Ojos Grises-parte 6

Publicado por Un Fan del Blog

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-¿Quién demonios es? – gritó el juez – ¡dime si no quieres que te vuelva a corregir!.

La cara de Nicolás pasó de estar pálida a un rojo intenso, estaba fúrico, dio un paso como intentando entrar pero Fernanda puso su delicada mano en su pecho, le detuvo y le dijo –Váyase por favor, lo importante es que me pegue a mí y no a Carolina, por favor, váyase.

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-¿Quién es?, ¿acaso tienes un amante ? – inquirió el juez, quien con pasos pesados de borracho se dirigía a la entrada.

– No es nadie su Señoría – replicó Fernanda, mientras cerraba la puerta – por favor váyase, pida a Dios por nosotras – le dijo a Nicolás y cerró la puerta. Y al cerrarla, se volvió a escuchar cómo se repetía la escena de violencia – te pregunté quién era – decía el sádico Juez mientras propinaba una segunda golpiza. Nicolás tras esto, se alejó obedeciendo a Fernanda, y regresó caminando lentamente a su casa, triste y desconcertado. Pensaba en como este tipo de cosas tan abominables parecía que eran tan comunes en el mundo, y como el 99% de las mismas siempre quedaban impunes.

Al llegar a casa, inundado de una extraña pesadez, Nicolás tomó su pipa, la llenó de hachís y empezó a fumar y fumar hasta que se quedó dormido en el suelo del cuarto de la máquina de escribir, no era mediodía y sin embargo, la vida parecía tan insoportable. En su sueño le atormentaban recuerdos de aquella mañana, y los ojos grises, esos ojos grises de tan inocente criatura volvían su sueño tan triste. Al despertar, se quedó unos minutos en el piso, miró a la ventana y notó que ya estaba oscuro, la habitación le parecía tan vacía, seguían en sus mentes los bellos ojos de Carolina, recordaba el rostro de Fernanda, antes y después de ser mancillada. Y lo peor, tenía que escribir un cuento que alegrara niños o si no perdería la oportunidad de conseguir el trabajo.

Fue al baño, se lavó la cara y regresó al cuarto de la máquina de escribir, se sentó frente a ella y empezó a teclear, en la vieja y pesada máquina: “Érase una vez, en un reino como cualquiera, tan parecido a casa, un Rey Dragón que no tenía corazón. Tenía prisioneras a una joven princesa de ojos plata y a su dulce madre, la reina, tan blanca como la nieve e igual de pura e inocente, como no había dos en todo el reino.

El Rey Dragón, era déspota y cruel, rugía siempre “AARGH, AAARGH”, trataba muy mal a sus prisioneras, las tenía a pan y agua, a veces sin pan incluso y no les dejaba regresar a su casa. Se las había robado a un Rey que toda su vida fue caballero andante, con ellas se había ido su alegría y también su corazón…”

Nada mal, pensó -Ese maldito perro- tenía la imagen tan viva, mínimo cumpliría con la promesa del cuento para Carolina… prosiguió escribiendo y rápidamente llenó 3 cuartillas, le sobraban las ideas… pero no sabía cómo terminar el cuento, el cual a su gusto y con humildad, pensaba que era muy bueno. Llenó su pipa nuevamente, dio un par de vueltas por la habitación y decidió salir a buscar inspiración, era medianoche y quería simplemente vagar por la ciudad, cogió un abrigo y salió por la puerta.

La ciudad era muy tranquila a esas horas, poca gente estaba en la calle, uno a lo mucho se toparía con alguno que otro borracho o festejado. Eso sí, había muchos bares como no pueden faltar en las ciudades donde hay dinero, pero por lo general cerraban temprano. Seguía pensando en esos ojos grises… sentía como si su corazón hubiera estado congelado durante muchos años y de repente esa pequeña niña llegó con un soplete y le devolvió el fuego al corazón. Odiaba pensar que aquella criatura creciera en un lugar así, con un padre así, sabía que toda esa pureza e inocencia se irían extinguiendo conforme ella fuera creciendo y conociendo cada vez más del mundo y su dureza cruel. Decidió entonces pasear por el vecindario donde vivían Carolina y su mamá, después de todo no estaba lejos y tal vez el simple hecho de estar cerca le confortaría un poco el alma. Al llegar vio que las luces de la casa estaban apagados, salvo por la luz de la entrada principal, una pequeña lámpara que colgaba del techo y mantenía visible el acceso.

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