – era una persona inculta, criada siempre a orillas del mar, se dejó convencer con rapidez por esta extraña mujer proveniente de la ciudad, instruida en conocimientos que iban más allá del ciudadano común. Fue así que Bertha supo de la existencia de Dagón y de Cthulhu, los cuales, según los datos entregados por mi madre, eran capaces tanto de destruir pueblos y ciudades enteras a su antojo como de otorgar dicha y abundancia si se les veneraba.

         Bertha se encargó entonces de difundir entre los habitantes del pueblo este conocimiento arcano y místico que mi madre le había entregado.

         Fue así que, más pronto que tarde, el pueblo ya hablaba de los Dioses del Mar y de la forma de adormecer su furia antes que la población completa desapareciera.

         Sin embargo, ya se cumplían seis semanas de la hambruna, ya que el mar no aplacaba su odio para con los humildes pescadores del pueblo. Esto conllevó a que los ánimos de exaltaran y, por ende, las turbas enardecidas pidieron que “alguien” tuviera piedad de ellos y concretase el sacrificio del cual tanto se les había hablado.

         Lamentablemente para mi madre la situación se le escapó de las manos, ya que los habitantes del pueblo no se atrevieron a ofrecer en sacrificio a uno de los suyos, y plantearon que era ella quien debía dar el ejemplo, ya que de su propia voz salió el medio de corregir esta grave dificultad.

         Según las propias palabras de Fred, mi madre en un principio se negó rotundamente, sin embargo, fue tanta la presión de los pueblerinos que, sin que fuera vista, una fría madrugada de invierno salió de la sede vecinal cargándome en sus brazos rumbo a las salinas aguas que bañan las costas de Úngungoch. Sólo él y Bertha lograron divisarla a lo lejos y así consiguieron rescatarme.

¤

         Después de diez años de que se lograra conseguir la abundancia de alimentos en Úngungoch y la calma del océano que cubre sus costas, los Dioses han vuelto a reclamar lo suyo.

         Para tranquilizarme del ataque de nervios que me afecta cada noche, me repito una y otra vez que era mi deber hacerlo, pues estábamos pasando hambre, no sólo yo y Fred, sino todos los habitantes del poblado… ¡no había nada para comer, y ante esto la impotencia era mayúscula! ¡Por eso lo hice!… Me costó una enormidad decidirme, pero reconozco que en mi desesperación no encontré otra salida… ¡alguien debía hacerlo!

         Fue así que con los ojos llenos de lágrimas agarré al viejo y querido Fred desde la cama donde dormía, cargándolo hasta el patio de la casa donde guardo el antiguo bote que él mismo me regaló. Puse al anciano en su interior, y con todas mis energías arrastré por la arena la pesada embarcación hasta llegar a la orilla del iracundo océano.

         La noche era clara, la luna llena brillaba en lo alto, pero más pronto que tarde sería cubierta por las nubes, ya que desde el poniente una nueva y horrible tormenta se aproximaba. Por lo mismo, el mar demostró su inquietud en plétora; y el olor a sal era arrastrado por un incesante viento hacia la costa.

         El enérgico oleaje me impedía meter el bote al océano, sin embargo, tras una dura batalla logré hacerme a la mar.

         Mientras remaba sentía un inmenso dolor en los brazos, ya que el oleaje, como ya lo señalé, era iracundo; y el ruido de las crispadas olas apenas me permitía oír el resignado llanto de Fred.

         Entonces, con la última reserva de mis fuerzas, cogí al viejo, puse un beso en su arrugada frente, y lo arrojé al océano como una ofrenda a los antiguos y perversos Dioses del Mar.

 

Fin.

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