Cuentos de Terror de Bolivia

La Viuda Alegre

Martín era un muchacho bastante tímido y reservado, que casi nunca salía de su casa. Pero aquella noche, sus hermanos lo convencieron de ir con ellos a un baile que se celebraba en el pueblo. Cuando llegaron todo era música y algarabía. Los parientes de Martín no tardaron en sacar a bailar a unas jovencitas, más él se quedó en un rincón, aburrido y con ganas de marcharse.

Fue en ese momento cuando una mujer muy atractiva se le acercó. Tenía ojos grandes y negros como su cabello, una piel blanca como la leche y una linda sonrisa.

–¿Por qué estás aquí tan solo? ¿No te gusta bailar? —le preguntó.

—No, la verdad es que solo vine para acompañar a mis hermanos.

—A mí tampoco me gustan mucho las fiestas, ¿vamos afuera para platicar?

Martín aceptó, entusiasmado porque era la primera vez que conversaba con una joven tan atractiva. Charlaron por horas, rieron y él se sintió enamorado de aquella bella desconocida. Luego, repentinamente se besaron y él se dijo que aquella era la mejor noche de su vida.

—Ya va a ser medianoche y tengo que regresar a casa —dijo ella.

—Yo te llevaré, a estas horas no es seguro que una señorita ande sola por el camino.

Subieron los dos al caballo de Martín y tan pronto como la mujer estuvo en la silla de montar, el equino se puso a relinchar nervioso, como si le hubiera caído encima alguna clase de alimaña. El muchacho intentó controlarlo y se disculpó por el temperamento del animal.

—No te preocupes. Llévame al cementerio por favor, que ahí es donde está mi casa —le dijo ella.

—¿Al cementerio? Pero si ahí no hay nada más que tumbas.

La chica insistió y Martín se dirigió hasta el camposanto, pensando que tal vez la muchacha vivía por el rumbo. Durante el camino, un silencio espectral se hizo entre ambos. El joven quería hacer conversación pero cada vez que intentaba decir algo, las palabras morían en su garganta y se impedía voltear; como si algo dentro de sí le advirtiera que siguiera con la vista en el camino.

Finalmente, a lo lejos, divisó el cementerio.

—Ya vamos a llegar, ¿quieres que te acompañé hasta tu puerta?

Por toda respuesta, la chica emitió un grito lastimero y aterrador, que paralizó por completo a su acompañante. Sudando frío, Martín miró por encima de su hombro… y se dio cuenta de que detrás de él ya no montaba su amada, sino un esqueleto con ojos de fuego, que reía de forma gutural.

El caballo volvió a encabritarse y Martín cayó al suelo, aterrado. Lo último que vio antes de quedarse inconsciente, fue al espectro alejándose con rumbo al cementerio. Sin saberlo, había conocido a la Viuda Alegre, un ser que salía de su tumba todas las noches para matar a los inocentes de un susto.

Cuando sus hermanos lo encontraron a la mañana siguiente, tirado en el camino, no había nada que hacer. El pobre estaba muerto.

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