Leyendas de Terror Cortas

Leyendas de terror clásicas

Hay historias que nunca mueren y en el género de horror no existen las excepciones. Quédate a leer estas leyendas de terror clásicas, que han impactado a generaciones y seguirán provocándote escalofríos cada vez que las recuerdes.

La venganza del ahorcado

Lo siguiente sucedió en un poblado estadounidense, durante un año incierto del siglo XX. Un importante terrateniente había sido asesinado a cuchilladas y en el crimen solo había dos sospechosos.

El primero era Jared Selum, un campesino humilde, que tenía todos los motivos para matar a aquel hombre, pues había sido quien le había quitado sus tierras. El segundo se llamaba Reth Zader, quien fungía como socio del difunto. Zader era muy astuto y sin escrúpulos. Respondió al interrogatorio de las autoridades con absoluta frialdad, sin dejar lugar a dudas sobre su falsa inocencia. Selum, por el contrario, fue traicionado por sus nervios y esto bastó para que la policía lo considerase culpable.

Murió ahorcado frente a todos los pobladores, no sin antes jurar que aun después de la muerte, cobraría venganza.

El caso fue cerrado. Esa misma noche, Zader tuvo una horrible pesadilla: veía frente a sí el cadáver en descomposición de Selum, balanceándose de la rama del árbol donde lo habían colgado. Sonreía con malicia y lo estaba señalando a él.

Despertó empapado en sudor frío. Tomó un trago para tranquilizar sus nervios y luego, como alertado por un presentimiento, miró por la ventana… la calle era únicamente iluminaba por la luz de la luna, pero aun así fue capaz de distinguir la silueta descarnada que se estaba acercando a su hogar. Era el cuerpo sin vida de Jared Selum, que sonreía igual que en su sueño y extendía los brazos para apoderarse de él.

El grito de horror de Zader interrumpió la quietud de la noche.

Por la mañana, los vecinos se horrorizaron al encontrarlo colgado del mismo árbol en el que habían ahorcado al campesino. O más bien, a lo que quedaba de él. Sus piernas y brazos habían sido arrancados con violencia y desperdigados en trozos por el suelo, conformando un macabro escenario. Y en su rostro desfigurado, aun podía distinguirse una mueca de absoluto terror.

Como pudieron juntaron los restos, pero se dieron cuenta de que faltaba un brazo.

Alguien sugirió desenterrar el ataúd de Selum, invadido por una horrible certeza. Sacaron el féretro de la tierra y al abrirlo… se encontraron con el cuerpo en descomposición del hombre, sonriente y sosteniendo entre sus manos el brazo faltante de Zader. Finalmente había regresado a cumplir su venganza.

No estaba lista

María era una profesora felizmente casada y joven. Ni ella ni su marido habían tenido suerte todavía para formar su propia familia, pero ella aguardaba con mucha esperanza el momento de poder convertirse en madre. Finalmente, tras varios intentos de concebir, un día recibió la feliz noticia de que estaba embarazada.

Lamentablemente, los doctores le informaron que se trataba de un embarazo de alto riesgo, por lo que tendría que ser muy cuidadosa para preservar la vida del bebé. Esto provocó en la maestra un grave cuadro de estrés y mientras más pasaban los días, mayor era su temor a perder a ese tesoro en sus entrañas, del que todavía ni siquiera sabía el sexo. Ya no dormía bien, era obsesiva con su alimentación y los cuidados que le exigía su gestación. Pero toda situación tiene un límite y debido a la ansiedad, María terminó sufriendo un aborto espontáneo.

Este suceso afectó profundamente a su familia y por supuesto, a ella misma.

Pasó más de un año antes de que María volviese a quedarse nuevamente embarazada. Esta vez, tanto ella como su pareja tomaron todas las precauciones, pero sin obsesionarse. Por suerte el embarazo concluyó de manera satisfactoria y la mujer tuvo una preciosa niña, que se convirtió en su adoración.

Nunca le hablaron del bebé al que habían perdido antes que ella y la pequeña creció, convirtiéndose en una chiquilla muy curiosa y alegre.

Cuando cumplió seis años se acercó a su madre, con gesto serio y le hizo una pregunta que a María la dejó pálida:

—Mamá, tú tuviste a otro hijo antes de tenerme a mí, ¿verdad?

La mujer sintió un escalofrío. No entendía quien podía haberle contado ese suceso tan triste a su hija, o como podría haberse enterado. Sin embargo, tratando de guardar la compostura, se apresuró a responderle.

—¿Pero quién te ha dicho eso, mi amor?

—No fue nadie, mamá. Solo que esa vez no pude llegar, porque aun no estaba lista.

El diablo en el monte

En Extremadura, España, había un pueblito en las faldas del monte, donde vivía un hombre que trabajaba como pastor de ovejas. Todos los días salía de su casa muy temprano para llevar a su rebaño a pastar. Aquella tarde regresó a su casa como de costumbre, dejó a los animalitos en el corral y salió de nuevo a pasear, montado en su burro.

