Leyendas de Terror Mexicanas

Leyendas de terror de Oaxaca

Oaxaca es uno de los estados más hermosos en México, por sus hermosos paisajes naturales y tradiciones ancestrales. No obstante, cuenta también con un lado sumamente oscuro gracias a las terroríficas leyendas que se han contado por años. Hoy vas a conocer cuatro historias oaxaqueñas que te pondrán los pelos de punta.

La Matlacihua

En Oaxaca de Juárez, capital de este bello estado, dicen que existe un alma en pena que acecha a los hombres desde hace siglos. Más cuando son viciosos. La Matlacihua es una linda joven mestiza, de piel canela y cuerpo agraciado, que va vestida con ropas de manta bordadas. Suele acercarse a los sujetos en bares y cantinas, con los que coquetea llamándolos desde los faroles de las calles, buscando que la persigan.

Sin embargo este es el peor error que podrían cometer.

Cada vez que un hombre imprudente va detrás de la Matlacihua, esta lo atrae a lugares peligrosos como barrancos o cerros lejanos. Primero camina por horas con ellos, infundiéndoles una pasión irresistible que les impide apartar su mirada de ella. Es demasiado tarde para cuando se da cuenta de lo que está pasando. Algunos dicen que en ese instante advierte que la muchacha no camina, sino que va flotando por el suelo. Otros cuentan que lo que ve es que en lugar de tener piernas, tiene las patas de un cordero negro.

A la mañana siguiente, las víctimas de la Matlacihua son encontradas en trance, heridas y con los pies llenos de ámpulas. Siempre juran que estuvieron caminando con una joven muy hermosa, de la cual no hay rastro.

El Templo Inconcluso

Cuilapam de Guerrero es un templo que se levanta en el sur de Oaxaca y alguna vez fue utilizado como convento por la orden de los dominicos. Hoy, no obstante, se encuentra en ruinas y es muy recordado por esta macabra leyenda.

Todo comenzó durante la época de la colonia. Fray Domingo de Aguiñaga era un hombre que se tomaba muy en serio sus designios religiosos en la Nueva España. Siempre hacía cuanto estaba a su alcance por engrandecer el espíritu de sus hermanos y es por eso que tenía la obsesión de construir un gran templo, en el que pudieran habitar todos juntos.

Día y noche pensaba en como podía cumplir su misión.

Cierto día, un carruaje negro, tirado por caballos del mismo color y cortinas oscuras, se detuvo frente a su convento. De él se bajó un hombre alto y bien vestido, también con ropas negras. Había algo inquietante en su mirada.

El desconocido pidió hablar de inmediato con fray Domingo y este muy extrañado, lo recibió en su despacho. Allí estuvieron hablando por horas, hasta que el hombre de negro salió sin decir una palabra y volvió a montar en su carruaje. Los novicios estaban muy intrigados por saber que había pasado, pero fray Domingo tenía algo más importante que decirles.

—Esta noche, enciérrense en sus habitaciones y pase lo que pase, no salgan de ahí.

Asustados, los monjes decidieron hacerle caso y apenas oscureció cerraron las puertas de sus celdas. Dieron las doce. Varios carruajes llegaron a las afueras del convento. De ellos salieron innumerables sombras que le pusieron los pelos de punta al gritar las peores blasfemias, en contra de los santos, de la virgen y hasta del mismísimo creador.

Al mismo tiempo que maldecían, construían el templo anhelado por Fray Domingo, apilando piedras y piedras sin parar. Justo cuando estaban por colocar la última losa, el canto de un gallo se escuchó, paralizándolos. Acto seguido se escuchó un alarido escalofriante y las sombras se retiraron a toda prisa.

Fray Domingo de Aguiñaga al fin tenía su templo.

Disfrutó de él por muchos años hasta que pasó el tiempo la muerte fue a buscarlo. Antes de que el buen hombre partiera, sus compañeros se acercaron al lecho donde yacía moribundo y le preguntaron que había pasado aquella macabra noche.

Resignado, fray Domingo les contestó.

—No tiene sentido seguir callando, ahora que estoy a punto de marcharme. Verán, aquel día, el hombre que fue a visitarme era en realidad en diablo. Me ofreció construir el templo que yo tanto anhelaba en una noche, antes de que cantara el gallo, a cambio de las almas de todos los habitantes del convento. Desde luego que no era mi intención permitir que me tentara, pero como se me ocurrió que podía engañarlo, decidí correr el riesgo. Esa noche observé como el templo era levantado y antes de que lo terminaran, cogí una gallina y se la enseñé a un gallo entrenado, que cantó antes del amanecer. El diablo, al ver que había sido engañado, me persiguió para tratar de matarme pero yo tomé mi escapulario y se lo clavé en el ojo.

