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Leyendas de Guanajuato de terror

Entre los estados más hermosos y a la vez tenebrosos que existen en México, destaca Guanajuato, con sus calles empedradas y sus macabras historias sobre espantos. Famoso por sus momias y por sus fantasmas, este estado cuenta con todo un compendio de relatos que se han transmitido de generación en generación, asustando a grandes y pequeños. Hoy los vas a conocer.

Estas son cinco leyendas de Guanajuato de terror que te van a poner los pelos de punta.

El monumento a la Llorona

Se sabe que existe una hermosa hacienda conocida como «Los Siete Reales», ubicada en el trayecto que va desde Dolores Hidalgo hasta San Luis de La Paz, ambas ciudades en Guanajuato. Cuentan que por aquí solía aparecerse la Llorona, lamentándose y mientras deambulaba por las tierras de cultivo. Debido a esto, fue que las personas ya no querían salir de sus casas ni ir a trabajar la tierra, por miedo a encontrarse con ella.

Angustiado por la situación, el propietario de la hacienda mandó llamar a un sacerdote para que bendijera el lugar. Nada más poner un pie allí, el cura decidió que tendrían que practicar un exorcismo, debido al maligno ambiente que se había apoderado de aquella zona.

El ritual se llevó a cabo.

Pero antes de marcharse, el sacerdote le encargo al dueño de «Los Siete Reales» que levantara un monumento en nombre del ánima en pena, para que desapareciera definitivamente de sus tierras.

Así lo hizo. Fue construido en el año 1913.

Hasta el día de hoy, es posible ver la estatua de una mujer afligida. Dicen que la persona que recé un Ave María frente a ella y en honor a La Llorona, podrá encontrar solución para todas sus penas.

El Brinco del Diablo

En 1933, un grupo de lugareños de la sierra de Huanimaro se fue a pasear por el Cerro de los Tres Picachos. En esa época era tradición subir con leña cada 13 de septiembre por la mañana, en espera de las fiestas patrias. Así lo hicieron y tras llegar a lo más alto, pasaron el día juntos y trataron de encender un fuego.

Después del atardecer sin embargo, algo escalofriante ocurrió. Una oscuridad absoluta se apoderó del cerro, haciendo que ni las estrellas ni la luna fueran capaces de iluminarlo.

Enseguida se desató una tormenta terrible, un torrente de agua caía sobre la montaña y relámpagos monstruosos atravesaban el cielo. Asustadas, aquellas personas intentaron buscar un refugio. En un momento dado una de ellas miró hacia los picachos y allí, bajo la luz de un relámpago, fue testigo de algo que le heló la sangre.

Observó la silueta de un hombre vestido con traje, que saltaba tranquilamente de un picacho a otro, aunque esto habría sido humanamente imposible. Con cada brinco que daba, la tormenta parecía empeorar, como si el cielo estuviera enojado al verlo jugar así.

Supieron en ese instante que se trataba del diablo.

Cuando la tormenta se detuvo, y fueron capaces de bajar y volver sanos y salvos a sus casas, contaron lo que habían vivido a todos en el pueblo. No les quedaron ganas de volver a subir el cerro.

Desde entonces, este sitio es conocido como «El Brinco del Diablo».

El Callejón de la Buena Muerte


Esta historia transcurre hace bastantes años en la ciudad de Guanajuato. En un cuartito de la calle Alameda, vivía una anciana mujer con su nieto, al cual quería mucho. Lamentablemente eran muy pobres y tenían que sobrevivir a base de limosnas.

Un día, el pequeño enfermó gravemente y su abuelita, sin dinero para comprarle medicinas o llevarlo al doctor, se dedicó a cuidarlo y a rezar por él.

Por la noche la Muerte se le apareció en sueños, dispuesta a llevarse al niño.

—Por favor, no te lo lleves, es todo lo que tengo —le suplicó la anciana—, te ofrezco mi vista a cambio de la vida de mi nieto.

La Muerte aceptó y la mujer perdió la visión, pero su nieto se recuperó milagrosamente. A causa de su ceguera, volvieron a las calles a pedir caridad, donde el chiquillo se encargaba de actuar como lazarillo para su abuela. Y la gente al ver su triste situación, ciertamente les daba más limosnas.

Pasó el tiempo y una noche, la Muerte volvió a presentarse ante la vieja. Esta vez, era ella quien debía morir.

—No, por favor —suplicó ella—, que mi nieto no tiene a nadie y no quiero dejarlo solo.

—Muy bien —dijo la Muerte—, puedes vivir si a cambio me das los ojos del niño.

Horrorizada, la anciana se negó a hacer tal cosa, volviendo a suplicar por el bienestar del pequeño.

—Si no quieres venir conmigo, ni darme los ojos del niño, me los puedo llevar a ambos —le propuso la Muerte—, así, al menos estarán juntos toda la eternidad.

La anciana, pensando que era preferible a separarse y seguir sufriendo, aceptó, pidiéndole a la Muerte que se los llevara mientras su nieto aún dormía, pues así no sentiría nada.

En ese instante las campanas de la catedral resonaron de una forma que no se había escuchado antes.

