Leyendas de Terror Cortas

Leyendas de terror de La Llorona

Entre la gran cantidad de leyendas escalofriantes que se cuentan en Latinoamérica, La Llorona es sin duda alguna, la más macabra y conocida de todas. Dicha historia es tan popular que cuenta con diferentes versiones en varios países, aunque la más destacada es la de México. Prepárate para conocerlas a continuación y pasar auténtico miedo.

La Llorona (Historia)

Antes que nada, es preciso hablar un poco sobre el origen de la Llorona. Origen que se remonta a una época anterior a la llegada de los europeos hasta América.

La Llorona más antigua que le dio vida a la leyenda, vivía en lo que en la actualidad es México, concretamente, cerca del lago de Texcoco.

En ese tiempo, los habitantes de la zona, conocidos como mexicas, veneraban a deidades que representaban a los elementos de la naturaleza. Una de ellas era Cihuacóatl, la mujer serpiente. Fue ella quien los acompañó en su peregrinación a la tierra prometida de Aztlán, donde posteriormente, se alzó el gran imperio de Tenochtitlán.

Cuenta la historia que en aquella nación surgió Chocacíhuatl, el espíritu de la primera mujer que murió dando a luz y volvió para alertar sobre la caída de Tenochtitlán.

Su nombre, proveniente de los términos del náhuatl choka, (llorar), y cihuat, (mujer), literalmente significa «mujer que llora».

Chocacíhuatl se convirtió en uno de los seres más temidos por los indígenas, desde antes de la Conquista. Generalmente aparecía flotando en el lago de Texcoco, como un cuerpo descarnado y casi en los huesos. Todo aquel que la veía estaba condenado a morir o a sufrir una desgracia.

Su lamento, más que llorar la pérdida de algún niño, lloraba por las torturas que iba a sufrir su gente a manos de los españoles:

—¡Ay mis hijos, ay, ay, ay! ¿A dónde van a ir para escapar de su terrible destino? Ay hijos míos, están a punto de caer…

Leyendas de la Llorona (Versiones)

Hoy en día, es complicado saber cual es la verdadera historia de La Llorona, debido a las muchas versiones que existen de esta leyenda a lo largo y ancho de Hispanoamérica. Se considera que la de México es La Llorona real, debido a la popularidad de su historia y sus orígenes, que se remontan a la época de la conquista.

No obstante, siempre es interesante saber como se la conoce en otros países.

Chile

En Chile, La Llorona es conocida como la Pucullén. Cuenta la leyenda que se trata de un espectro errante, al cual le arrebataron en vida a su bebé, cuando todavía era muy pequeño. Desde entonces vive penando por él per, a diferencia de otras versiones, en esta se le tiene como un espíritu benévolo, encargado de guiar a los muertos al Más Allá.

De acuerdo con la tradición, cada vez que alguien muere la Pucullén llora fuera de la casa del difunto y va dejando un rastro con sus lágrimas cristalinas en el suelo, que se detiene justo en el punto en donde deben enterrarlo. También suele llorar para que los fallecidos, luego de pasar al otro mundo, no se sientan ofendidos si sus seres queridos se lamentan poco por ellos.

Perú

Los campesinos peruanos describen a la Llorona como una mujer fantasmal que se hace presente en las chacras, llorando. A veces, en medio del silencio nocturno, escuchan una voz de ultratumba que les hace preguntas: «¿Ustedes saben dónde están mis hijos? ¿Los han visto?».

Colombia

La versión colombiana de la Llorona habla sobre una mujer con el pelo negro, espeso y muy rizado, en el que se posan los saltamontes, mariposas y luciérnagas. Su rostro es el de un esqueleto, con dos bolas de fuego ardiente en las cuencas de sus ojos. Ella no ha perdido a su hijo. Se dice que el pequeño murió cuando todavía era un bebé y es por eso que lo lleva siempre en brazos, arrullándolo envuelto en una cobija azul, sobre la que derrama lágrimas de sangre.

Cuentan los colombianos que siempre se aparece ante las muchachas que desobedecen a sus padres o llevan una mala vida.

