“Charales” era un hombre entrado en la vejez y no se dedicaba más a la pesca, enseñó el oficio a sus hijos y él se ocupaba de limpiar el pescado. Aun recordaba su expresión cuando vio el agua haciendo efervescencia en el Guadalupe. Era el único que sabía que algo no estaba bien y podría asegurar que él conocía algo al respecto.

Lo visitaba recurrentemente; siempre que volvía a casa, su vivienda era una parada obligada. Su familia era como una extensión de la mía. Y tras la muerte, primero de mi padre y después de mi hermano, nuestras familias se hicieron más cercanas. Ese día me quedé hasta tarde en su casa. Cuando ya sus hijos se habían retirado a descansar, aproveché para tocar el tema que motivó mi apresurado regreso.

Pregunté con mucho nerviosismo acerca de esa horrida mañana, en la que su rostro se petrificó al ver el borboteo por la roca que sube el río, y por qué reaccionó de forma tan perturbadora. Después de un breve e incómodo silencio en la que jamás pude hacer contacto con su mirada, fue que sus arrugados labios se abrieron, pero no dejaban salir más que un entrecortado aire de espanto. Segundos después se animó a contestar con titubeo y cierto misterio que: “Al mar hay que tenerle respeto, que este impone y cuando se manifiesta hay que escucharle.” Antes de que terminara de hablar le interrumpí pues su voz tomaba matices oscuros y no deseaba atormentarme con sus lúgubres comentarios.

Le conté que en la universidad aprendí de ciertos patrones y conductas de los pescadores, que algunos tenían extraños ritos antes de ir a trabajar y me intrigaba saber si él tenía alguno; sonrió secretamente y no fue claro con sus respuestas, habló de mi hermano mayor, comentó que él sabía de muchas viejas historias de los pescadores, que por eso reaccionó de esa forma al ver la “cosa” sobre la lancha. Lo interrumpí nuevamente, pero esta vez para preguntarle acerca del tipo de historias que había escuchado mi difunto hermano. Me miró con ojos acusadores y después de una pausa contestó: “Te fuiste muy pronto de casa”.

Cuando volví a mi hogar, mi madre aun me estaba esperando. Era ya entrada la madrugada, pero colocó una olla para hervir agua, preparé café y hablamos de mi hermano y de mi padre.

Me confesó saber poco de la vida de pescador de mi padre, se mantuvo alejado de ella en lo que respectaba a su profesión, siempre fue muy serio y difícilmente le vi bromear. A mi hermano y a mí nos enseñó lo que sabía de pesca, se esmeró más con mi hermano pues ya tenía otros planes para mí; gracias a papá y a Jonás pude ir a la universidad, mi papá murió de un infarto en mi primer año de Universidad, y mi hermano pareció seguirle un año después, las causas de su muerte fueron inciertas, no hubo un cuerpo que velar. Una mañana partió a pescar, solo, sin ayudantes. No volvió, el “Perdita” fue encontrado encallado en una escollera.

La policía investigó su desaparición y la de otros pescadores más en un radio de 10 kilómetros a la redonda. Mi madre con angustia me comentó el extraño comportamiento de Jonás antes de su extravío. Noches sin dormir y una terrible paranoia, se sentía perseguido por algo que jamás pudo explicar con tranquilidad, le comentó. La policía, al no encontrar evidencia ni rastros de violencia en el bote, solo una botella de Jack Daniels vacía; determinó que había tropezado y caído en altamar, pereciendo ahogado y por accidente. Su cuerpo tal vez aparecería en la costa del Oeste. Jamás emergió siquiera una prenda de vestir.

Sentí fuertes deseos de levantarme de mi asiento y entrar violentamente a casa de “Charales”, por respeto al anciano solo me tomé el ardiente café y escuché los sollozos de mi madre. Él sabía algo, una mezcla de impotencia y miedo se formaron en mi estómago. Me retiré a dormir, tenía planeado volver a casa del viejo al amanecer, esta vez sería más duro con mis preguntas y exigiría respuestas.

No dormí lo suficiente esa noche, enfermé un poco del estómago y un maratón de pesadillas se agolparon en mi mente cada vez que lograba dormir profundamente. Soñé con el mar convertido en una masa negra, el agua apestaba y los peces flotaban muertos a lo largo de la costa, los peces tenían en su rostro el dibujo de una expresión diabólicamente horrenda. La arena que sentía en la planta de mis pies estaba helada y el mar rugía como bestia apocalíptica, la gente que estaba en la playa huía del mar, no querían ser tocados por las olas, murmuraban algo ininteligible. Un niño cayó a la distancia y me acerqué desesperadamente a él para ayudarlo a reincorporarse, gritaba cobardemente y sus ojos saltones parecían desorbitarse. Era mi hermano de joven. Lo tomé por los hombros y los murmullos cesaron. Por fin pude escuchar en su voz lo que los demás decían: “Los abisales vienen por nosotros”. Acto seguido abrió su boca lo más amplio posible que parecía se iba a fracturar. Un grito ensordecedor hizo que lo soltara y tapara mis oídos. Desperté y el grito aun retumbaba en mis tímpanos, provenía de la casa de “Charales”.

Era su hija, quien se desgañitó al encontrar a su padre sentado en el porche de su casa, muerto. Me levanté de un salto de la cama y llegué corriendo a la casa del viejo. Sus hijos estaban alrededor del cadáver de su padre. Cuando me acerqué pude ver en su rostro la expresión más cruda del espanto. Sus ojos se habían volteado quedando completamente en blanco y su quijada exageradamente caída, la rigidez de su expresión suponía un infarto motivado por una fuerte turbación, lo que haya visto o imaginado el anciano, le reventó el corazón.