Ya se había hecho de noche. Por el camino se encontró con un pequeño corderillo, el cual estaba vagando solo.

—Se habrá perdido —pensó para sí mismo y enseguida se bajó del burro para recogerlo; no quería que le pasara nada malo por ese rumbo, que era muy peligroso.

El pastor volvió a montar colocando al cordero detrás y se dispuso a volver a casa. Pasado un rato, escuchó como algo se arrastraba detrás de él. Cual fue su sorpresa al voltear y ver al corderillo le habían crecido unas garras enormes, que iban arrastrándose sobre la tierra.

—¡Madre de Dios! —exclamó— ¡Como le crecieron las patas a este animal!

Y entonces una voz profunda, escalofriante y cavernosa, le respondió:

—¡Y más me han crecido los dientes!

Cuando el pastor vio al cordero, se dio cuenta de que su rostro inocente se había transformado en una cara demoníaca, de ojos carmesí y largos dientes afilados entre los que asomaba una lengua bífida. Aterrorizado, lo empujó del burro y escapó de ahí a toda velocidad. Cuando llegó a su casa, estaba pálido y tembloroso. Pero por más que contó en el pueblo lo que le había pasado, no hubo nadie que le creyera.

Nunca más volvió a ser el mismo.

Tiempo después se suicidó arrojándose por un precipicio, en el monte. Y años más tarde su hija, la única que tenía, se mató de la misma manera, sin que nadie pudiera explicarse la razón.

Tres deseos

Se cuenta que esto sucedió en un pueblo pequeño, del norte de los Estados Unidos. Un día, un anciano solo y desorientado apareció vagando por las calles. No sabía quien era, ni de donde venía, ni tenía rumbo.

Cuando la noche cayó, el viejo llegó al final de una calle oscura, que se bifurcaba en varias direcciones. Entonces, alguien le habló.

—¿Cuál va a ser tu tercer deseo?

Asustado, el hombre contempló como una hermosa mujer, joven y misteriosa, emergía de entre las sombras. Por un momento, pensó que no podía estar dirigiéndose a él, ya que no la conocía. Intentó pasar de largo e ignorarla, pero ella lo siguió y bailando a su alrededor, volvió a hacerle la misma pregunta.

—Tu tercer deseo, ¿cuál va a ser?

El anciano la miró, molesto.

—¿De qué estás hablando, mujer? ¿Qué quieres?

—Dime tu tercer deseo.

—¿Tercer deseo? —inquirió con confusión— ¿Cómo podría tener un tercer deseo, si nunca he pedido un segundo, ni un primero?

—Los pediste, ya has tenido ambos —dijo la mujer—. Tu segundo deseo fue que las cosas volvieran a ser como eran antes de que pidieras el primero. Por eso no puedes recordar. Todos es justo como antes del primer deseo. Así que te falta uno, ¿qué es lo que vas a pedir?

El viejo lo meditó unos instantes.

—¿Sabes qué? Yo no creo en estas cosas… ¡pero qué demonios! Nada pierdo con intentar. Yo solo quiero saber quien soy.

—Curioso —la mujer esbozó una sonrisa burlona, se elevó en el aire y comenzó a desaparecer—, ese había sido tu primer deseo.

Entonces los recuerdos volvieron al anciano. Su identidad. Todo. Ahora sabía quien era.

Y daría todo lo que le quedaba por no haberlo averiguado nunca.

El pasajero

Humberto trabajaba como taxista. Estaba cubriendo su ruta nocturna como de costumbre, la jornada era tranquila y pudo reconocer varios rostros familiares, que trabajaban de noche como él o salían de juerga en esa zona. De pronto, vio a un hombre pálido que le hizo una seña para que se detuviera.

—Buenas noches, señor —lo saludó, mientras el desconocido abordaba el taxi—, ¿hacia dónde se dirige?

El pasajero se lo dijo y Humberto se puso en marcha. Normalmente se ponía a platicar con sus clientes, (como muchos taxistas) pero algo en el rostro de aquel sujeto le hizo desistir de la tierra. El ambiente en el vehículo se había vuelto incómodo. Encendió la radio.

Unas calles más adelante, pudo ver las sirenas de un par de patrullas policiacas y una ambulancia, en medio de un embotellamiento. Al parecer había ocurrido un accidente bastante grave. Él manejó con cuidado por un lado, sin poder evitar echar un vistazo. Justo en ese instante vio como los paramédicos recogían el cuerpo de un hombre inerte, el impacto lo había matado.

—Oiga señor, mire, como que el difunto se parece a usted, ¿no cree? —dijo, antes de pensar.

No hubo respuesta.

Humberto miró hacia el asiento y lo encontró vacío, pero lleno de sangre. Sintió un escalofrío. Temblando, piso el acelerador para marcharse a toda prisa, tratando de ignorar la macabra voz que escuchó a sus espaldas:

—¡No siga, señor, que yo aquí me bajo! ¿Cuánto le debo?

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Erika GC

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