Venezuela

En este país se cuenta que la Llorona era una adolescente que habitaba en los llanos venezolanos. Un día conoció a un soldado del cual se enamoró profundamente, y este, aprovechándose de su inocencia, la convenció de entregarse a él. Cuando la niña se quedó embarazada, creyó que el militar se casaría con ella, pero solo sufrió su desprecio.

El soldado se fue lejos y ella en su desesperación, mató con sus propias manos a su bebé nada más nacer. Al tener su cuerpecito sin vida entre sus manos, se dio cuenta del crimen que había cometido y comenzó a llorar y a gritar de dolor. Esa atrajo la atención de sus vecinos, quienes rápidamente se presentaron en su casa pensando que alguien la estaba atacando. No obstante, al ver lo que había sucedido la maldijeron por ser tan desnaturalizada y ella escapó al monte donde se transformó en espanto.

Ahí sigue hasta nuestros tiempos. Siempre está llorando y si se encuentra a un niño solo, lo roba y nadie lo vuelve a ver. Se la puede reconocer por ser una mujer joven, de piel muy blanca y cabello negro, que va vestida de blanco con una túnica negra encima y le llora al bebé muerto que lleva en sus brazos: «¡Mi hijo! ¡Mi hijo!».

Argentina

La Llorona argentina era una mujer loca, que se deshizo de sus hijos arrojándolos a un río. Fue tan grande el arrepentimiento tras verlos morir ahogados, que luego ella misma se quitó la vida pero su espíritu no pudo descansar, condenado a pagar en la muerte el daño que le había hecho a esos inocentes.

Quienes la han visto, aseguran que es una mujer pálida y delgada, que viste de blanco y no tiene pies. Se desplaza flotando. Por las noches suelta espectrales alaridos que hacen que hasta los perros chillen de miedo.

Ecuador

En Ecuador se cuenta la siguiente leyenda: hace muchos años, había una mujer que estaba muy enamorada del padre de su hijo. Desafortunadamente él era un canalla que la abandonó con el niño. Esto la enloqueció tanto, que la muy desgraciada se fue al río y dejó que se lo llevara la corriente. Cuando se arrepintió era demasiado tarde.

Llena de remordimiento, se sumergió en las aguas para tratar de recuperarlo y se encontró con su cuerpo sin vida. A una de sus manitas le faltaba el dedo meñique.

La mujer se suicidó y jamás pudo encontrar descanso eterno. Su espíritu erraba por las noches, llorando por su bebé y cada vez que alguien se cruzaba en su camino, ella le cortaba el dedo meñique.

Guatemala

La protagonista de esta leyenda es una mujer de nombre María, la cual se aprovechaba de la ausencia de su marido para tener una aventura amorosa. Producto de esta infidelidad quedó embarazada. Asustada por que su esposo pudiera descubrir que el niño no era suyo, decidió ahogarlo apenas nació y entonces la culpa pudo más que ella. Terminó matándose.

Esta Llorona guatemalteca también llora por su niño, y solo aparece en los lugares en los que hay agua, como los charcos de las calles, las fuentes, los baños y los lagos. Le gusta asustar sobre todo a los mujeriegos, a quienes busca matar por su comportamiento impuro. Pero también va detrás de los hombres que están solos. La única manera en la que se pueden salvar de la Llorona, es si una mujer les da la mano, ya que nunca ataca a las personas que van en pareja.

Costa Rica

Cuentan que la Llorona costarricense era una indígena muy joven y hermosa, que en tiempos de la conquista se enamoró de un apuesto español. Ambos sabían que era una relación prohibida, pues si el padre de ella se enteraba podía ser capaz de matar a su hija. Así que se reunían en secreto, en la parte más alta de una cascada.

Tiempo después sucedió lo inevitable y la muchacha se quedó embarazada. El padre, al darse cuenta, fue a buscar al español que la había deshonrado y lo mató.

Cuando el niño nació, el indio tampoco tuvo piedad de él. Lo arrojó al río y maldijo a su hija: por el resto de la eternidad estaría condenada a buscarlo, sin encontrarlo jamás. Dicen que a día de hoy la Llorona no ha podido librarse de la maldición. Siempre se aparece en las orillas de los ríos, emitiendo unos lamentos desgarradores.

