Historias Reales de Horror

Navidad en el cementerio

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Esto le sucedió a mi madre y mi abuela hace unos 10 años, en un cementerio del campo de Escocia.

Cada Navidad, es tradición que mi abuela y mis padres vayan a un cementerio del pueblo y dejen flores en las tumbas de mis bisabuelos y otros parientes que están enterrados allí. Es un cementerio grande, rodeado de un lado por campos y árboles, y por el otro, de los límites del pueblo. Justo en esta zona se encuentra una casa en la que vive un gato de color naranja, al que le falta una pata. Siempre que iba se portaba amistoso y era divertido acariciarlo y hablarle.

Aquel año habían acudido a primera hora de la tarde, había oscurecido para entonces, como suele ocurrir durante el invierno escocés y la era especialmente noche fría. Mi padre se estaciona en la puerta delantera del cementerio, dejando que mi madre y mi abuela salieran a dejar algunas flores. Yo no estaba allí ese año, si mal no recuerdo decidí quedarme jugando videojuegos porque hacía demasiado frío.

Así que ellos fueron y pusieron flores, la noche estaba tranquila. No había nadie más allí, llevaban solo una linterna para poder caminar entre las lápidas. Si bien no era el momento ideal para haber acudido, mis padres habían estado trabajando hasta tarde y, con la Navidad un par de días más tarde, fue el único día que pudieron acercarse para ir a presentar sus respetos.

En el camino de regreso al automóvil, mamá y la abuela pasaron por una zona cerca de la puerta principal donde se acumulaban la basura, las flores muertas y demás desechos, ocultados a medias por algunos arbustos y setos.

Algo se movió entre la maleza. Al principio no pensaron en ello, hasta que el ruido se volvió más fuerte. Obviamente había una persona acechándolas, tratando de asustarlas. Apuntaron con la linterna y distinguieron silueta de alguien encorvado en el arbusto, espiándolas.

—Buen intento, John —dijo mi abuela, pensando que era mi padre—, ¡podemos verte allí!

El coche estaba en silencio, así que era lógico imaginar que podía ser él quien les estuviera jugando una broma. No estaría fuera de lugar, dada su personalidad alegre.

Unos segundos después, el motor del auto se escuchó cuando mi padre encendió la calefacción. Él seguía en el vehículo. Mi madre y mi abuela salieron corriendo a toda velocidad y se metieron en el coche, aterrorizadas, ante los ojos de mi desconcertado padre.

Nunca descubrieron quién se escondía en el cementerio, aunque sospechan de una “leyenda local”: se dice que en nuestro pueblo, hay una mujer pálida que vaga por ahí a menudo. La vi varias veces, es una especie de excéntrica con problemas de salud mental. Supongo que probablemente pudo haber sido ella. Dado el pánico que sintió mi madre en aquel momento (y lo sigue sintiendo, cada vez que cuenta esta historia), habría sido realmente perturbador que confirmaran que se trataba de la vagabunda.

He vuelto muy pocas veces al cementerio desde entonces.

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