Esa misma noche murieron. A la mañana siguiente, los vecinos encontraron sus cuerpos sin vida, abatidos por el frío. Fueron enterrarlos en un modesto funeral. Lo extraño ocurrió a los pocos días, pues las mujeres de la Alameda aseguraban haber visto a la Muerte deambulando por ahí, asomándose al sitio donde solían vivir aquellos pobres infelices.

Tiempo después aquel cuarto humilde fue demolido y en su lugar, los vecinos construyeron una capilla en honor el Señor del Buen Viaje.

El tesoro de Las Margaritas

Desde hace mucho tiempo se cuenta que en «Las Margaritas», una vieja hacienda de Guanajuato, yace un tesoro enterrado por los españoles, que hace cientos de años habitaban la construcción, durante la época del Virreinato. El lugar está habitado por las ánimas, que son las encargadas de ofrecer el oro a cualquier persona que esté dispuesta a hacerles un favor a cambio. Como destinar una parte de la fortuna a ayudar a los necesitados o auxiliar a la iglesia. Se cree que quien finalmente encuentre ese dinero, está obligado a celebrar un funeral en el cementerio local, aunque solo vaya a enterrar un féretro vacío.

Una noche, dos muchachos decidieron acudir a la haciendo con picos y palas para ver si podían encontrar el tesoro. Estaban convencidos de que iban a hacerse ricos, a pesar de todo lo que se contaba sobre este siniestro lugar.

La gente veía pasar sombras y escuchaba voces.

Armándose de valor, los jóvenes entraron en la casona y de inmediato vieron siluetas deslizándose por las paredes, emitiendo aullidos de ultratumba. Las ánimas señalaron el lugar en donde estaba enterrado el tesoro y ellos comenzaron a cavar, empleando todas sus fuerzas.

Justo cuando estaban a punto de alcanzar su recompensa, escucharon como los fantasmas alegaban entre sí, cada vez con más violencia. Un tropel de caballos surgió de la nada, arrollando a los muchachos y provocando que corrieran despavoridos de la hacienda, sin atreverse a mirar atrás. Esa noche no pudieron dormir por el pánico.

No obstante, a la mañana siguiente resolvieron volver para terminar de desenterrar el tesoro. Cual fue su sorpresa al llegar y ver que el huevo que habían cavado, ¡ya no estaba! Todo estaba como antes y a ellos, cansados y asustados por su aventura nocturna, no les quedaron ganas de volver a intentarlo.

Desde entonces no se ha sabido de nadie que se atreva a entrar en Las Margaritas de nuevo. Al menos no de noche.

El fantasma de la terminal del tren

Esta, es una leyenda que se cuenta en el pueblo de Jaral del Progreso. antiguamente, el único medio de transporte moderno con el que contaban las personas era el tren. Para que la gente no se cansara de esperar su viaje, el alcalde municipal hizo que instalaran bancas nuevas en la terminal del ferrocarril. Sin embargo no pasó mucho tiempo antes de que fueran destruidas y vandalizadas.

Lo que más hizo enfurecer al alcalde es que, a pesar de los reemplazos y arreglos que se efectuaban, siempre había alguien dispuesto a destrozar las bancas. De modo que decidió poner vigilancia por las noches para atrapar a los responsables.

Entonces ocurrió lo más insólito.

Cada vigilante que llegaba a trabajar en la terminal se retiraba al día siguiente, pues todos enfermaban de manera misteriosa. Cuando el alcalde preguntaba cual era el motivo, todos respondían que había un fantasma que rondaba la estación y que era el causante de su malestar. El gobernador, incrédulo, se fue a la estación de policía.

Allí se encontró con un oficial al que todos llamaban El Chino Herrera, y que era capaz de hacer cualquier cosa por quedar bien con la autoridad. El alcalde le encargó que fuera esa noche a vigilar la terminal y que cualquier cosa extraña que presenciara, se lo informara de inmediato.

Así se hizo.

Por la mañana, el gobernador estaba estupefacto al enterarse de que El Chino Herrera se había enfermado de pronto y no podía levantarse de la cama. Cuando fue a su casa para pedirle explicaciones, esta fue la historia que le contó:

—Fíjese que estaba haciendo mi ronda, como usted me ordenó, sin ver ni escuchar a nadie por los alrededores. A las doce de la noche sin embargo, comenzó a soplar un viento frío, que me heló toda la sangre. En ese momento escuché el llanto de una mujer. Asustado, intenté buscarla pensando que podía estar en peligro. Entonces la vi. Era una muchacha muy pálida, que iba rumbo al cementerio. Quise advertirle que era peligrosa salir sola tan tarde pero cuando me acerqué, ¡Dios mío! ¡La condenada no tenía piernas! Flotaba, flotaba hacia las tumbas. Me paralicé y ella me miró. Sus ojos eran rojos. Lo último que recuerdo antes de perder la consciencia, era que ella se abalanzaba sobre mí y yo gritaba de terror.

Aquella noche el policía falleció y hasta el último minuto, no dejó de jurar en su lecho de muerte, que todo lo que decía no era más que la verdad.

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Erika GC

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