Ojos Grises-parte 2

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Leer la parte 1 aquí

Iván jamás le había proferido palabra alguna de afecto, – eso es de maricones – le decía – yo te voy a enseñar a ser hombre, así aprendí yo – mientras le propinaba una brutal golpiza cada noche antes de dormir. Para su suerte, su madre Ana, era todo lo contrario, encontraba en ella un refugio y a su vez, ella encontraba en su pequeño Nicolás el pretexto para poder soportar a semejante animal que tenía por esposo, el cual propinaba bestiales golpizas a los dos cada noche que se encontrara en casa. Nicolás era muy inteligente y talentoso, había vivido en varias ciudades debido al trabajo de su padre y conocía bastante bien a la gente. Le gustaba vestir formalmente, usaba siempre camisa con bolsa en el pecho, pues le gustaba llevar un par de plumas y papel por si se le ocurría algo bueno para escribir. Medía 1.78, cabello oscuro y tenía una mirada muy dulce.

Cabe decir que Nicolás sufrió enormes desencantos viviendo en la ciudad, la gente le parecía bastante estúpida, superficial y vanal.

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-¿Que intelectual no piensa así después de todo? – se decía a sí mismo, para respaldar cada que pensaba que alguien era muy simple. Realmente no estaba equivocado, en la ciudad había estadios de futbol, bares, discotecas, casinos… pero pocos teatros o bibliotecas. Él quería escribir poesía, o sobre política, quería cubrir los temas importantes, soñaba con el día que escribiría su “gran novela” y por el momento, se encontraba atrapado escribiendo a prueba para una revista infantil. -Bueno de todas formas, en la ciudad solo hay revistas de novedades, las bibliotecas siempre están solas y… y tengo suerte de que Diana me haya conseguido el trabajo, la revista tiene buena fama, seguro alguien notará mi talento – pensaba Nicolás, pero la verdad es que no sabía sobre que escribir, – ¿Qué haría Lewis Carroll?, necesito inspirarme… – al momento se paró, fue a su recámara y tomo una pequeña bolsa con hachís y una pipa de madera.

Llenó la pipa y empezó a fumar, daba vueltas por la habitación, fumaba y veía la máquina de escribir, de repente se sentaba, escribía un poco… arrancaba la hoja, fumaba un poco más y así en círculo, volvía a donde empezó, pronto le dieron las 7 de la mañana y decidió mejor salir a caminar. -El maldito Teniente y sus odiosos ojos grises – pensaba mientras recordaba a su padre, a paso lento caminaba rumbo a un parque cercano a su casa, frotaba sus manos y les soplaba tratando de calentarlas – mi Dios como desearía comprar un café caliente, pero mis ahorros se fueron en comprar hojas y cintas para la máquina – siguió su camino hasta llegar al parque, se sentó y empezó a observar a su alrededor. Aún era temprano, el definitivamente seguía drogado por el hachís… se sentía relajado no obstante el estrés de su vida, veía en el parque alguna que otra persona pasar corriendo, sola o en parejas, un anciano paseando a su perro… nada fuera de lo ordinario, miraba a las nubes y luego volvía a buscar en el paisaje algo que lo inspirara.

-¡Cuidado!- se escuchó un grito y de repente -¡Zas! – Nicolás recibió un terrible golpe en la nuca, solo vio luz blanca en sus ojos, al recobrar la visión se dio cuenta de que había una pequeña pelota roja en sus pies, volteó instintivamente a sus espaldas para buscar al agresor y solo vio una pequeña niña de trenzas, que corría sonrojada hacia él, con mirada alegre y vivaz le preguntó:

– Señor, señor, ¿no ha visto mi pelota?, vi que rebotó en usted, ¿no vio donde quedó?

Nicolás se quedó mudo, la respuesta era sencilla pero vio que la pequeña tenía ojos grises, como los de su padre, respondió dudando un instante:

-Pequeña, toma tu pelota – la recogió de entre sus pies y se la dio a la niña – ¿ten más cuidado quieres?, dime, ¿cómo te llamas?. La pequeña le sacó la lengua, se alejó corriendo y gritó – ¡no me dejan hablar con extraños!

-Vaya creatura más rara – pensó Nicolás – y esos ojos, se veían tan cálidos … no como los del Teniente … – se levantó, dio una vuelta por el parque algo aturdido y menos drogado que horas antes, anduvo unos minutos hasta que decidió regresar a casa, ya había recibido suficiente inspiración.

Empezó a caminar, se sentía un poco frustrado por que solo le quedaba un día más para entregar el cuento y de escrito llevaba la misma cantidad de dinero que tenía en sus bolsillos, NADA, sin embargo, retenía en su mente aquella mirada de la niña de trenzas, le resultaba poco familiar que ese color de ojos también pudiera albergar calor humano, nada que ver con el Teniente.

Leer la parte 3

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