El Salvador

La Llorona salvadoreña es el personaje más popular de los mitos de terror. La gente habla del fantasma de una mujer que va gritando por las calles, tratando de encontrar a los hijos que perdió y desapareciendo solo al entrar en alguna iglesia. Si alguien se encuentra con ella, se recomienda que nunca la mire a los ojos o podría terminar vagando con ella por la eternidad. Tampoco se le debe dar la espalda, pues de lo contrario se aparecerá al lado de esa persona.

Panamá

Los panameños conocen a la Llorona como la Tulivieja y es un ser mucho más demoníaco que los de otros países.

La Tulivieja era una hermosa joven a la que le gustaba mucho salir de fiesta, a pesar de que estaba casada y ya había tenido un hijo. Siempre se aprovechaba de su madre para encargarle al bebé mientras ella salía de parranda. Un día, harta de la irresponsabilidad de su hija, la buena mujer se negó a cuidarlo y como esa noche había un baile, la joven optó por dejar al pequeño junto al río, al lado de un tule, para recogerlo cuando volviera de la celebración.

Horas después al volver, sintió terror al darse cuenta de que el niño no estaba. La corriente había crecido y se lo había llevado para siempre. Por más que intentó buscarlo nunca logró recuperar a su hijo.

Como castigo por su negligencia y egoísmo, Dios la convirtió en un espectro de largos cabellos negros, agujeros en el rostro y patas de gallina invertidas en vez de pies. La Tulivieja sigue cargando con su condena hasta nuestros días y quienes la han escuchado, aseguran que su llanto es capaz de helarle la sangre a cualquiera.

Uruguay

Aquí se habla de la Llorona del Parque Rivera, atracción turística muy popular en Montevideo. Dicen que en cierta ocasión, vivía cerca de aquí una joven que estaba próxima a casarse. La muchacha también era madre soltera y le hacía mucha ilusión poder formar al fin una familia con su amado y su hijo. El día antes de la boda salió a caminar por el parque en compañía del bebé.

Soplaba un viento helado que hacía crujir a los árboles y no se veía un alma alrededor. De repente, una fuerte tormenta se desató haciendo que el lago del lugar se desbordara, mientras la pobre chica intentaba bordear la orilla con su hijo. Esa noche no regresó a casa.

La encontraron al día siguiente, flotando muerta en el agua. Pero del bebé no había ni rastro.

Desde aquel día fatídico, por el parque se ve deambular a una muchacha pálida y vestida de blanco, que llora inconsolablemente. Sigue buscando al hijito que el lago le quitó.

Honduras

La Llorona hondureña es una mujer que aparece en la orilla de los ríos, justo a medianoche. Se dice que tiempo atrás mató a sus tres hijos en un acceso de locura, ahogándolos en el agua hasta que sus cuerpecitos quedaron inertes. Cada noche llora por ellos, dejando escapar un lamento tenebroso: «¡Ay, mis hijoooooos!». Por eso debe tenerse mucho cuidado al andar de noche junto a un río, ya que a ella le gusta atrapar a las personas para ahogarlas, pensando que son sus niños.

México

En el mismo México se han llegado a contar varias versiones de La Llorona. Las más conocidas son las siguientes:

Leyenda corta de La llorona mexicana

En un pueblo muy humilde, vivía una joven mujer junto a sus tres hijos, a los que adoraba con locura. Su esposo, un hombre muy cruel y vicioso, los había abandonado. A pesar de tener que trabajar sola para mantenerlos, ella prefería que el marido no regresara, ya que estaban mejor sin soportar sus palizas y su abuso verbal.

Pero una noche, sin aviso, el hombre volvió al pueblo y se puso a aporrear la puerta, exigiendo que lo dejaran entrar. La pobre mujer, asustada, tomó a sus hijos y los escondió en su habitación justo cuando él lograba romper la puerta.