Se dice que aún hoy, después de tantos siglos, por las noches se ve una sombra deambulando en medio de las ruinas de Cuilapam.

La Muñeca de Porcelana

Hace mucho tiempo había un anciano que poseía una inmensa fortuna. A pesar de su dinero, este hombre era muy humilde y profesaba el más sincero cariño a su familia, en especial a su nieta, a la cual había sido muy apegado desde que era una niña.

Pero el tiempo pasaba y el viejo comenzó a enfermar.

Presintiendo que su muerte ya estaba cerca, decidió llamar a su abogado para hacer un testamento, en el que repartía sus bienes entre todos sus parientes.

Poco después el pobre hombre murió, su cuerpo fue velado y enterrado como marcaba la costumbre. Al día siguiente del entierro, el abogado mandó llamar a toda la familia para hacer la lectura de su última voluntad. La más ansiosa era su nieta, ya que, al saberse su preferida, pensaba que le iba a tocar una gran parte de sus riquezas, si no es que toda su fortuna.

El testamento fue leído.

Los parientes recibieron casas, coches, joyas y muebles de gran valor. Pero a la nieta, la consentida del abuelito, lo único que le tocó fue una hermosa muñeca de porcelana, por la que el anciano también había sentido un gran aprecio.

Furiosa por esta humillación, la muchacha se fue a su casa mientras maldecía al viejo. Esa noche, antes de acostarse, tomó el juguete y lo arrojó por la ventana sin importarle que pudiera quebrarse.

—¡Yo no quería esa estúpida muñeca!

Enseguida se fue a dar un baño para dormir más tranquila. Pero grande fue su sorpresa y su terror cuando, al salir de la ducha, se encontró con la extraña muñeca sentada en su cama. Su cuerpo y su carita estaban intactos y a su lado, había nota que decía lo siguiente:

«ESTA ES TU HERENCIA».

Aterrorizada, la joven solo atinó a quitar la muñeca de su vista pero nunca más osó deshacerse de ella.

El Cerro del Catrín

Camino a La Trinidad, en El Valle de Oaxaca, se levanta un monte conocido como el Cerro del Catrín. Cuenta la leyenda que tiempo atrás, dos compadres de la Villa de Zaachila acudieron a las fiestas locales. Allí bailaron, comieron y sobre todo bebieron. Por la noche, cuando regresaban andando a casa, todavía se encontraban muy ebrios.

Estaban pasando por el cerro cuando uno le dijo al otro que lo esperara, ya que tenía que hacer sus necesidades. Se fue a buscar unos matorrales para orinar mientras su amigo se quedaba a esperarlo.

Pero los minutos pasaban y el sujeto no volvía.

Al darse cuenta de la tardanza, su amigo creyó que seguramente se había quedado dormido por la borrachera y fue en su busca. No logro hallarlo. Ya muy preocupado, se fue a Zaachila para informar de su desaparición y pedir ayuda. Un grupo de hombres volvió al Cerro del Catrín y trató de localizarlo sin éxito, por lo que la búsqueda se extendió a los pueblos vecinos, sin que nadie les diera razón del compadre.

Meses después lo tuvieron que dar por muerto.

Un año más tarde, la familia del hombre celebrara una misa para él en Zaachila, cuando el individuo se presentó. Tenía la misma ropa que el día en que se había extraviado y no se veía sucio, ni herido. Era como si el tiempo no hubiera transcurrido.

La gente de la villa estaba asustada y confundida. Le preguntaban que le había pasado y en donde había estado.

—Fíjense que cuando andaba por el cerro, escuché algo de música y unas voces. Entonces vi una puerta que bajaba hasta una cantina. Allí me sirvieron pulque y cerveza, y estuve bebiendo por un rato. ¡Juro que solo estuve ahí una hora! Pero había algo muy extraño en ese sitio. Al cabo de un rato me di cuenta de que todas las personas de la taberna eran almas en pena y que quien me estaba dando de beber era el diablo en persona. Aterrado corrí a la puerta y recé una oración mientras él trataba de alcanzarme. Por suerte pude escapar a tiempo.

Desde entonces nadie se acerca de noche al Cerro del Catrín.

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Erika GC

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