Un Relato de Amor y Muerte

Publicado por H. E. Pérez

Soy el hambre. Soy la sed. Lo que muerdo no lo suelto hasta que muero, y aún después de muerto tienen que cortar mi bocado del cuerpo de mi enemigo y enterrarlo conmigo.

(C. S. Lewis, Las Crónicas de Narnia. El Príncipe Caspian)

Cuento enviado por H. E. Pérez (fan del blog)

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Un Relato de Amor y Muerte

Debo reconocer que el Ángel del Amor ha flechado en no muchas oportunidades mi corazón. Quizá no he tenido mucha fortuna en estas lides. Posiblemente sea yo mismo quien me niegue a sentir este afecto, aunque “negarse” no es la palabra idónea para enunciar esta situación, pues nadie – ni siquiera el gran discípulo del Precito Arcángel, ni aquellas almas torcidas que cruzan la Laguna Estigia en la oscura barca de Caronte – podría prohibirse  sentir, de uno u otro modo, tan hermoso sentimiento. Entonces, arguyendo de lo anterior, no es que me haya opuesto, sino que a causa de mi enorme timidez de expresar en forma oral lo que siento es que no he disfrutado en plenitud del amor.

Ahora bien, el amor es un sentimiento que nace de la insuficiencia. Esto hace necesario que el dichoso que disfrute de la ineludible presencia de Eros esté propenso a relacionarse con otra persona que pueda llenar los vacíos que, gracias al afecto, se ha percatado que necesita cubrir. En palabras más simples: el enamorado trata de complementarse con aquel individuo que sea el más fiel reflejo de su propia personalidad y que cubra con velos de cariño esos rincones vanos de afecto. ¡Así de complejo es sentir y conllevar el amor!… aunque así de fácil sea explicarlo.

Si bien en mi etapa pueril y en la fase inicial de mi adolescencia disfruté de breves – y poco relevantes – amoríos, la primera mujer con la cual compartí mi noble sentimiento en forma íntegra fue con aquella que había nacido tres años antes que yo: la hermosa Jacqueline Lecastel. ¡Ah, cómo recuerdo aquel primer ósculo! ¡Sí! Escondidos de todos besé sus dulces y tibios labios, a pesar de saber que sus besos pertenecían a otro a quien yo aborrecía con ira, pues debía mantener mi amor oculto, en las oscuras tinieblas de la clandestinidad, alejado de toda luz confesora. Quizá ese mismo claustro permitióme que la amara con intensa pasión, cual Apolo a Dafne, la de laurácea forma. Desbordóse mi corazón por tanto cariño que le profesaba. Aunque con el mismo paroxismo vacié mis ojos de tantas lágrimas que derramé cuando ella decidió alejarse de mi lado. ¡Ah, qué enorme tristeza sentí entonces!

Sin embargo, no mucho tiempo después – ¡qué extraño acertijo es la vida! – pude descubrir que mi amor, aunque sí había bajado en intensidad, no habíase disuelto en absoluto. Así pude conocer a la dulce Norma Castegnoly. ¡Ah, con su voz seráfica sedujo mi alma! ¡De sílfide eran sus bellas palabras! ¡Sí! Además, quiero confesar que fue éste un afecto puro, pues la amé de forma distinta que a la hermosa Lady Lecastel. ¿Por qué? Porque no quise cometer el mismo error. “No beberé del mismo cáliz de cicuta”, me dije, pues ella también besaba a otro hombre; mas nunca besé sus labios ni tampoco ella me amó, aunque tuvimos una gran e intensa amistad. A pesar de todo creo que cumplió un papel muy importante en mi vida, pues mitigó de cierta manera el dolor que sentí por la pérdida de Lady Lecastel, y mantuvo encendida la grácil llama de mi pasión. Del mismo modo, se convirtió por mucho tiempo en mi principal musa. Gracias a Lady Castegnoly mi cuaderno se llenó de hermosos poemas.

Y de ahí no hubo nunca más nada de amor para mí. Las saetas de Anael desviáronse y golpearon otros corazones, mas el mío se perdió por mucho tiempo en el abandono, la oscuridad y el silencio. Otros fueron besados, menos yo. Otros fueron felices, pero no yo.