Sentí un aire helado recorriendo con sosiego mi espalada, era el miedo paralizante que se metía hasta mis huesos. Todas esas historias que leí, los recuerdos de mi infancia al botar mi hermano el extraño objeto y mis más recientes sospechas habían creado en mi razón una espiral que empezaba a descender y apuntalaba hacia la locura. Decidí regresar al campus pues el terror estaba haciendo añicos mis nervios; me despedí precipitadamente de mi madre y traté de olvidar lo vivido y oído en las últimas semanas, no asistí a clases por unos días decidiendo quedarme encerrado en las sombras de mi apartamento.

Al ser estudiante de biología marina, es natural que el campus se encuentre cerca de la costa, miles de kilómetros bordean la increíble bahía de Kino, al sur de California. Me autoexilié en el séptimo piso de mi edificio, aunque no pude conciliar el sueño en los primeros días de mi encierro, consideré prudente tomarme unas pastillas fortísimas para dormir y desconectarme de toda pesadillezca existencia.

No supe cuánto dormí ni en qué momento sucedió, solo sé que desperté aun drogado y con un fuerte dolor de cabeza, mis sentidos estaban completamente distorsionados, que no podía distinguir la realidad del sueño, mis manos temblaban y busqué con desespero y dedos torpes el interruptor de encendido. Fracasé; estaba en el estomago de la oscuridad y el miedo hacía a mi piel erizarse. Caí desplomado sobre un mueble individual, me senté sobre un objeto extraño que después identifiqué como el control del televisor. Lo saqué de entre mis posaderas y prendí apresuradamente la tele, solo la estática retumbaba y dañaba mis aturdidos oídos. Después de que mis ojos se acostumbraron al brillo de la pantalla, quedé hipnotizado por la combinación blanco-grisácea que esta proyectaba, parecía un mar rabioso y revuelto haciéndome esto recordar el miedo que me había enclaustrado en mi habitación. Apagué el aparato quedándome sumido en la oscuridad una vez más. Una tímida luz de luna se colaba por la ventana que daba hacía la calle principal, con dificultad me levanté para abrirla, pero el pestillo estaba trabado y cuando iba a desistir en mi esfuerzo, este cedió, dando un chirrido tortuoso que cesó cuando se abrió de par en par.

Solo una profunda negrura estaba enfrente de mí existir, la luna contrastaba y con fantasmal aura se colaba por mi ventana, quería sentir la fresca brisa de la madrugada que empezaba a tomar fuerza, mis sentidos se recuperaban de la fuerte droga y el fresco olor del alba que esperaba nunca llegó. En cambio, un olor nauseabundo y vil se colaba por mis fosas nasales, un olor a muerte emergía de la noche, miraba hacía la calle y solo podía ver a la luna reflejada sobre ellas, a trompicones me alejé de la ventana entendiendo con lentitud lo que había pasado.

Cuando me dispuse a salir corriendo de mi habitación para poner seguro en las puertas, el sonido de porcelana rompiéndose en decenas de pedazos sobre el suelo de la sala comedor hizo que me quedará helado, pasos pesados y con un ruido pegajoso me alertaban de lo indecible, moví muebles, y cuanto objeto pesado pude sentir hacía la puerta de mi alcoba, el sentido de ubicación volvía a mi para bloquear la entrada. Algo había en la sala de mi hogar. Y mi mente no dejaba de martillar esas malditas dos palabras: – “Los abisales”.

Me alejé de la puerta y recé como nunca lo había hecho, mezclé oraciones e inventé plegarias, escuchaba como la perilla de mi puerta se movía primero con sigilo, para después ser sacudida con violencia, una respiración ronca y dificultosa se escuchaba del otro lado mientras los pasos se alejaban con cierta lentitud.

Encontré mi vieja computadora portátil debajo de la cama y comencé a escribir, no había servicios de internet y la batería de mi computadora aún era basta, desahogué todo lo que mi mente cargaba y ahora ha vivido en este documento, afuera sobre las calles de la costa Kino flotan cuerpos con sus carnes desgarradas; lo que viejos libros y antiguas leyendas de pescadores contaban habían vuelto, muchos eones habían pasado y regresaron a poner en equilibrio lo que ellos consideran justo, no puedo siquiera imaginar el horror que vivió la gente al ver la ola monstruosa, llena de ojos miserables que pudieron matar a cualquiera mucho antes siquiera de golpear la costa.

Ahora la batería de mi maquina se agota, veo por mi ventana como algunos majestuosos rayos descienden con fiereza sobre el mar; un pequeño temblor ha sido el preámbulo para una nueva y definitiva arremetida. Ya puedo oler la fetidez en el aire y como un rugir se aproxima a lo lejos. Una nueva ola se acerca, eso es seguro. Viene por los que hemos quedado aun con vida, la perilla de mi puerta empieza a moverse nuevamente con extrema violencia, y los muebles que la detienen comienzan a ceder.

Mi único consuelo es que me reencontrare con ese horrible rostro que alguna vez observé con asombro en el bote de mi padre, aunque confieso que esta vez lo que menos siento es asombro.

El mar ruge con más fuerza que pareciera una bestia de mil cabezas, ya no hay luz de luna siquiera, la brisa parece un enfurecido huracán, el olor es inmundo y vomitivo. Ya no me queda mucho tiempo y de todos modos las palabras se me han acabado; la locura ha vuelto del mar.

La puerta se ha abierto… vienen por mí.

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