Leyendas de Terror Mexicanas

Leyendas de Día de Muertos de terror

Dicen que no hay que temer ni siquiera a la muerte y en México, existe un día en el que la gente se toma este dicho muy en serio. A continuación te presentamos cinco leyendas de Día de Muertos cortas, para compartir con familiares y amigos en esta fecha tan especial.

El hombre que no creía en Todos los Santos

Había un señor que vivía muy solo, hasta que conoció a una viuda con la cual se casó. Ella había heredado algunos bienes de su difunto esposo, entre los que se encontraban varios puercos, gallinas y guajolotes.

Llegó el día de Todos los Santos, pero el señor no quiso poner la ofrenda.

—No vas a matar ni siquiera un pollo —le dijo a su mujer—, ni a gastar dinero que no tenemos. ¿Quién dice que es verdad que los muertos regresan, si ya deben estar pudriéndose?

Cuando su esposa le insistió en que decían seguir la tradición, él se molestó muchísimo.

—¡Pues ve a cortar lo’e y guísalo si quieres poner tu ofrenda!

Se marchó entonces a trabajar en su milpa, mientras su señora cortaba lo’e y lo guisaba para colocarlo en el altar.

En el campo, su marido se extraño cuando después de oscurecer, comenzó a escuchar unas voces extrañas que venían del pueblo. Vio a lejos a varias personas que iban cargando tamales, atole y guisados de todo tipo.

—Fui a mi casa y la encontré muy linda, aproveché para traer mi pañuelo —decía uno—, ¿a ti como te fue?

—Muy bien, me ofrecieron todo lo que tenían. ¿Y a ti?

—¡Muy mal! —contestó alguien llorando— No me pusieron nada, pero vas a ver como no tardan en morirse.

Entre aquellas personas iba un hombre que cargaba una olla pequeña, que todavía estaba hirviendo. Todos a su alrededor le decían que mejor la tirara, que ellos le convidarían de su comida.

Al pasar a su lado, el hombre se puso pálido al darse cuenta de que se trataba del marido muerto de su esposa.

Rápidamente regresó a casa y le dijo que matara a un puerco para preparar tamales. La mujer se puso a trabajar afanosamente, mientras él se iba a descansar para reponerse del susto. Cuando todo estuvo listo y el altar lleno de comida, fue a despertarlo, llevándose una amarga sorpresa: el sujeto se había muerto de un infarto mientras dormía.

Por eso todos, hasta las familias más humildes, ponen su ofrenda sin falta. No sea que les pase como a aquel el hombre, el que no creía en Todos los Santos.

La fiesta de Todos los Santos

Hace tiempo, cuando llegó la fiesta de Todos los Santos, el dos de noviembre, —que es cuando los muertos regresan para visitar a sus seres queridos—, hubo un señor que dijo:

—Yo no creo para nada en eso de los difuntos, me voy a trabajar como siempre. Esperaré a mi papá con una jícara de enchiladas y unas ramas de wax tierno, ya que era lo que le gustaba comer. Nomás eso le voy a poner en la ofrenda.

Y así fue. Estuvo ocupado todo el día, hasta que se hizo de noche y entonces, a lo lejos, vio que venían unas personas cantando y platicando. Todas llevaban jícaras, canastas y ollas grandes con guisados, maíz, mole, tamales y otras delicias. algunos cargaban racimos repletos de plátanos, manzanas y naranjas, otros pan de muerto, chocolate y licor.

—Pero si yo a estas personas hace años que no las veía —murmuró él, pálido.

En ese momento, vio que al final de la concurrencia venían sus padres, muy tristes. Su mamá iba cargando una jícara pequeña con enchiladas y su papá, una rama de wax. El hombre se arrepintió mucho de no haber creído y los llamó.

—¡Papá!, ¡papá! Esperen, por favor, discúlpenme. No sabía que era cierto que venían, voy a buscar una ofrenda más grande.

—Ya es tarde, hijo —le dijo su papá—, tenemos que irnos. Pero si quieres, coloca la ofrenda en el portal de la iglesia, mañana, antes de la primera misa.

El señor regresó a casa y le dijo a su esposa que matara unos puercos y pollos para preparar tamales. Toda la noche se la pasó preparando el altar, para que al día siguiente pudieran rezar por las ánimas de sus padres. Al final, le entró un cansancio enorme y se retiró a dormir un rato.

No obstante, cuando su esposa lo despertó, lo encontró muerto.

Por la mañana, sus vecinos y amigos lo enterraron, y luego comieron los tamales que había preparado la noche anterior.