Pero había, aún, algo más preparado para mí, pues cuando el sol golpeaba con mayor intensidad sobre mis jardines, aunque muchísimo tiempo después de haber conocido a Lady Castegnoly, pude conocer a la dulce y tierna Jennifer de Crowe, la de menudo aspecto, la del sempiterno brillo ocular, la de melosos labios, la de sonrisa contagiosa.

Proveniente de una lejana región del norte, Jennifer de Crowe vino a mí para complacer mis días y acompañar mi soledad. ¡Ah, cómo no acordarse de la dulzura de sus ojos provistos con el brillo de Hesperus! ¡Ah! Bien recuerdo su sonrisa que placía a mi alma llena de tristezas. ¡Su risa era símil a las argentinas cascadas donde las hermosas náyades refrescaban su cuerpo!

Toda así era mi amada Lady de Crowe, aquella que inspiró los siguientes versos:

¡Oh, Atenea, alejad de mí

insípidas palabras y, en vez,

regocijadme con vuestra inmortal sapiencia!,

pues necesito describir

un par de lucíferos ojos

que ni la misma espuma de Neptuno

siquiera asemeja;

y una mirada melosa, cual si fuera

de fina miel adornada.

¡Ah, dichosa Afrodita, de tu seno

nació la que esta taciturna noche evoco!,

pues, sin duda, tu hermoso vástago

se ha hecho material, y así,

corpórea y sanguínea (mas aún etérea),

se me ha presentado

para ser mi compañía.

Sin embargo, nuevamente el amor se alejó de mí, pues Lady de Crowe, la de maravillosa sonrisa, por motivos que no deseo contar – ¡perdóname, querido lector! -, tuvo que regresar a aquella ciudad que la vio nacer, mas siempre abrigué en mi pecho la sutil esperanza de volver a verla.

Y así quedé otra vez con mi alma descarnada y mis ojos secos por tanto recordarla. Mas – ¿¡oh, tristeza, cuándo dejarás mi aposento!? – nunca volví a sentir amor. Toda mi vida se tornó un desierto árido de taciturnos lamentos. Entonces me enclaustré en mis habitaciones. Nuevamente de suspiros repleté mis estancias.

Una calurosa tarde del último mes del año 1915, en uno de mis típicos paseos por la ciudad de L…, un delgado y vulgar niño de no más de trece años, ganábase la vida vendiendo en plena calle ruidosos pajarillos que, según sus propias palabras, él mismo atrapaba en los parques y bosques que circundan la urbe.

Tanto era el bullicio de las aves enjauladas que me encaminé hacia aquel mozuelo de haraposa vestimenta. Lo saludé cordialmente y pregunté por el valor de los pájaros. “Cada uno tiene un precio distinto”, díjome, y de inmediato agregó: – Además debe pagarme el costo de la jaula.

– ¡Eso es obvio! – le dije sonriendo, sin embargo, luego de pensar, mirando su cara seria y mugrosa, me percaté que hay cosas que parecen ser obvias pero que tras una reflexión más profunda suelen no serlo en absoluto.

Entonces me puse a observar las jaulas que protegían a aquellas ruidosas aves. Todas éstas cantaban con frenesí, sin embargo, una llamó más que el resto mi atención: era un pequeño canario amarillo de plumaje reluciente. Pero, no obstante, no eran sus plumas las que me caían en gracia, sino que era su canto, su trinar alegre y frenético, su cadencia dulce que me traía a la memoria la sinfónica risa de mi amada Jennifer de Crowe; y por medio de esta reminiscencia sus labios volvieron a posarse sobre los míos, sus manos otra vez me acariciaron y sus ojos viéronme de nuevo.

Sin chistar, entonces, decidí comprar tal hermoso y alegre ejemplar a aquel mozalbete de facciones hoscas.

Al llegar a mi casa puse la jaula sobre la mesa de centro, junto al sofá, mientras buscábale alimento a mi nueva compañía. Desde aquel momento mi hogar solitario y silente llenóse de alegría gracias al hermoso gorjeo de aquella ave, cuyo canto parecíase, ¡oh, sí!, al de mi bienquerida Jennifer de Crowe.