Su esposa se le enfrentó, pensando en proteger a los niños. En un momento dado de la discusión, el maleante le golpeó la cabeza provocando que cayera inconsciente en el suelo. allí permaneció malherida por horas. Cuando despertó no había ni rastro de sus pequeños por toda la casa. Desesperada, salió a buscarlos a las calles, preguntó a todo el mundo pero nadie los había visto.

Su marido también había desaparecido de nuevo, esta vez para siempre.

Nunca supo donde se había llevado a sus hijos y cada noche, envuelta en llanto, salía en su búsqueda hasta que perdió la razón. Desde entonces, cuentan por ahí que su alma sigue vagando sin descansar en paz, gritando por los niños que le arrebataron. Por eso las madres se cuidan de guardar muy bien a sus pequeños, temerosas de que la Llorona se los lleve si los ve solos.

La Llorona de San Pablo del Monte

Esta historia en particular se desarrolla en San Pablo del Monte, un pequeño pueblo del estado de Tlaxcala, habitado por artesanos y agricultores.

Aquí, la gente no acostumbra salir de sus casas después de las 10:30 de la noche, ya que a esta hora una oscuridad absoluta se apodera de las calles y con ella, se presenta algo diabólico.

Se trata del espíritu de «La Señora», una atormentada mujer que viene desde las milpas, emitiendo fantasmagóricos gemidos de dolor.

Ella vivió durante la época de la colonia y en aquel entonces, era conocida por ser la joven más hermosa del lugar. Desgraciadamente se enamoró de un mal hombre, posesivo y extremadamente celoso. Juntos formaron una familia, aunque no eran felices por la profunda desconfianza que le tenía su marido.

Un día, en medio de otro ataque de celos, el sujeto la encerró en una habitación oscura de su casa. Ahí permaneció dos largos años, sin recibir La Luz del sol ni hablar con nadie. Las ratas penetraron en el lugar y le mordieron la cara, dejándole cicatrices que arruinaron su belleza.

La pobre mujer se armó de valor para salir de su encierro, solo cuando escucho que sus hijos gritaban de miedo y dolor. Su padre les estaba cortando la cara, ya que sus bellas facciones le recordaban demasiado a las de su esposa, a la que ya odiaba con toda el alma.

La muchacha intentó salvarlos, pero era demasiado tarde: todos habían muerto a causa de sus heridas.

Su marido llamó a los perros feroces que mantenía en la casa y los lanzó contra ella, quien sufrió mucho mientras era destrozada por los dientes de esas bestias.

Con sus últimas fuerzas, consiguió arrastrarse hasta un río cercano con los cuerpos sin vida de sus hijos, y finalmente dejó que se los llevara la corriente. Debido a las crueles circunstancias en las que había mueto, su espíritu nunca pudo descansar en paz.

Dicen que cada año en octubre, es mejor no salir en absoluto durante el segundo sábado del mes. En esta fecha, «La Señora» regresa en busca de venganza.

La Llorona (Leyenda inventada)

Siempre he escuchado que la realeza guarda los escándalos más viles y atroces; que esa gente de cuna solía ser la más perversa, depravada y cruel de todos los tiempos.  Después de esto que os voy a contar, no me cabe duda.

Todos sabemos que con tal de mantener el linaje, por política, poder o por lo que fuera, los matrimonios siempre eran arreglados, vamos, que hasta los pobres se casaban de esta manera.  El príncipe Arturo de Setola no era la excepción…

—Es fea, padre.  ¿Se ha fijado en su cara?  Ese cuello tan largo y esos dientes  torcidos.  Me asqueo solo con verla.

—¿Y a caso te has fijado tú en tu madre?  Es un milagro que no hayas nacido con algún cuerno o con cuatro ojos.—Arturo solo suspiró.

—Hay otras princesas más agraciadas que…

—¡Ya ha sido arreglado!  Te casarás con Melania de Bourbades, piensa en tu futuro, conciliarías las relaciones con los cuatro reinos, además de que las tierras de los rebeldes de Carpenaules te pertenecerán.  Serás el rey más poderoso de la historia.—el anciano Rey tosió desgarradoramente.

—¿Te casarás con ella?—le preguntó retóricamente Madelaine, una de las damas más jóvenes y bellas de la reina.  Sus ojos verdes estaban aguados.

