Cuentos Largos de Miedo Historias Reales de Horror

Ojos Grises-parte 8

Empezar desde la parte 1

De repente, el Juez parpadeó, una, dos veces … en la tercera ya no pudo abrir los dos ojos, solo vio una enorme mancha blanca, como una explosión de luz, la cual en segundos cambio el color a rojo y finalmente negro, Nicolás había apuñalado su ojo con la pluma tan rápido que el Juez no tuvo tiempo de reaccionar … empezó a chillar …

-Aaaaah aaaaah déjame, ¿por qué? – chillaba lastimosamente el Juez, Nicolás embriagado por esa adrenalina desconocida, siguió apuñalándole el mismo ojo con la pluma, una y otra, y otra vez, quedando rápidamente la escena empapada en sangre, el dolor era tan terrible para el juez que de los chillidos que antes evocara cesaron súbitamente. El Juez ahora estaba tendido sobre la acera, sollozando, se llevaba las manos a la cara y decía – me duele, me duele mucho, no puedo ver nada. Nicolás se sentó encima de él, ahora empezó a apuñarle el otro ojo, lo hizo dos, tres, cuatro veces y se detuvo, se puso de pie.

Nicolás vio al Juez tendido a sus pies, llorando como niño, ese hombre que hace unos momentos se sentía indestructible, que en la mañana era el azote de dos inocentes ángeles, parecía ahora tan indefenso como un bebé, la sangre brotaba a chorros de los agujeros que le quedaban por ojos, pedazos de sus globos oculares quedaron esparcidos por todos lados, en la calle, en la punta de la pluma, en su camisa se fundía el rojo del labial con el color de su propia sangre y el olor se mezclaba con el whiskey.

-Es justicia señor Juez, como usted comprende, debe ser ciega… mi Señor me perdone, le deseo tenga una excelente vida – finalmente, Nicolás se alejó lentamente de la escena, realmente ya no había más que hacer, empezaron a prenderse las luces de algunas casas vecinas, el encuentro no había sido nada silencioso y no era prudente seguir en ese lugar, la policía no tardaría en llegar, corrió entonces Nicolás de vuelta a su casa dejando al Juez solo, tirado en medio de la primer noche de invierno. Nicolás llegó a su casa, se lavó las manos, se cambió la ropa y se dirigió a su máquina de escribir, ya tenía el final perfecto para su cuento y empezó a teclear con rapidez para que no se le escapara ningún detalle – Ya sé cómo acaba el Rey Dragón, le encantará a Carolina – pensó.

Terminó de escribir y se quedó dormido. A la mañana siguiente tocaron el timbre, era Diana que pasaba a recoger el cuento de Nicolás para llevarlo a la editorial. Al abrir la puerta, Nicolás le abrazó fuertemente y empezó a llorar. -Nicolás, ¿Estás bien?- le preguntó Diana con una sonrisa inocente. – Te tengo que contar mi cuento – finalizó Nicolás.

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