Apenas salía el sol la dulce ave comenzaba a cantar, y con su himno de grácil serafín los oscuros rincones de mi casa se llenaron de luz, los pasillos fríos se cubrieron de calor, en fin, mi triste residencia se alegró por completo debido al bello trino del canario. Es más, los pocos invitados que de vez en cuando visitaban mi morada se sentían dichosos de permanecer junto a mí.

Así, mi bienamada Lady de Crowe volvió a residir junto a mí, aunque no en forma corpórea, sino que por motivo de las remembranzas que aquella ave provocaba en mi inquieto pensamiento.

Ahora bien, cada mañana y cada tarde la voz del canario colmaba mi vivienda hasta la llegada de la noche. Era entonces cuando trasladaba la jaula desde el living hacia mi propio dormitorio y la pendía en la pared. Al amanecer el proceso era a la inversa, hasta que en una oportunidad, – ¡oh, locura, en qué momento te apoderaste de mí! -, como gran parte del día lo paso en mi habitación, decidí que el ave viviera para siempre al interior de mi recámara para poder disfrutar de su hermoso gorjeo en forma plena.

Sin embargo, aquel seráfico trinar que me recordaba la dulce voz de mi inmaculada Jennifer de Crowe y que hacía que cada vez más mi corazón se colmara de amor y esperanza por su posible regreso comenzó a tornarse detestable, molesto, ya no era grato de escuchar, sino fastidioso, incluso mi ánimo volvióse grave, aún las cosas más simples y nimias me encolerizaban. Recuerdo que a mis propios invitados los expulsé de mi hogar con palabras soeces y golpes, pues apenas oía el canto, ahora, horrible de aquella bestia alada mi temperamento poníase iracundo. No obstante, esa espantosa ave aún permanecía en mi habitación, recordándome con cada trino aquel retorno que nunca llegó.

Pero – ¡ah, asquerosa y abyecta ave de plumífero semblante! – ya nunca pude dormir, pues al anochecer el horrible canto alojábase en mi cerebro, en aquellos recónditos lugares donde ni siquiera la ciencia ha llegado. De tal forma quedábame en mi cama lleno de cólera, con mis ojos sanguinolentos, con la mirada perdida en esa diabólica jaula.

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Noches enteras permanecía desnudo, sentado en mi lecho observando a aquel monstruoso ser alado cuyo canto ahora era infernal… ¡era la propia risa de Lucifer la que carcajeaba en mí!

Tanta fue la ira que este ser provocó en mí que una noche, en un arrebato de piedad por la salvación de mi propia alma, me levanté de mi cama, y cuando el horrible canario aún dormía, abrí la jaula y lo saqué de su interior. Lo miré quedo, mis ojos color de sangre, con mi diestra aferrándose más y más a su plumífero cuerpo. Reí con algazara, con una risa demoníaca, propia de la madre demente que asesina a su propio hijo, y mordí la cabeza del ave hasta arrancarla por completo. Seguí riendo mientras la mascaba hasta que la engullí… ¡sí, ja, la tragué, y el cuerpo lo arrojé al suelo! ¡Por fin era libre de ese horrible canto! ¡Ya nunca más sería atormentado por esa bestia maligna! “Ahora podré dormir”, pensé. Entonces, una vez satisfecho de mi acto regresé a mi lecho, pero cuando me cubrí preparándome para soñar vi que a los pies de mi litera una figura semitransparente estaba sentada, y mirábame con sus ojos sanguinolentos y su cara pálida como la mano de la muerte.

¡¿Ah, por qué tuve que ser yo?! ¡¿Es que acaso soy el primero en poner en duda su existencia?! ¡¿Acaso soy el único en la Tierra que ha increpado a Dios?! ¡¿Nunca nadie ha maldecido frente a su propia imagen?! ¡¿Es que acaso…?! ¡Oh, maldito seas nauseabundo Padre de Todo!

¡Sí, era ella! Era la figura de mi amada Jennifer de Crowe que había retornado no para amarme, sino para ser mi eterna tortura. Y desde entonces, a partir de aquel réprobo momento, cada vez que intento dormir su diáfana figura se aparece a los pies de mi cama con sus ojos sangrantes, y de ahí no se ha ido ni se irá nunca… nunca jamás.

Fin.

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