—No tengo opción…—respondió Arturo e intentó acercársele, pero ella se alejó con dolor.

—Entonces no deberíamos volver a cruzar palabra.—ella le dio la espalda y posó su mirada perdida hacia la ventana.

—Sabes bien que a quien amo es a ti, pero no puedo casarme contigo, aún si no tuviera que casarme con Melania, es imposible…

—Entonces no tenemos nada más que hablar.—dijo con orgullo, sus rizos dorados se movían con el viento que entraba por la ventana.

—Maddy…

—¡No me llames así!  Ya que te vas a casar y muy pronto serás el rey, quiero que me trates como lo que soy, una sirvienta.  No quiero que me tutees, no quiero que te dirijas hacia mí como si fuéramos semejantes…

—Pides demasiado.—bruscamente la volteó hacia él y la comenzó a besar.

La Llorona (1)

Era muy fácil para una joven enamorada, ilusa, dejarse arrastrar por la pasión, el ímpetu de la juventud los hacía rebeldes.  Se entregaron con fiereza y lujuria.  Él hizo añicos la fina bata que la cubría, entre besos hambrientos y brutales la penetró, inundándose la recámara con los sensuales gemidos.

—Podemos escapar juntos, Arturo.  Tengo unos familiares en Isla de Caleus, nadie sabrá de nosotros jamás…— aún sobre él y envuelta en las sábanas, tras culminar la entrega, le propuso ese plan, lo que fuera por retenerlo.

—No habré puesto el primer pie en el puerto cuando ya me habrán encontrado.  Madelaine, escapar a mi destino y ser descubierto sería tomado como traición, mi padre aún no está muerto, me harían decapitar.

—Tu padre no haría tal cosa… eres su único hijo…

No importaron las súplicas, lo que tenía que pasar, pasó.  Un mes después el Príncipe Arturo se casó con la princesa Melania y dos semanas después el rey murió, se coronó a Arturo como nuevo Rey.

—Si no te acuestas con tu esposa, ¿cómo pretendes tener herederos?

—Madre, ni con el licor más fuerte he podido pasar por alto la fealdad de mi repugnante esposa, no puedo…

—Pues haz un mejor esfuerzo.  Tenemos veinticinco años de paz, pero no quiere decir que debamos dormirnos en los laureles.  ¿A caso quieres morir sin herederos?

—No puedo siquiera verla…

—Tendrás entonces que valerte de ciertos trucos… al menos la pobre no está mal de cuerpo, pídele que se ponga de espaldas, vosostros los hombres sabéis a qué me refiero… puedes tomarla desde atrás y no tendrás que ver su cara, puedes imaginar a cualquier otra…

Detrás de las cortinas, Madelaine escuchaba todo y no podía evitar llorar, además porque ella había pasado a ser dama de compañía de su rival, la nueva reina.

—Mi señor esposo, no esperaba que visitara mi recámara…—la nueva reina no pudo evitar una sonrisa de alegría en su boca torcida y sus labios fofos.  Vestía una túnica transparente y su pelo de un tono casi anaranjado suelto, su cara repleta de pecas y los ojos marrones, no tenía ni la más mínima gracia.

—Voltéate.—le dijo Arturo secamente, con una voz más fuerte y ronca de lo normal, en su aliento se percibía el alcohol.

Ella se volteó, él la inclinó sobre una de las esquinas de la cama, le levantó la túnica y sin ningún miramiento, la penetró, con rabia y coraje, destrozando de forma brutal lo que hubiera sido su virginidad.  A la desdichada no le pasó por alto que Arturo susurrara el nombre de Madelaine cuando llegó al clímax, lo cual supuso para Melania doble humillación.  Tan pronto como Arturo terminó, se retiró a su recámara sintiéndose el ser más asqueroso del mundo.

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Mientras Madelaine peinaba a la ahora reina, no pudo evitar un ataque de náuseas y finalmente, acabó por vomitar en el suelo de la recámara, salpicando el vestido de Melania.

—¡Qué te pasa, mediocre!—Melania la abofeteó.