El hombre que no puso ofrenda

Cuentan que un pueblito del que hoy ya nadie se acuerda, vivía un hombre que no creía en la fiesta de Todos los Santos, cuando nuestros muertos regresan a ver como estamos. La gente estaba muy apurada, poniendo sus altares y preparando un montón de comida. Pero él no hizo nada y no conforme con no seguir la tradición, se burlaba de los demás tratándolos de tontos por hacer platillos para los difuntos.

Al final se fue al monte para buscar leña, para alivio de sus vecinos.

Iba por el cerro, cuando a lo lejos comenzó a escuchar unas voces espectrales que parecían llamarlo por su nombre. Miró a su alrededor, pero no vio a nadie, sin embargo, la piel se le puso de gallina al oírlas de nuevo.

—¿Por qué no nos estás poniendo ofrenda? ¿Cómo es que los demás están dando y tú no ofreces nada? Ya pusieron atole, tamales, mole, cochinita, ¿tú no vas a darnos nada?

Muy asustado, el hombre volvió a toda prisa al pueblo.

—¡Es verdad lo que dicen! —dijo a su familia— ¡Es verdad lo de Todos los Santos! ¡Apúrense a poner la ofrenda!

Corrieron a buscar puercos y gallinas, para matarlos y preparar comida, sin embargo era muy tarde. Esa misma noche, el sujeto se murió. Se dice que fue porque lo espantaron. Desde ese día, nadie se atreve a pasar por alto la ofrenda por miedo a ofender a los muertos.

La leyenda en Janitzio

Dicen que cerca de la isla michoacana de Janitzio, se oculta un tesoro increíble, que data de antes de la llegada de los españoles y es resguardado por las almas de los antepasados indígenas.

Hace cientos de años vivieron allí Mintzita, la hermosa hija del hija del rey Tizintzicha, e Itzihuapa, hijo del poderoso Taré, quien un día iba a gobernar sobre Janitzio. Los dos se enamoraron entre sí con locura y estaban a punto de casarse, cuando la llegada de los españoles truncó todos sus planes.

El padre de Mintzita fue apresado por Nuño de Guzmán y ella, desesperada por recuperar su libertad, se propuso ofrecerle al español el tesoro que se escondía entre La Pacanda y su propia isla. Justo cuando Itzihuapa se disponía a extraer tales riquezas, fue sorprendido por la sombra de veinte remeros, los cuales lo sumergieron en las aguas, convirtiéndolo en el guardián vigésimo primero del oro.

Mintzita, al ver morir a su amado, murió también de tristeza.

Ahora, cada noche del Día de Muertos, se dice que los amantes regresan con el teñir de las campanas del islote y despiertan al resto de los guardianes. Juntos suben a la cumbre más empinada de Janitzio, para recibir las ofrendas que les hacen los vivos. Entre el fulgor de las veladoras y los cantos de las nuevas generaciones, vuelven a dedicarse palabras de amor y disfrutan como lo hacían hace siglos.

Hay quienes han dicho que durante esa fecha en especial, las aguas del lago pueden escucharse llorar, como ánimas en pena.

El hombre que no respeto el Día de los Difuntos

Este era un sujeto que se fue a trabajar durante el Día de los Difuntos, a pesar de que le advirtieron que mejor se quedara a preparar su altar.

—¡Yo no creo en esas cosas, ni quiero perder un día de trabajo! —protestó— No pienso gastar mi dinero, ni mi tiempo en esas tonterías.

Y muy indignado se fue al monta, para cuidar de su parcela. Ya estando ahí, pudo escuchar una voz que lo llamaba a lo lejos, de forma macabra y lastimera:

—¡Hijo, hijo! ¡Quiero comer unos tamales, hijo!

El tipo se quedó estupefacto y pensó que debía estarse imaginando cosas, pues esa voz era igualita a la de su papá, que había fallecido hace pocos años. No obstante, pronto comenzaron a escucharse otras veces que platicaban entre sí, acerca de él. Voces tan familiares como escalofriantes, provenientes de sus parientes muertos. Lo llamaban y le pedían las ofrendas que les estaba negando.

—¡Vamos a ir por ti!

Asustado, el hombre volvió a casa y llamó a su mujer para que mataran unos guajolotes, y preparar mole y tamales que pondrían en el altar. Una vez que estuvo listo, se fueron a dormir, pero a la mañana siguiente, el sujeto no despertó.

Había cumplido con la tradición demasiado tarde. La comida para los difuntos no había llegado a tiempo y como castigo, estos se lo llevaron mientras dormía.

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Erika GC

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