Parto en casa

Publicado por Erika GC

Las cosas fueron mal desde que nos quedamos aislados en casa, debido a la intensa nevada que ha azotado la ciudad entera. Vivimos en un chalecito a las afueras de la urbe, no muy retirado, pero si lo suficiente como para que estas condiciones climáticas nos tomen por sorpresa. Y vaya que lo hicieron. La fecha programada para el parto de mi esposa se acercaba peligrosamente, cuando la nieve nos dejó encerrados.

Las líneas telefónicas se cayeron y la luz apenas funciona. Las barredoras deben estar muy ocupadas tratando de despejar los caminos, pero no han conseguido llegar hasta acá. A estas alturas también deberían haber restablecido el servicio de teléfono.

Ya no puedo soportarlo más, tengo que salir de aquí o terminaré volviéndome loco.

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Ayer mi esposa estuvo de parto y no pudimos acudir al hospital. Mientras me disculpaba con ella repetidas veces y la veía retorcerse de dolor, me ocupé de asistir su alumbramiento con mis propias manos, aunque en mi vida he tenido el más remoto conocimiento sobre tales menesteres.

Se suponía que el bebé naciera en una clínica como cualquier otro; sin embargo, tuve que calentar agua sin cesar y soportar los alaridos de mi mujer mientras aquello salía de entre sus piernas.

Aquello…

Esa cosa no es humana.

Tenía la piel violácea y arrugada, y al sostenerlo entre mis manos un escalofrío me recorrió de pies a cabeza. No era la emoción de ser padre. Era terror puro, horror en su más vehemente estado a lo desconocido. Y es que sus ojos, tan negros que no parecen tener pupilas, sus manitas que se asemejan más a las de un animal y esa sonrisa malsana, que parece conocer ya la malicia a la que tarde o temprano toda persona tiene que enfrentarse en la vida…

¿No se suponía que los recién nacidos no tenían dientes? Sin embargo, antes de apresurarme a retirar mi mirada de aquel rostro diminuto y grotesco, me pareció ver un único colmillo afilado en el centro de la pequeña boca, húmeda y roja como la sangre.

—¿No es precioso? —me preguntó mi esposa al sostenerlo entre sus brazos, exhausta por la intensidad del parto— ¿No es precioso, amor? Es tan bonito, como siempre me imaginé que sería.

¿Me estaré volviendo loco? Ahí estaba ella, contemplándolo como si no existiera en él rasgo alguno que fuera merecedor de miedo o repudio. Y entonces me pregunté realmente si estaba delirando y viendo cosas donde no las había. O si ella también estaba jugando conmigo.

Todas las noches desde ese momento me he mantenido en vela, rogando por que alguien por fin abra esa puerta, por que la nieve deje de caer.

El llanto del bebé es lo peor. Llora demasiado, con alaridos estruendosos que solo se calman cuando mi esposa lo alimenta ávidamente con su pecho, al cual el pequeño se prende de una manera grotesca. Al contrario de mí, a ella no parece importarle mucho que nos hayamos quedado aislados.

La escucho cantar una canción de cuna. Quiero escapar.

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Publicado por Erika GC

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