—Lo siento…

—“Lo sientes”.  ¡Anda y busca como limpiar este desastre!

—Sí, su majestad…—hizo una reverencia y salió casi corriendo de la recámara.

Entonces Melania ató cabos.  No le tomó mucho tiempo saber quién era su rival en el amor de su rey  y más rabia le dio las sospechas de aquellas náuseas.  Un odio voraz comenzó a crecer en su corazón.

—¿Desde cuándo lo sabes?

—Unas semanas…

—¡Y no me lo pensabas decir!—le reclamó Arturo.

—¡Con qué propósito!   Ya te casaste… tendrás hijos legítimos, ¿qué podría significar para ti un bastardo?

—Es mi hijo… nuestro hijo.  No puedo reconocerlo como heredero, pero sí puedo darle un título, puedo asegurar su futuro…

—¿Y cuando tu señora reina se entere?

—No tiene por qué enterarse.  Te mandaré a la villa de Giatoboa…

Ocho meses después nació el niño, grande, fuerte, vigoroso.  Muy parecido a Arturo, un bebé precioso y sano.

—Se llamará Antonio.—Dijo Arturo con el pequeño en brazos, lo conoció días después de su nacimiento.

Llevó muchos regalos para la madre de su hijo y para el niño, los dejó con sus sirvientes más fieles y dispuso para ambos las mejores reses.  Arturo iba una vez al mes a ver al niño.

Mientras Arturo celebraba por dentro el nacimiento de su hijo con Madelaline, Melania acababa de perder al suyo en el quinto mes de gestación.  Su madre se encontraba de visita en el castillo.

—Tienes que ser fuerte, eres joven, ya tendrás más oportunidades para concebir…

—Esa maldita mujer…—dijo Melania con los dientes apretados.

—¿De qué hablas?

—Sé que está con ella…. la maldita cortesana…

—Hija, es natural, no hay nada que puedas hacer para evitar que el rey tenga sus queveres extramaritales…

—Ella sí pudo tener un hijo…

—Entonces debes trabajar en recuperarte lo más pronto posible.  Si no le das un heredero, el rey se deshará de ti en menos de lo que canta un gallo.

Fue así como el alma atormentada de Melania no hallaría paz hasta que diera con Madelaine y su hijo.  A espaldas del rey, ordenó matar a todos los reciénacidos de Giatoboa.  Niños y niñas menores de un año de edad fueron sacrificados.

—No…  ¡Noooo!  ¡Mi hijo!—Gritó Madelaine cuando su pequeño fue arrancado de sus brazos y una espada cortó su garganta.  Quiso enfrentarse a uno de los guardias, pero fue recibida por una espada en el estómago que la atravesó numerables veces hasta matarla.

Madelaine no dejó el mundo de los vivos sin antes lanzar una maldición al rey y a toda su descendencia.

Una tarde, Melania se esforzaba tratando de traer al mundo a su tercer hijo, luego de dos pérdidas previas.  Una sombra negra y delgadilla, como un humo, entró por la ventana mientras se llevaba a cabo el parto.  Los gritos de Melania mientras pujaba eran más desgarradores de lo normal.  Cuando al fin la partera pudo sacar la criatura, la dejó caer espantada.  Había nacido muerto y deforme, moscas y un olor putrefacto salió de las entrañas de la reina.

Lo mismo ocurrió con todos los hijos que trató de traer al mundo, hasta que murió en el último parto de unos mellizos mounstrosos que murieron horas después dejando un olor nauseabundo que duró días.

Con todo lo acontecido, Arturo ya estaba volviéndose un poco loco.  Había perdido a su verdadero amor y a su único hijo, además de ser testigo de los horrorosos partos de su esposa.  Vagaba por los alrededores de Giatoboa, buscando un por qué.  Quién habría cometido tal bajeza contra esos inocentes.

—Arturo…—Escuchó a una mujer gritar su nombre a lo lejos.  Cuando volteó, justo a su lado estaba el espíritu enfurecido de Madelaine cargando al niño muerto, su ropita manchada de sangre.

