La Pipa del Diablo

Publicado por H. E. Pérez

La Pipa del Diablo

          Si alguna vez me suicido, será en domingo. Es el día más desalentador, el más insulso.

(Mario Benedetti, La Tregua)

La Pipa del Diablo

         Muchas veces nos impactamos por el poder de la naturaleza. Ver cómo los elementos nos demuestran lo pequeño que somos como raza. Una leve llovizna puede pasar súbitamente a una tormenta, un suave viento a un huracán, una marejada a un terrible maremoto. Entonces ante estas situaciones incontrolables nos inquirimos: ¿es este el verdadero poderío de la madre tierra o hay alguna voluntad divina detrás de ello? Una anciana llorando al ver su casa destruida en el piso producto de un sismo se preguntará: “¿Por qué Dios nos hizo esto?”. Lo que a continuación te voy a contar, querido lector, demostrará que no es Dios quien está detrás cuando los elementos abusan de su fuerza.

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         En mayo de 19…8, vivía yo en una humilde casa en la localidad de Ch…, ubicada a 1.300 kilómetros al sur de la capital de un país de América del Sur. Ch… es una comuna pequeña, de unos 7.000 habitantes. Es un lugar más bien pobre, sin medios de transporte establecidos. Su gente vive de la agricultura, la pesca y el turismo, ya que un sinfín de personas de otras ciudades llegan para visitar su enorme volcán, el que se sitúa a las espaldas del pueblo y llevaba, para ese entonces, más de doscientos años inactivo.

          Mi padre llegó a Ch… en el verano de 1860, con veinticinco años de vida a cuestas. Era un artesano y pescador aficionado. Vivía en una ciudad llamada L… pero decidió emigrar en busca de tranquilidad. En Ch… levantó un restorán que tuvo mucho éxito hasta que la muerte de mi madre provocó que mi progenitor, sin ánimos de nada, lo cerrara.

         Mi madre, nacida y criada en Ch…, era hija de un pescador de la zona. De temple tranquilo, difícilmente se enojaba; pero siempre fue enfermiza, y con frecuencia sufría de fuertes malestares. Muy joven conoció a mi padre quien le dio trabajo en su restorán. Después de un año de formarse esa hermosa relación se casaron y tuvieron tres hijos. Yo fui el mayor, Gissella la siguiente, e Isabella la más pequeña.

         Sólo un año después del fallecimiento de mi mamá murió mi padre. En ese momento tuve que hacerme cargo de mis hermanas, especialmente de Isabella, pues ella también nació enfermiza. Me dediqué a la pesca y trabajé además en un matadero. Cuando Gissella cumplió su mayoría de edad comenzó a trabajar en un hotel y de esa manera me ayudaba a sostener la difícil situación financiera de la familia.

         Cuando Isabella cumplió diecisiete años cayó gravemente enferma y no pudo recuperarse de su estado, falleciendo una tarde lluviosa de junio. Un par de meses después, y cuando volvía a mi casa luego de mi trabajo, encontré el cuerpo inerte de Gissella. Un corte en su muñeca y una carta de despedida me explicaron su decisión.

         Así, a los treinta años quedé solo, huérfano y sin familiares. Leí cientos de veces la carta de Gissella y encontré muchas razones para que yo también tomara la misma determinación. ¡Decidí matarme!, pero lo haría de una forma que nadie encontrase mi cuerpo, o por lo menos que si alguien quisiera buscarme tuviese que esforzarse mucho en cumplir su objetivo.

         Una noche de otoño tomé mi abrigo y salí de mi casa. Camine cuatro kilómetros, aproximadamente, bajo la lluvia y me abrí paso hasta acercarme al pie de la cadena montañosa que cubre el lado oriente de Ch… Comencé a trepar con mucho esfuerzo entre los peñascos con la intención de subir lo más alto posible y lanzarme al vacío entre los cerros.

         Escalé por más de una hora. Todo mojado y lánguido llegué finalmente al tope de un alto cerro. Frente a mí se veía el volcán en su amplia majestuosidad. La lluvia cesó, pero estaba más frío y silencioso que antes. De pronto escuché un estruendo que venía de lo profundo de la tierra y comenzó a temblar. Varios peñascos cayeron cerca de mí. Me afirmé como pude a unos arbustos, pues mi propósito era quitarme la vida, no morir de un accidente. Después se oyó un estallido, y ahí, frente a mis ojos el cráter hizo erupción con toda la furia que tenía guardada por siglos. Una horrible y espesa cortina de humo negro y hediondo a azufre salió al exterior. El magma era vomitado desde las entrañas de la tierra quemando todo a su paso, bajando como un río de muerte rumbo al pueblo. Abajo podía verse a los aldeanos huyendo hacia la costa en un intento desesperado por salvarse.

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         Luego del primer estruendo se sucedieron cinco o seis réplicas más. El cielo era un caos de humo putrefacto. Ahora una lluvia eléctrica daba inicio. Los relámpagos explotaban haciendo todo más infernal que antes. Y yo ahí viendo con pavor, agarrándome como podía a los peñascos. De pronto ocurrió lo que nunca esperé que sucediera. Mi temple sucumbió ante lo que observé aquella noche, pues una garra enorme que salía del mismo volcán se aferró al borde rocoso del cráter. Era una mano negra, envuelta en llamas y goteando lava, luego otra zarpa igual a la anterior se aferró del otro borde. De pronto una silueta ciclópea, colosal, emergió del fondo de la montaña, ¡ERA EL MISMÍSIMO TORSO DE LUCIFER! Fue la visión más horrible que ha presenciado mi alma. Me escondí como pude entre la maleza y las rocas para que el demonio no me alcanzara con su vista. De pronto el diablo levantó una de sus manos llevándose algo a la boca. Para mi sorpresa era una enorme pipa de la cual fumaba brasas incandescentes y botaba un humo oscuro y fétido que se iba al cielo en espesas volutas. Luego de fumar, el ángel caído rió en forma macabra y volvió a su lugar de origen.

         Decidí entonces no llevar a cabo mi acto suicida y comencé un fatigoso descenso, mientras un nuevo y último sismo se dejó sentir. Llegué como pude a la aldea. En lo alto escuchábanse los estruendos de los relámpagos que iluminaban el cielo lleno de humo, la lluvia caía transformando la ceniza en una especie de pasta pegajosa, los animales huían en distintas direcciones, desbocados, algunas casas ya estaban desplomadas – ¡tanto era el poder de la voluntad de Satanás! -, el pueblo era un caos invivible. Escuché gritos a lo lejos y los seguí, eran las voces de los aldeanos que subían desordenadamente a unas embarcaciones que los trasladarían por mar a un pequeño islote frente a la localidad. Subí como pude a un barco y me alejé de aquel desastre.

         Llevo un mes viviendo en esta pequeña isla, y no me he resuelto a retornar, aunque muchos de mis coterráneos ya lo han hecho. Los que van regresan llorando y cuentan que todo está destruido, que hay que reconstruir el pueblo completo pero en un sector más seguro que las autoridades indicarán, que los animales yacen inertes y cubiertos de ceniza, ¡que todo está perdido!

Fin.

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