—Maddy…

—Mi hijo….  ¡Mi hijo!  ¡Mataron a mi hijo!—le gritaba, pero era un chillido horrible que atormentaba y ensordecía, que conducía directamente a la locura, haciendo que Arturo se lanzara hacia el vacío.

Desde entonces se cuenta que Giatoboa quedó maldita para siempre, que durante las noches se escuchan los lamentos y el llanto de los bebés que fueron sacrificados y que cada infante al cumplir sus cinco meses de vida desaparece misteriosamente.  Treinta años después de lo sucedido, las personas más jóvenes de Giatoboa tenían 65 años.

La verdadera historia de La Llorona

En la época de la Conquista en América, México fue uno de los países que más sufrieron a manos de los españoles. Sus costumbres y religión fueron abolidas por los principios de la Iglesia Católica, y miles de personas murieron al tratar de oponerse a los europeos. Fue una época oscura y sangrienta para los indígenas mexicanos.

Entre ellos, se encontraba una bella joven que se enamoró de un caballero español. Él, aprovechando los sentimientos que la muchacha le profesaba, no desaprovechó la oportunidad para obtener una noche de pasión a su lado.

Con el tiempo, sus encuentros se prolongaron y mientras más días pasaban juntos, más ilusiones se hacía la indígena con su amado.

Ella sabía que provenían de castas muy diferentes, pero le prometió convertirse a su religión con tal de que pudieran casarse como era menester. Ya tenían tres preciosos hijos juntos, pero el padre no podía reconocerlos porque no vivían en Santo Matrimonio.

Cada vez que le hablaba del tema, él le daba largas.

—Comprende que por el momento no puedo ofrecerte casamiento —le dijo el hombre—, la gente es muy prejuiciosa y no quiero arriesgarme a que te señalen a ti, o a los niños. Ya nos casaremos, más adelante.

Y la joven le creía, prometiendo esperar.

Un día, se encontraba en el mercado del pueblo, cuando escuchó como las campanas de la iglesia sonaban. La gente se arremolinaba en la entrada con algarabía, riendo. Una boda acababa de celebrarse y al parecer, quien se casaba era una persona importante en el lugar. La muchacha se acercó con curiosidad para ver de quien se trataba.

El corazón le dio un vuelco al darse cuenta de que el novio, era nada más y nada menos que su amado. Iba sonriente, llevaba del brazo a una hermosa chica española y vestida de blanco. Los recién casados descendieron por la escalinata de la iglesia y aunque los ojos del marido se encontraron con los suyos, él fingió no verla y subió con su mujer a un elegante carruaje.

La pobre indígena, humillada, corrió hasta la choza en la que vivía con sus hijos, llorando desconsolada. No pudo evitar odiarlos, pues eran prueba de la traición y la crueldad a los que había sido sometida. Poco después, se enteró de que el caballero español había regresado a su patria, donde viviría para siempre en compañía de su esposa.

Llena de ira y tristeza, tomó a los niños con frialdad y les dijo que irían hasta el río para tomar un baño.

Una vez allí, los ahogó y dejó que el agua se llevara sus cuerpos, maldiciendo al hombre al que alguna vez había amado. Sin embargo, apenas los perdió de vista, la pobre sintió remordimientos y se volvió a echar al río para buscarlos, gimiendo y llorando en vano.

—¡Mis hijos! ¡Mis hijos! ¡Ay, mis hijos!

La muchacha enloqueció.

A partir de ese momento, todas las noches, volvía hasta el río y gritaba de dolor por sus hijos, emitiendo un llanto desgarrador. La gente la escuchaba a lo lejos y sentía una profunda pena. Todos creían que los niños se le habían muerto por accidente, aunque no faltaban los más suspicaces, que la acusaban en silencio.

Cuando el dolor se hizo demasiado insoportable, la bella indígena se suicidó pero ni así pudo encontrar paz.

Los pobladores se estremecían de terror al percatarse de que cada noche, sin falta, podían escuchar su llanto lastimero en la lejanía, como un eco de ultratumba.

—Ay, mis hijos…

Desde entonces se le conoció como La Llorona. Y dicen que hasta hoy, la pena no la deja marchar de este mundo.

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